IMG_6552No bien se enciende la grabadora que registrará esta conversación, Andrés Aylwin se apresura en advertir que nunca ha sido “una persona importante en la vida política” chilena. No ha sido presidente, vicepresidente, ni miembro de la directiva de su partido, dice. Como tampoco presidente, ni vicepresidente, ni siquiera encargado de un simple comité en la Cámara de Diputados. “Te lo digo -se explica- no como una alabanza a mí mismo, sino para que entiendas que seguramente no tendré respuesta alguna para muchas de tus inquietudes sobre el tema del poder”.

Es difícil hacerse de la valentía para discrepar con Andrés Aylwin en su presencia. ¿Cómo decirle que está equivocado a un hombre cuya historia de vida es la encarnación misma de la idea de dedicación a causas más elevadas que el interés estrictamente personal? ¿De dónde sacar la autoridad para plantarle un ‘no, la cosa no es como usted dice’ a quién luchó en los tiempos más duros precisamente para que cada cual pudiera decir y ser lo que se le diera la gana?

No se puede. Así que no queda otra que hacerlo, cobardemente, en su ausencia.

La importancia de la persona de Andrés Aylwin para la vida política de este país es tal que el Congreso, esa institución que tanto se esmera en desatender lo importante (tampoco dejando tiempo para lo urgente, en todo caso), no pudo estirar más el chicle y terminó haciéndole un homenaje el pasado 14 de enero. El dato no es menor. De un tiempo a esta parte, nuestro Congreso Nacional exhibe un entusiasmo infantil cuando se trata de engalanar a magnates, curas del medioevo y criaturas cortesanas varias, y una rapidez de babosa a la hora de reconocer a esos que hacen andar las ruedas de la historia hacia delante. Y Andrés Aylwin, uno de esos, puso a rodar unas cuantas.

El reconocimiento del Congreso le llegó a los 89 años, en la forma de una medalla a su condición de “Ciudadano Destacado”, un miércoles de enero, en un caluroso salón de sesiones de la Cámara Baja. Él venía preparado para “algo más chico”, con un discurso escrito y sin expectativas de ser escuchado. Es que de su último periodo como diputado, entre 1989 y 1998, Andrés Aylwin no guarda muy buenos recuerdos. “Nunca conté con el respeto del público de derecha, ni con el de sus diputados; no me escuchaban, me gritaban, me decían ‘comunista enquistado’”, recuerda. Tampoco sus camaradas de la Concertación lo hicieron sentir mucho más cómodo. “Me decían, ya, Andrés, si te estamos escuchando; ya, Andrés, si vamos a votar. Me costó que me escucharan, que me comprendieran”.

Todo eso recordaba Andrés Aylwin la mañana de ese miércoles, mientras lo llevaban a Valparaíso a recibir su medalla. Se le venían a la mente unos diputados de la UDI parándose airados de sus asientos “en ánimo franco de pegarme”, veía a sus camaradas Seguel (Rodolfo) del cobre y Salas (Edmundo) de Lota parándose con igual ardor desde los suyos “para evitar que me saltaran estos otros energúmenos, que era gente irracional, de un fanatismo muy grande”. Pero también recordaba las dudas, la incomprensión, la sensibilidad “distinta” de muchos en la Cámara “ante el tema que me obsesionaba”. Y elige la palabra distinta después de meditarlo, de buscar la expresión precisa entre las infinitas opciones para nombrar algo “que todavía no digiero”, porque sigue creyendo, veinte años después, que “no puedo hacer un juicio. ¿Cómo podría? Sería sin pruebas suficientes y a lo mejor… a lo mejor el error lo cometí yo, claro, por dedicar todo mi tiempo a ese mundo, a esa causa que me obsesionaba”.

