inti1Inti exuda una sencillez rebelde. Le gustan los andamios donde pinta y le cargan los otros, los que se usan para la impostura, tal como le incomoda sentirse en los tentáculos de cualquier tipo de poder. Es un hombre que trata de ser libre, de esos que tanto molestan. Ese lugar donde busca situarse le da una cierta lucidez como para ver las cosas, todas las cosas, de una manera que aparece como nueva. En esta entrevista, sin pretensiones y con muchas al mismo tiempo, habla de su trabajo, de los espacios públicos, del arte y las instituciones.

¿Cuál es para ti la valía de este libro, aparte de la obviedad de que es la primera vez que se puede ver una sistematización de tu trabajo aquí en Chile?

Es un romanticismo mío de recopilar todo el trabajo y poder mostrar un poquito más de las cosas que se suelen contar. Yo no suelo hablar, cuando uno pinta trata de evitar las palabras y decir las cosas de otra forma. Por otra parte, también me pareció una linda oportunidad conversar harto con Mario (Cuche, autor de los textos) y que él entendiera a su manera lo que yo quería hacer con los murales.

En tu caso el registro cobra otro sentido, porque son obras callejeras más expuestas a la desaparición ¿Cuánto te importa?

Es inevitable que importe. De hecho cuando pinto en la calle, me desapego del trabajo desde el momento en que hay registro fotográfico. El mural queda a disposición de la gente, del clima, de lo que pase y si quieren echarlo abajo, destruirlo o rayarlo, ahí está. Uno no vuelve a tocar los murales, los deja así aunque te los rayen al otro día. Ese pequeño apego que los artistas normalmente suelen tener con la obra misma, uno lo tiene con la fotografías.

¿Qué es lo que crees que cambia en un barrio cuando un muro gris o una publicidad son reemplazadas por un mural tuyo?

Hay gente que no cree y te pregunta ¿cuánto ganai? ¿quién te paga? ¿por qué te contratan pa esto? Y tú les decís oye, estoy perdiendo plata, no gano con esto, vine aquí y estoy ganando quizás la experiencia de conocerte a ti, a las personas del barrio, conocer el lugar, involucrarme un poco y por todo eso obviamente ganar como persona. Eso al principio no les cabe, no les calza a las personas. Y creo que genera un gran cambio.

La percepción de lo que es o no posible en el espacio público. Yo creo que en eso la gente está acostumbrada a que decidan por ellos, no nos  hacemos responsables. Porque, al ser públicos, está dada la posibilidad de que nosotros mismos los intervengamos. La gente engancha cuando uno les dice lo estoy haciendo porque quiero algo positivo para el barrio, no te estoy vendiendo nada, no estoy haciéndole publicidad a alguien. Y ahí está la otra idea, de que uno puede producir cosas no por beneficio propio. Hay gente que no cree y te pregunta ¿cuánto ganai? ¿quién te paga? ¿por qué te contratan pa esto?. Y tú les decís oye, estoy perdiendo plata, no gano con esto, vine aquí y estoy ganando quizás la experiencia de conocerte a ti, a las personas del barrio, conocer el lugar, involucrarme un poco y por todo eso obviamente ganar como persona. Eso al principio no les cabe, no les calza a las personas. Y creo que genera un gran cambio.

Lo que planteas, eso de decidir sobre el entorno, tiene una connotación política muy potente, de validez más general, que podría aplicarse para los presupuestos participativos e incluso para iniciativas de autogobierno local ¿tienes conciencia de eso?

Hablar mal de lo que pasa de ahí para arriba no me corresponde. Pero mira, es cierto, no está la invitación de parte del gobierno pa decirte oye, participen más, háganse responsables de los espacios, tomen más decisiones. Pero también hay una cierta flojera. Nos hemos acostumbrado a no ser muy partícipes, a votar cada dos años, cuando podríamos influir en las decisiones todo el año ¿no? Como se hace en otros lugares con los cabildos, con decisiones van subiendo de rango hasta que llegan arriba. Entonces creo que el trabajo en la calle es una especie de invitación a hacer ese tipo de política, de decir que somos responsables de nuestros lugares, hacernos parte y tomar decisiones sobre cómo administrarlos.

A propósito, en Santiago y en Chile la llamada oferta cultural está concentrada en un puñado de barrios ¿qué supone la aparición de la experiencia artística donde las personas no están muy habituadas?

En eso aquí en Chile me siento en deuda, porque yo vine el año pasado acá y pinté en el barrio más hípster.

En el Bellas Artes…Pero has pintado en muchos otros lugares.

He pintado, claro, pero resulta que es el más visible en mi país. Lo he hecho afuera, pero afortunadamente acá hay mucha gente que insiste haciendo ese trabajo de ir a los lugares donde no hay acceso al arte. De generar el acercamiento, o sea, de no dejar que sea esta cosa elitista.

En los lugares que eliges para tus trabajos ¿hay también una crítica al modo en que el mundo artístico se encapsula, se encierra?

