El codigo enigmaEs imposible abstraerse de lo que representa Alan Turing hoy en día. Condenado por el delito de indecencia y castrado químicamente debido a su orientación sexual, el matemático y filósofo inglés fue un paria anónimo desde 1954 –año en que se suicidó– rescatado sólo en ciertos círculos científicos, que admiraban su obra y la gran labor que prestó durante la segunda guerra mundial, al lograr descifrar el impenetrable código utilizado por los alemanes para sus operaciones militares. Gracias a él, se calcula que el conflicto duró dos años menos y se salvaron millones de vidas, y su trabajo fue una influencia determinante en la era digital. Después de todo, la máquina “pensante” que ideó, que imitaba las funciones de un cerebro humano analizando millones de millones de posibilidades –¡la película se llama “The imitation Game” en inglés pues!– es considerada como el primer ordenador de la historia. En simple, Turing es nada menos que el padre de los computadores. El mero-mero que sentó las bases provocadoras de lo que hoy llamamos inteligencia artificial. El “abuelo” de Gates y Jobs. Así de grande. Y oficialmente fue un delincuente hasta hace poco: recién en 2009 el gobierno británico se disculpó con él y reconoció su legado y el 2013, óuhmaigód, la misma Reina Isabel lo indultó y homenajeó, haciéndose eco de un movimiento para rescatar su figura al que adhirió hasta Stephen Hawking (y que, paradoja, también compite con su propia película este año en los Oscar). No tendrá camisetas a lo Ché Guevara, Homero o Ron Damón (aún), pero claramente estamos frente a un ícono.

Dirigida por Morten Tyldum, con guión adaptado de Graham Moore y nominada a 8 premios Oscar, la película relata en tres tiempos (infancia, segunda guerra y en menor grado pos guerra), con cuidado y delicadeza, el drama que vivió Alan desde niño: retraído, descubriendo sus propios gustos y preferencias, un pequeño prodigio que se aburre en sus clases por considerarlas demasiado básicas pero incapaz de establecer siquiera una amistad, víctima de bullyng, con muestras crecientes de ser asperger. Y que por influencia de su primer enamoramiento, llega al gusto –luego obsesión– por los puzles y claves, que lo llevarán más tarde a trabajar para el naciente servicio secreto de Su Majestad (sí, el MI6, el mismo de Bond). No es entonces por sentido patriota ni por vocación pacifista: descifrar el código enigma representa “el problema más grande del mundo, y yo soy bueno para resolver problemas”.

De este modo, más que una reivindicación de los derechos homosexuales –tentación a la que sin embargo el relato sucumbe sólo en los minutos finales, y con algo de fórceps- este biopic habla de algo anterior y más profundo: la imposibilidad de su protagonista de entender una manera sana de relacionarse con el mundo y de derribar el muro del lenguaje, con esos códigos que todos entendemos desde niños casi por osmosis. La tesis acá es que para Alan, una mente tan brillante y analítica que no ve el chiste en un chiste ni el sentido práctico de las más mínimas normas sociales, el otro que lo rodea es un misterio inviolable, que jamás dice exactamente lo que piensa y que por ende lo confina irremediablemente a la soledad. Para alguien que sufre en carne viva las consecuencias de ver lo que nadie más ve (y de no ver lo que todos ven), cada secreto/cerebro/persona –compuesto por decisiones, gustos, pasiones y virtudes, alma en definitiva– es único, con potencialidades infinitas. Es motivación y objetivo de su vida. Y, al final, su condena.

Su trabajo entonces viene a ser un reflejo de su propia miseria (bautiza a la máquina como “Christopher”, su primer amor platónico), una especie de antídoto a la cárcel en la que vive cotidianamente, atormentado por el debate moral entre ser auténtico o realizarse intelectualmente. Tangencialmente también, entre el poder de decidir sobre los destinos de miles de vidas y la eficacia de los resultados de una obra que se asoma como soberbia.

La cinta se desarrolla a la usanza del arduo camino del héroe incomprendido, que lleva adelante y hasta la perdición, una empresa a todas luces imposible, tal como John Nash en “Una mente brillante”. De hecho, vaya similitud, la gran epifanía ocurre en un bar, cuando los protagonistas intentan abordar a una jovenzuela… Las actuaciones son convincentes: Benedict Cumberbatch (¿existe un rostro más peculiar?) destaca claramente por sobre el resto y Keira Knightley –no se engañe por la nominación– es Keira Knightley en cualquier película de época pero sin el escote prominente.

La dirección es sobria y eficiente. El montaje paralelo es sutil, con oficio, y saca lustre a un guión inteligente y emotivo, al que el espectador se somete desde el primer minuto, cuando Alan exige a quien lo interroga (¿nosotros?) no ser interrumpido.