Ya en el estrado, sin embargo, Andrés Aylwin se descubre sorprendido. El salón, si bien no está lleno, si bien hay parlamentarios que salen y entran, que revisan sus celulares, tampoco está vacío, ni siquiera se puede decir que falte una mitad. Quiere decir, piensa, que “hay gente de derecha escuchando”, significa, se dice, que de los otros partidos y de los que no pertenecen a ninguno –los menos, pero ahora hay-, están casi todos presentes. Escucha atento los discursos que lo honran, los valora y se emociona. Incluso los de las bancadas de RN y la UDI, que aunque apenas pueden disimular el copypasteo de Wikipedia, “al menos están presentes, algunos incluso escuchando con respeto”. Decide entonces arrugar el papel con el discurso que llevaba preparado e improvisar. “Aunque ya sabía lo que iba a decir, lo tenía ordenado en mi cabeza”, se apura en precisar (como se puede apurar un hombre de casi 90 años) para dejar claro que su improvisación no era desgano, sino por el contrario, un asomo de vitalidad, de energía, resultado espontáneo de la abrupta sospecha de que “en este país algo está pasando”.

Con todo, una semana después, en el living de su departamento, la sonrisa con la que Andrés Aylwin recuerda el recibimiento de la medalla es tímida, apocada, como a punto de borrarse con una mínima corriente de viento. Parece intimidada por una mucho más poderosa nostalgia.

Más allá del interés personal

Hemos dicho que Andrés Aylwin encarna la idea de dedicación a causas más elevadas que el interés estrictamente personal. Esta expresión necesita ser justificada, no por justicia con el texto, sino con nuestro personaje. Dejada en el aire pasa como un exceso estilístico y no como lo que es: una descripción bastante objetiva del carácter de Andrés Aylwin, un rasgo a tener en cuenta para entender sus decisiones de vida y trayectoria. Varios hechos concretos lo ilustran.

 

*

En la segunda mitad de la década de 1930 el clima político estaba crispado en todo el mundo y también en el Liceo de San Bernardo. Ni Andrés Aylwin ni sus amigos tenían todavía más pelo que el de sus cabezas, pero ya estaban divididos entre los partidarios de los aliados, los más, y los seguidores de las potencias del Eje. “El nazismo llegó a San Bernardo y también tres o cuatro familias judías –recuerda-, uno de cuyos hijos se matriculó en mi curso”. El niño judío llegó literalmente sin saber nada, “sólo con un papelito que llevaba escrito Vivo al final de la calle Pérez, por si se perdía”. Al Liceo de San Bernardo iban “hijos de obreros, de uniformados y de profesionales, que aunque pocos, habían”. Sin embargo, recuerda Andrés Aylwin, “el nazismo era una realidad y un tema de discusión siendo nosotros niños”.

En el frente escolar sanbernardino de la Segunda Guerra Mundial había un personaje que causaba temor entre los niños y en el propio Andrés. Era “el compañero más macizo del colegio, el más atleta, el campeón en todas las cosas y también un nazi fanático”. Aquí lo llamaremos Macizo, porque -por razones que se verán más adelante- Andrés Aylwin prefiere no ventilar su nombre real y porque ese adjetivo fue el más usado al describirlo. En una oportunidad, mientras deliberaban en el patio sobre las virtudes y defectos de cada bando, Macizo elevó su voz ronca para callar las vocecitas chillonas del resto y lanzar una sentencia que dejó a todos helados:

– A los judíos hay que matarlos a todos.

Andrés Aylwin miró a su amigo judío, “a quien le tomé gran estima desde el comienzo”, a sus manos, a Macizo y tomó una decisión.

En ese momento, en el patio del Liceo de San Bernardo, no había nada más opuesto al interés personal de Andrés Aylwin que exponerse a ser molido a golpes por un nazi del doble de su tamaño.

(Nota: Andrés Aylwin era por entonces un niño flacuchento que jamás se imaginó capaz de plantarle cara a nadie ni menos a otro niño que medía y pesaba casi el doble que él. Tampoco sus compañeros de contextura promedio se atrevían. El factor ideológico también pesaba, como podía pesar en un niño: ser nazi era lo más cercano en ese entonces a lo que después serían los zombies o, mucho peor, los zombies rápidos de los videojuegos actuales.)