Se derivan críticas. Las motivaciones por las que uno pinta en la calle son al principio como un acto reflejo. Después, con el tiempo, uno se empieza a dar cuenta de las consecuencias o de cómo reacciona el contexto en el que trabajai. Te empezai a dar cuenta de que uno puede hacer cosas positivas, potenciarlas, saber dónde meterte, pero no es algo premeditado. La pintura en la calle, por lo menos en la generación de la que yo vengo, nace como una especie de impulso, porque nunca nadie te enseñó que ese espacio no te correspondía. Nadie me dijo tú no podís hacer eso, para nosotros los espacios son de todos y los ocupábamos no más. Después, cuando te das cuenta de que hay prohibiciones, ya perdiste el respeto y apropiarse de esos espacios o ganárselos de la forma que sea se convierte en un acto político. Lo es por el solo hecho de ocuparlos, más allá de la calidad de la obra o del discurso que tenga dentro.

¿Y para crees qué les sirve el arte a esas personas que pasan frente a tus murales?

El artista en general se queda en un lugar donde las personas piensan que nunca van a poder llegar, como si fuera un alquimista. El artista es como un hueón capaz de hacer magia y que le corresponde solo a un cierto sector de la sociedad. Lo nuestro es romper eso mito y ni siquiera bajar el arte a las personas, sino dejar que nazca de ellas.

Hay personas que dicen que es arte lo que yo hago, otras te ven como el grafitero y no te ponen a un nivel más alto. A mí me agrada eso, porque no se forma la distancia y, cuando no existe, te encontrai con que el cabro chico que está ahí o los jóvenes a los que les interesa pintar no te ven como alguien lejano. Ellos dicen oye, yo también puedo hacer eso y uno dice esto no es nada del otro mundo, cualquier persona puede hacerlo, podemos apropiarnos de estos espacios y ocuparlos de otra forma. El artista en general se queda en un lugar donde las personas piensan que nunca van a poder llegar, como si fuera un alquimista. El artista es como un hueón capaz de hacer magia y que le corresponde solo a un cierto sector de la sociedad. Lo nuestro es romper ese mito y ni siquiera bajar el arte a las personas, sino dejar que nazca de ellas.

¿Mantienes vínculos con las comunidades donde alguna vez pintaste?

Claro, las personas me cuentan historias de cosas que siguen pasando, aunque rara vez vuelvo al lugar donde he pintado. En todo caso, en más de una ocasión me he enterado de que la gente se reorganizó y quiso limpiar el lugar en torno al mural, entonces arreglaron la placita donde estaba, o la gente del otro edificio empezó a preguntar por qué no pintaron su edificio también, Entonces ahí tú decís mira el poder que tiene una sola imagen, puede cambiar la visión de esas personas sobre su entorno. Y convoca a otros que adquieren el interés en cambiarlo.

 

El sincretismo y el mestizaje

¿Por qué te interesa el sincretismo? ¿Por la religiosidad o la espiritualidad?

Sinceramente, de religioso yo no tengo nada. De espiritualidad, llego pero siempre desde el lado racional. Pero, dicho esto, uno no puede evitar abordar el tema religioso en la cultura nuestra…

Éste es un continente católico…

Es un continente católico y en todo lo que nos ha ocurrido acá la religión tiene mucho que ver ¿no? Entonces abordarla nace desde ese punto. Y se transforma en una especie de conexión con las personas, como un vínculo pero también como un medio de crítica.

Tú te instalas en un lugar sincrético, mestizo, de diálogo. Pero hay gobiernos en la región, como Bolivia, que combaten la idea de diálogo en el mestizaje. Dicen que solo sirve para que las personas renuncien a su identidad indígena e incluso eliminaron la opción “mestizo” del Censo ¿Cómo ves ese acercamiento al tema?

Eso depende del proceso político específico que están viviendo algunos países de la región. En general, no me gusta la idea de que Latinoamérica sea “anti algo”, pero los procesos de invasión o de apropiamiento de los recursos que se dieron acá hacen que, en este contexto, sea buena esa mirada porque reafirma ciertos ideales.

Dicho eso, luego de ese momento de reivindicación da miedo que estos gobiernos no aflojen un poco y no acepten que parte de esa influencia puede haber sido positiva y que nosotros somos esa mezcla. Entonces todo depende del contexto. Uno se pregunta lo mismo cuando aborda temáticas sobre cómo trabajar en la calle. Qué tan duro ser con las ideas, si uno tiene que levantar más la voz o no. Uno siempre está jugando en ese punto medio, sobre lo que más puede servir en un determinado momento.

¿A ti, como artista, te interesa más la empatía o la provocación?

Me interesa construir a futuro, a largo plazo. Uno toma posiciones y obligadamente hay un sector que va a estar en contra. A veces es positivo porque eso da un impulso, pero idealmente creo que hay que trabajar en la conciliación más que en la confrontación.

 

La plata, el poder y el arte

 

A propósito de los fondos de cultura, ha surgido el debate sobre cómo debe financiarse el arte, el rol que le cabe a la autogestión y al Estado ¿Para ti es importante de dónde sale la plata para tu trabajo?

