Logo LeasurEl tratamiento del caso Penta hace evidente que la realidad del delito es una experiencia mediática. El hecho de que los antecedentes de la investigación, así como el juicio de culpabilidad anticipado que pudiera recaer sobre los involucrados lleguen a la población a través de los medios de comunicación no es casualidad. Y esto no sucede solo con el caso Penta. Basta ver la primera media hora de los noticieros nocturnos para asistir a la exhibición cotidiana de las situaciones delictuales que afectan a la «ciudadanía».

Los medios de comunicación son la nueva plaza pública en la ritualidad del crimen. El condenado ya no está sobre el cadalso. Su figura está en la pantalla de la televisión y en las portadas de los diarios. Las noticias sobre asesinatos y muertes violentas son verdaderos rituales, pero la experiencia ya no es directa como antes. Hoy se trata de una ritualización mediada, caracterizada por la masividad del público que puede apreciarla. Son millones los televidentes que cada noche se sorprenden con el femicidio o el robo de turno.

La relación entre el crimen y los medios de comunicación produce —atendiendo a los efectos y consecuencias de la representación de la cuestión criminal— una experiencia esencialmente mediatizada a nivel social. El tratamiento de la criminalidad se retrata a través de formas específicas, caracterizadas por una amplificación de la desviación y la exacerbación de las situaciones coyunturales de violencia. Asimismo, posee efectos políticos y sociales particulares. Entre ellos, es posible apreciar la construcción de un sujeto social en constante transición entre el ciudadano-consumidor y el ciudadano-víctima, conceptos que se repiten constantemente en el discurso político tanto del Gobierno como de la oposición. Esto tampoco es casualidad.

El crimen, su persecución y su castigo se han convertido en un espectáculo cotidiano para un público que asume como normales y naturales las imágenes mediáticas relacionadas con este fenómeno.

La principal consecuencia de este tipo de cobertura del delito se relaciona con el posicionamiento del fenómeno como un tema central en la agenda pública. Los medios de comunicación constituyen un verdadero escenario institucionalizado de la cuestión criminal, instalado y sostenido gracias a la preponderancia que los temas de seguridad ciudadana y delincuencia han adquirido en la información transmitida por los medios tradicionales. Así, hoy existe una canalización de la inseguridad social hacia el delito, donde este último actúa como un verdadero chivo expiatorio. Es sencillo dejar de lado los problemas estructurales como la educación, el trabajo o la salud, y centrar el foco en el fenómeno delictivo que afecta a una sociedad.

El consumo de tragedias individuales ocupa un papel central en la construcción del relato delictual. Los medios han creado, de forma constante, un verdadero interés colectivo por los asuntos penales. Los delitos aparecen como sucesos que quiebran la experiencia cotidiana y penden como una amenaza sobre los valores que sustentan la «comunidad». Es bajo este marco que se refuerza la necesidad de que el Estado sostenga una guerra contra la delincuencia. La consecuencia es patente. Se construyen políticas públicas basadas en la concepción de que quien delinque no es un miembro de la comunidad, sino alguien que no solo no pertenece a ella, sino que además la amenaza. El relato criminal institucionalizado es un medio efectivo para legitimar un discurso político que actúa sobre la base de la dicotomía nosotros-criminales. La creación legislativa, por tanto, aparece como un gesto vengativo y una manifestación patente del poder de un Estado que intenta esconder su fracaso en materia de seguridad social.

El crimen, su persecución y su castigo se han convertido en un espectáculo cotidiano para un público que asume como normales y naturales las imágenes mediáticas relacionadas con este fenómeno. La forma en que los medios de comunicación tratan el delito invisibiliza la realidad social que existe tras el mismo, al centrar el foco de atención en situaciones individuales totalizantes que no necesariamente ofrecen un acercamiento responsable a una cuestión de marcada relevancia sociopolítica como es el delito, sus causas y sus consecuencias. Hay que repensar la relación entre los medios de comunicación y el tratamiento de la criminalidad, porque, como alguien dijo, nuestro problema no es el delito; el delito es el resultado de nuestro problema.

 

* Litigación Estructural para América del Sur