Nadie pronunciaba palabra, recuerda Andrés Aylwin, tampoco pasaba ninguna por su cabeza, pero avanzó sin dudar en dirección a Macizo, levantó el brazo y le puso un cachetazo en la cara. Nuestro personaje no recuerda si Macizo se cayó o ni siquiera si lo movió, sí recuerda que sus compañeros reaccionaron sorprendidos y que después de los palmetazos de admiración, Macizo, pasmado, se fue sin hacerle nada. Para efectos de nuestra descripción de Andrés Aylwin poco importan los detalles, el punto es que en ese momento, en el patio del Liceo de San Bernardo, no había nada más opuesto al interés personal de Andrés Aylwin que exponerse a ser molido a golpes por un nazi del doble de su tamaño. No lo habían amenazado a él, ni siquiera lo habían molestado, él era un jovencito católico con sangre inglesa que no estaba en la mira de Macizo. Aun así, por la convicción de que la sentencia lanzada por Macizo estaba mal, su interés personal simplemente desapareció de entre sus preocupaciones.

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Desde 1928 la familia Aylwin-Azócar vivía en el Camino Longitudinal, lo que hoy es Avenida Portales, el camino que unía el campo con Santiago desde el sur. La quinta que compraron sus padres “quedaba frente a la maestranza de los ferrocarriles, que era la empresa más grande que había y que ha habido en San Bernardo”. Gracias a la poderosa fuerza sindical de los trabajadores de Ferrocarriles, Andrés Aylwin recuerda que vio “desfilar frente a mi casa a todos los grandes políticos de mi época: vi pasar a don Pedro Aguirre Cerda, a Marmaduke Grove, a Elías Lafferte”. Su padre, Miguel, conservaba una costumbre que traía desde el campo, donde creció, en un pueblito cerca de Putúa, provincia del Maule: “saludar a toda la gente con la que se encontraba”. A la gente de San Bernardo “esto le pareció un poco extraño al principio, pero se acostumbró a este caballero que saludaba a todos. Entonces cuando salían doscientos obreros de las maestranzas, todos saludaban a don Miguel”. Así fue que el apellido Aylwin comenzó a esparcirse por el pueblo.

En el Camino Longitudinal, recuerda, se vivían grandes acontecimientos históricos. “Hubieron varias asonadas militares, así que cuando se pensaba que venían militares desde el sur, la Escuela de Infantería se colocaba al frente de nuestra casa a esperarlos”. Se toma una pausa, y regresa a una duda que lo ha asaltado años: “No sé siguiendo qué lógica, en realidad, porque podrían haber entrado por otra calle o lugar, por donde quisieran…. Tal vez sólo se trataba de mostrar que había una fuerza militar dispuesta a contenerlos”.

En la quinta familiar, Andrés Aylwin vivió hechos que las generaciones de hoy sólo conocen por los libros de historia, pero que a él lo marcaron de por vida.

“En los ’30 golpeó muy fuerte la cesantía del salitre –relata con seguridad, contando una historia que lleva grabada en la retina-. Los hombres se venían con sus hijos y mujeres hacia el sur buscando trabajo. Y a veces permanecían tres o cuatro días en la calle, en el sector cerca de nuestra casa. Mi madre tenía una gran sensibilidad, entonces no sólo ayudaba a la gente, sino que se indignaba. Yo siempre la recuerdo así cuando veía cosas injustas, le producía una indignación moral. Eso influyó mucho en mi percepción de la vida. También empezó la mecanización en los campos y con eso el mismo proceso de gente cesante que se venía a la ciudad y pasaba días buscando habitación y trabajo”.

“Otros sectores conquistaban sueldos mínimos, sueldo vital, jornada de trabajo, derecho a sindicalizarse. Pero los campesinos no: no tenían nada”.

Andrés Aylwin convivía con este incesante flujo de miseria y esperanza a diario, a metros de su propia casa. Pero también lo perseguía en su propia cabeza, en imágenes, al irse a dormir, al despertar, mientras pensaba y hacía otras cosas. Sobre todo después de haber leído “Las uvas de la ira”, de John Steinbeck, que no recuerda cómo llegó a sus manos pero sí cuánto lo impresionó: “Trataba justamente de la inmigración de los campesinos a las ciudades cuando la máquina reemplazó al hombre, de su miseria y su rabia. Había campesinos que incluso quemaban las máquinas, porque las culpaban de sus penas. Conservo muy claras las imágenes de ese libro, porque las asociaba con todo lo que veía al otro lado de mi ventana”.