Me acaban de pedir que vaya a pintar un mural a Calama, financiado por las mineras de allá… y no, obvio que no. Y te pagan millones poh.

Sí, claro, claro. Me acaban de pedir que vaya a pintar un mural a Calama, financiado por las mineras de allá… y no, obvio que no. Y te pagan millones poh.

Para mí no es obvio, ¿por qué no?

No dormiría tranquilo, le estaría limpiando la imagen a ellos poh, con la cagá que están dejando. No soy un producto que se pueda contratar para esas cosas.

Insisto en que no es obvio. Por ejemplo Santiago a Mil está auspiciado por las mineras, y por el Banco de Chile, que es del grupo Luksic. Hay quien te podría decir que es una manera legítima de financiar la cultura…

Está bien. Si van a tener un discurso que se condice con lo que piensan, bien, pero si eso los va a limitar y no van a decir cosas porque están financiados por las mineras, eso ya es otro asunto. Lo que yo hago, al poder poder decir que no, es como un lujo, porque tengo una cantidad de proyectos que me ofrecen y puedo elegir. Incluso, he tenido la suerte de generar recursos al punto de que si un proyecto me gusta mucho y me significa gastar dinero en él, lo voy a ir hacer igual.

Hablábamos sobre los límites difusos en el arte. Hay rayados en las murallas que no son considerados arte e incluso ha habido una discusión para regularlo y sancionarlo penalmente ¿cómo ves tú ese tema?

En la base hay un descontento. Yo también empecé rayando y estaba enojado con todos, en una población donde andaban todos metidos en la pasta. Un ambiente hostil que no genera cariño, ni menos amor por el lugar. Por algo éste es un fenómeno que se da mucho en las ciudades grandes, porque hay una enajenación con el lugar, que es como de todos  pero de nadie al mismo tiempo. Entonces ¿cómo te vai a hacer responsable? Si, en medio de esa hostilidad, se desarrolla el interés de querer ver tu nombre en todos lados, de que hay ciertas personas de tu mismo nivel que van a leerlo y te va generar cierto estatus, te vai a pasar por el culo lo que diga la sociedad, si no tenís cariño por ella. Ahora ese fenómeno, por suerte, ha generado este tipo de expresiones evolutivas, gente que gusta de las artes gráficas y llevó ese descontento de las calles a otros niveles, que podrían considerarse más como un aporte.

Es interesante es idea de que la ciudad no está hecha para las personas. En Santiago lo vemos con el transporte público, con la pega a dos horas de las casas. No es una cuestión natural, se definió en un momento que la ciudad fuera así, territorialmente desregulada.

No había pensado en ese vínculo, pero hay que evitar el riesgo de que lo que nosotros hacemos sea como un parche a ese problema. Que al final uno termine pintando en los lugares que están abandonados o en los muros que a nadie le gustan o le importan.

 

La apropiación del arte callejero


¿Cómo ves el futuro del arte callejero? Ahora como que se ha puesto de moda…

Sí. Hay un fenómeno súper cuático ahora que a mí me molesta mucho, que es este boom del street art ¿cachai? Afuera esto es increíble, de los últimos tres años o cuatro años pero el último ya fue demasiado. Se ha generado todo un business en torno a esto y quizás aquí en Chile algún día se va a ver, pero ya en Estados Unidos y Europa está corriendo mucha plata en torno a esta cuestión. Mucha gente lo está utilizando como un nuevo negocio, se está perdiendo la magia que tenía en un principio. Llega un poco al medio donde yo estoy metido ahora, pero a mí me encantaría volver a las raíces. Yo siento que compartimos la misma forma de trabajar con la gente que está acá en Chile y con muchos de los que yo me he encontrado en Latinoamérica, que sabemos que es un trabajo que afecta a la sociedad. Y que no ocupamos el espacio público para hacernos publicidad. Hay otro tipo de motivaciones con todo este fenómeno y con tanto dinero que empezó a correr, una nueva generación de pintores que están viendo el espacio público como un panel más para generar recursos.

Ahí está, permanentemente amenazándote la posibilidad de que el sistema se apodere de tu arte…

Es que yo desarrollé un discurso y me sentí cómodo trabajando en la calle porque estoy fuera de la institucionalidad artística y porque estoy creando nuevos caminos, por decirlo así. Me estoy relacionando de otra forma con la gente, estoy cómodo y digo esta hueá no cabe dentro del museo, cagaron, de esta hueá no van a poder nunca apoderarse. Pero el dinero y los medios de comunicación de cierta forma se adaptaron a esta nueva forma de expresarse y nos está empezando a consumir.

¿Y si yo te dijera que en la revista en un avión leí un reportaje sobre el street art y aparecías ahí, en medio de los otros?

No hay un problema en que las personas se enteren de lo que hago. Yo hablo del cuento económico, de cuánto dinero hay de por medio. Cuando las instituciones se adaptan a los medios de producción que tenemos, que son diferentes a los que trabaja el arte, y se los apropia, pueden empezar a regular contenidos.