Influido por la indignación moral que sentía su madre, de la mano de su padre en los alrededores de San Bernardo y con Steinbeck en la cabeza, Andrés Aylwin otra vez dejó en un segundo plano su interés personal e hizo de la lucha de los campesinos por su dignidad, su propia causa. Lo movilizaba, cuenta, la indignación, el “verlos tan oprimidos, tan marginados, sin ningún derecho social. Otros sectores conquistaban sueldos mínimos, sueldo vital, jornada de trabajo, derecho a sindicalizarse. Pero los campesinos no: no tenían nada”.

Pronto ingresaría a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Pudo, como muchos de sus compañeros de generación, pero aún más por las redes de su padre en el poder judicial y por su excelencia académica, asegurarse la vida como abogado en una gran empresa o en la elite burocrática del Estado. Se dedicó, en cambio, a asesorar “a grupos de campesinos que trataban de organizarse, durante la Ley Macetero de Alessandri, con la cual era casi imposible organizarse”. Recorrió y se adentró en Melipilla, Codigua, Buin, Paine, San Pedro, Alhué y María Pinto. Apoyando la sindicalización campesina, promoviendo la reforma agraria, sembrando el fin del latifundio.

Andrés Aylwin ya tenía razones pare levantarse en las mañanas y para postergar el sueño por las noches. En 1965 esta obsesión lo llevaría a ser electo diputado por primera vez por la 8° Agrupación Departamental: Melipilla, San Bernardo, Maipo y San Antonio.

***

IMG_6566Pero es en septiembre de 1973 que Andrés Aylwin lleva su porfiada resistencia a sucumbir al interés personal a un nivel superior, de mayor compromiso y dolor, poniendo la propia vida en juego. Al día siguiente del golpe militar, Andrés Aylwin acude a la casa de Bernardo Leighton, su padre político, el dirigente que más admiraba y cuya amistad apreció hasta considerarlo un hermano. Allí, un día más tarde, con otros doce militantes demócrata-cristianos, puso su firma en la declaración del “Grupo de los Trece”, en la que estampó su rechazo a la dictadura y respeto al sacrificio de Allende.

Al poco tiempo ya estaba involucrado en la defensa de personas detenidas, ejecutadas y desaparecidas. Hizo de su casa un refugio de los perseguidos, y se dedicó día y noche a la defensa de quiénes verían vejados sus derechos humanos, liderando el Comité Pro Paz y trabajando con la Vicaría. De nuevo, en ese momento, no había nada más opuesto a su interés personal que exponerse a lo que sus amigos socialistas y comunistas, a lo que Leighton en Roma el ’78, a lo que miles de luchadores durante 17 años. Le valdría dolor, persecución, encuentros permanentes con la barbarie y la crueldad, relegación en un caserío inhóspito, Guallatire, a 4 mil 800 de altura con el pulmón destrozado.

Pero persistió.

“¡Cuánta belleza, cuánta crueldad!”, exclamó en su relato contenido en el libro “Ocho días de un relegado”. Había encontrado una nueva causa a la que se lanzaría, como en los tiempos de la sindicalización campesina, con dedicación obsesiva.

La soledad del Congreso binominal

La sonrisa no se afirma en el rostro de Andrés Aylwin, aún más de 30 años después de su peor experiencia en dictadura, ni siquiera en la tranquilidad de Providencia en 2015. Es que los recuerdos contradictorios que conserva de su experiencia parlamentaria en los ’90, lo son sobre todo a la luz de su experiencia en el Parlamento del periodo 1965-1973.

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“En ese Congreso –confiesa-, a mí me fue más fácil incorporarme que al que vino después”. El contraste se le hace evidente y en muchos planos, tanto que le cuesta elegir por dónde partir. La Cámara previa al golpe, recuerda, “estaba compuesta por gente que estaba toda comprometida con algo y que representaba algo. Unos eran de derecha, defendían la propiedad agrícola, otros de izquierda, con distintos matices, pero toda la gente aportaba algo”. El debate era muy ideologizado, “nunca tuve capacidad de meterme en esos debates, pero sí aportaba los conocimientos que tenía. Era una Cámara muy vital, con distintas posiciones, con lucha, con discusiones, con personajes pintorescos, unos muy violentos, otros muy tranquilos, con tinteros que volaban por los aires. O sea, un Parlamento muy vital y revelador de lo que era la realidad sociopolítica de ese tiempo”.

La Cámara previa al golpe, recuerda, “estaba compuesta por gente que estaba toda comprometida con algo y que representaba algo”.

Mientras fue diputado por la zona en la que creció y ejerció su profesión, su obsesión seguía siendo llevar la justicia social al campo. “Me impresionaba la pobreza, la marginación y la sumisión de los campesinos. Me encantaba su forma de ser, lo cariñoso, lo sencillo. Don Andrés, usted está muy cansado, me decían, quédese aquí, le hacemos un espacio. Tan flaquito, don Andrés, quédese a comer. Todo ese cariño para uno… Entonces quedé atado por compromiso moral, pero además me sentía realizado trabajando con ellos. Me entregué en cuerpo y alma a la sindicalización campesina y a la reforma agraria”. Y lo hizo, no con todo el éxito que deseaba –sigue siendo un inconformista-, pero siendo clave para muchas conquistas de los trabajadores del agro y el fin “terrible lastre” del latifundio.

Con una voz más tenue, en un tono más inseguro, preocupado, queriendo evitar sentencias que considera injustas, Andrés Aylwin relata que “El Congreso que vino después del periodo militar, es un Congreso al que llegan muchas personas que, por la situación habida desde la dictadura, estaban un poco separadas de la realidad”. ¿Un problema reducido a la derecha o extendido al conjunto de los partidos? “Yo diría que influía en todos”, afirma, pero no bien termina, aclara: “pero esto es visto desde los ojos de alguien, un hombre, comprometido con dos cosas: el problema de los luchadores por los derechos humanos y evitar que directa o indirectamente se validara la Ley de Amnistía”.

“En el primer Parlamento yo sentía que, de algún modo, ¡esto era Chile! Estaban los momios allá, unos comunistas por acá, en fin. En este otro Parlamento hay un matiz distinto. Creo que la clase política que subsistió no conocía la realidad del país. Era lógico, hubo dictadura y ahora miedo. Pero yo a veces tenía la sensación de que no había suficiente comprensión de la importancia de los problemas sociales. Eso hizo un poco más difícil mi trabajo en este nuevo Parlamento. En el antiguo uno vibraba con las cosas que pasaban, desde distintas posiciones, vibraba toda la Cámara. En cambio, en esta nueva Cámara no había suficiente sensibilidad, en todos los sectores, acerca de la verdadera profundidad de lo que había sucedido en Chile”.

“Creo que la clase política que subsistió a la dictadura no conocía la realidad del país”.

Andrés Aylwin se refiere a la política de la transición sobre la violación de los DDHH y la libertad de los presos políticos que lucharon contra la dictadura, causas a las que dedicó su vida bajo el régimen de Pinochet. “Conocí tanta barbaridad y tantas crueldades”, recuerda. Pero “en esta nueva Cámara muchos decían bueno, si aquí estos mataron a personas, por algo son presos políticos, se compensa con el militar que mató personas… ¡Pero la diferencia era sustantiva! Que un grupo con las armas que le da el Estado, con formación militar, vaya a Paine y fusile en el acto a 17 campesinos, es una situación muy distinta al hombre que es un luchador social y político que se quiere defender, a él y a los suyos. Esa diferencia, aunque clara para mí, no estaba nítida dentro de la Cámara”.

“Había 600 presos políticos y yo estaba porque el primer gobierno democrático terminara con todos los presos políticos libres, porque encontraba que era un compromiso moral de la democracia”. Pero no fue así, de ahí que Andrés Aylwin sintiera que “en la Cámara, con un problema ético fundamental de la transición, no existía suficiente compromiso”.

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La diputación de Aylwin por la Concertación marcó su distanciamiento de la política activa. Incluso durante el ejercicio de su cargo estuvo alejado, con varios meses sin participar en la bancada DC y relaciones de muy baja intensidad con sus colegas. El problema no era su edad.  “Yo me distancié un buen tiempo, eso lo sé perfectamente. Pero sobre los detalles… no quiero entrar en ello. Nunca lo he hecho y he tenido esa dificultad hasta para escribirlo. Conversando con Sebastián (su nieto) a lo mejor puedo digerirlo más y aclararme”.

Después de un largo silencio la entrevista parece haber llegado a su fin. La grabadora alcanza a apagarse, pero un amago de despedida queda truncado cuando Andrés Aylwin decide explicar algo más:

“Es que está el problema de las lealtades y de lo difícil que es el momento. Yo me pongo en la situación de mi hermano (Patricio), que en definitiva era quien debía tomar las grandes resoluciones. Él tenía estos energúmenos en el Congreso, tenía minoría en el Senado, tenía a Pinochet que fregaba. Entonces, me es difícil juzgar globalmente. Me parece bien y necesario que lo haga el periodista, el historiador. Pero yo que tengo sensaciones metidas en todo esto, no quiero meterme mucho más. Perdóname la franqueza”.

Un segundo momento de silencio es cortado por él mismo cuando, después de reflexionar, se reincorpora y afirma:

“De la gravedad del distanciamiento que yo tuve casi con la generalidad de la Cámara y la política no tuve plena conciencia hasta que leí las memorias de Mandela el verano pasado. Mandela -que siempre aquí en Chile lo nombramos como símbolo de la lucha pacífica- nunca dejó de justificar el derecho de la gente a defenderse. Y ese planteamiento lo hizo nada menos que cuando lo condenaron casi a presidio perpetuo”.

“Mandela nunca dejó de justificar el derecho a defenderse. En eso consistió su pacifismo, no en dejarse avasallar”.

De la mano de Mandela, Aylwin regresa al tema que marcó su distanciamiento de la política de la transición, a saber, su férrea defensa del principio según el cuál no podía haber el mismo trato a militares involucrados en casos violación de DDHH que a luchadores políticos que se rebelaron contra el régimen.

– Él (Mandela) nunca dijo mire, yo no hice esto, no hice allá, no hice nada ni tengo ninguna culpa. No, él empieza diciendo sí, todo lo que dice el relator, es cierto, yo hice y dije tal cosa, apoyé a tal tribu y sostuve el derecho de la gente a defenderse con armas cuando la atacaban con armas. No obstante, él fue un pacifista. Porque sabiendo que los negros eran mayoría y algún día tendrían el poder, le dijo a su gente que nosotros los negros nunca vamos a hacer con los blancos lo que ellos han hecho con nosotros los negros. En eso consiste su pacifismo, no en dejarse avasallar.

Todavía, un político

Con la grabadora en vías de dejar de funcionar, Andrés Aylwin vuelve a sonar más confiado en sus palabras. Recupera el aliento y su cercanía a los 90 años parece relativizarse. Recuerda a la persona que más lo acompañó y comprendió durante su diputación de los ’90. Habría estado, dice, “casi solo, si no fuera por la Laurita Rodríguez. Una gran persona, con una sensibilidad exquisita”. Carga contra Jaime Guzmán, “un personaje funesto en la historia política de Chile. Más encima invocando a Cristo, invocando a la religión, a los principios, sin embargo haciendo tanto, pero tanto mal”. Y completa la historia de su desafiante cachetazo a Macizo, en el patio del Liceo de San Bernardo.

“Años más tarde -relata- yo iba caminando por Ahumada, a la altura de los cafés, y en un momento miro y es mi compañero, el que de niño era nazi”. Los ahora adultos se saludaron cariñosamente e intercambiaron sus primeras palabras en mucho tiempo:

– ¿Sabes? -dijo Macizo. No tienes idea cuánto te agradezco la cachetada que me pegaste. Me hizo pensar mucho y me abrió la mente.

Aylwin, sorprendido, se alegró y, como ya estaba en la Falange, le comentó confiado:

– Mira, podríamos reunirnos a conversar de política, si te interesa, yo formo parte de la Falange…

– Jaja, bueno, Andrés, gracias, pero yo ya tengo una militancia definida.

– ¿Sí?

– Bueno, sí: me hice comunista.

“Sonreí y pensé que, tal vez, se me había pasado la mano con el cachetazo -cuenta con alegría Aylwin-. Años más tarde nos volvimos a encontrar en el Congreso, donde trabajaba como taquígrafo. Yo era desordenado, pero él llegaba y me dejaba los discursos hermosos”.

La grabadora se apaga y Andrés Aylwin recupera el aliento, se reincorpora para conversar con más relajo y contradice así sus propias palabras del comienzo. A sus 89 años, aunque cansado e invadido por la nostalgia, sigue siendo, a su modo, un político. Uno que, infatigable, mantiene intacto el reclamo por una ética más humana como fundamento de la política.