FAR_IAEn la medida en que empieza a instalarse en la esfera pública la necesidad de un cambio constitucional, resulta necesario para quienes estamos interesados en que dicho cambio sea un paso para acabar con la herencia dictatorial, y no para consolidarla, fijar ciertos principios y prioridades en este debate.

Demás está decir que este debate tiene muchas aristas y es vital reconocerlas todas. Una primera discusión tiene que ver con el mecanismo para redactar una nueva constitución, ante lo cual, con razón, se ha argumentado que no da lo mismo cual se utilice, particularmente por las “trampas” que contiene el actual régimen. Desde aquí varios han concluído lo preferible que sería el camino de la asamblea constituyente como forma de gestar un nuevo régimen constitucional. Paralelamente, se han discutido las vías jurídicas e institucionales por las cuales se podría hacer una convocatoria a una asamblea constituyente, y que permitirían blindarla de quienes intenten deslegitimar este proceso por no estar explícitamente contemplado en nuestra actual Constitución. Tampoco corresponde restarle importancia a esta discusión.

Existe, sin embargo, un tercer tema que ha estado menos en el debate público y que resulta urgente abordarlo: ¿para qué queremos una nueva Constitución? Es cierto, una nueva Constitución por la vía de una asamblea constituyente debe convocar a la diversidad concepciones de mundo que conviven hoy en la sociedad chilena, y por tanto, habrá un sinnúmero de respuestas posibles para esta pregunta. Aún así, quienes vemos en este proceso la oportunidad de un avance democrático, no podemos evadirla.

Desde la Fundación Nodo XXI e Izquierda Autónoma creemos que el objetivo de una asamblea constituyente debe ser superar el modelo neoliberal. Esto, que algunos les parecerá una obviedad, nos atrevemos a afirmar que es la tarea más difícil que tenemos quienes estamos por la transformación social.

Contrario a lo que a uno le gustaría pensar, hoy es día es casi imposible no ser neoliberal. Es más fácil llegar a la luna, que dejar de ser neoliberal. Prácticamente cada una de nuestras interacciones, cada proceso que realizamos para reproducir nuestra vida, se resuelve en un medio neoliberal. Es casi imposible vivir, amar, trabajar, estudiar, sanarse o jubilar sin interactuar en una sociedad que valoriza todo bien y toda relación monetariamente, y que se orienta por el beneficio individual y la ganancia inmediata, por sobre cualquier otro interés. En Chile lo normal, lo razonable y lo natural es ser y pensar como neoliberal.

Esta realidad es fruto de la enorme revolución que llevó a cabo la dictadura y consolidó la Concertación. Se trata de un modelo de sociedad donde el interés exclusivo del Estado es aquel de los más grandes empresarios, y el poder político y democrático está constituido en función de atender a sus necesidades. Siendo que el interés del gran empresariado es aumentar su ganancia a la mayor brevedad posible, todas las instituciones del Chile actual tienen ese objetivo por delante de cualquier otra preocupación.

Afortunadamente, la supervivencia de cierto imaginario del periodo nacional popular chileno, sumado al malestar producto de la extrema mercantilización de la vida en el modelo neoliberal, y a la inagotable creatividad y rebeldía de los hijos del neoliberalismo criollo, han prendido una luz de esperanza en este sombrío panorama. Sin duda el caso más notable es lo que ha ocurrido en educación.

A principios de los noventa, estaba bien endeudarse por estudiar. Todos entendíamos que ir a la universidad servía para obtener un cartón, y ese cartón servía para obtener un mejor sueldo. Los que no podían pagar esta inversión, debían endeudarse, y corrían el riesgo si la inversión no rendía. La izquierda, atrapada en esta concepción, pedía igualdad de condiciones para acceder a un buen cartón: arancel diferenciado. Hablar de gratuitad universal no sólo no era razonable, era una locura. Fue el proceso de pérdida de legitimidad de los partidos de la transición, sumada a la experiencia cotidiana de miles de familias que les tocó vivir la estafa del “milagro educacional chileno”, y la testaruda movilización y lucha de los estudiantes y sus familias, entre 1997 y 2011, lo que permitió que finalmente la mayoría gritásemos en conjunto: ¡educación pública, gratuita y de calidad! Por primera vez fuimos más allá del modelo neoliberal.

Este pequeño gran paso muestra lo difícil que ha sido llegar hasta donde estamos, y lo mucho que nos falta por recorrer. Todavía no hemos logrado que se apruebe ni una sola ley que vaya contra la lógica del mercado en educación, menos una que vuelva a poner en el centro del sistema a la educación pública. En esto la Concertación ha remado decididamente en contra, apostando a confundir con su discurso, más que a construir claridades y acuerdos sustantivos en el debate público. Así las cosas, si hoy tuviéramos una asamblea constituyente, lo más probable es que ésta sería ciega a la mayoría de las formas en las cuales el modelo neoliberal se presenta como el único modelo de sociedad posible.

El proceso en educación muestra un camino por el cual es posible construir una mayoría social a favor de acabar con el modelo neoliberal. Proponemos los siguientes principios para orientarnos en esa dirección:

1. Es vital recuperar la racionalidad del debate público: regular el mercado no es lo mismo que desmercantilizar; no se puede ser de izquierda y neoliberal a la vez; pensar al mercado por sobre la democracia es contrario a la modernidad; para empezar. Debemos disputar todos los espacios de la esfera pública, y exigir a todos los actores que en ella participen un mínimo de racionalidad y coherencia en su discurso y acción. Este es un requisito indispensable para construir democracia, y la democracia es ineludible para pensar una sociedad no-neoliberal.

2. Es determinante construir una mayoría social y política que desee conscientemente superar el modelo actual. Para esto no sirven las consignas, ni los slogans, ni las campañas comunicacionales. Se necesitan procesos reales y colectivos de disputa con la realidad actual, que partan desde la experiencia concreta y cotidiana de la gente, y que desde ahí se conflictuen con los elementos más estructurales del sistema. Que la gente tenga una polera que diga “No al neoliberalismo”, pero no entienda desde su experiencia cotidiana por qué el mercado se contrapone con la democracia, no sirve.

3. Necesitamos con urgencia organizaciones políticas autónomas del interés del gran empresariado. Los movimientos sociales son indispensables, pero necesitamos, además, contar con organizaciones permanentes en la lucha política que hagan suya la lucha por la superación del neoliberalismo.

Recuperar soberanía sobre nuestras vidas es quizás el objetivo más ambicioso que podamos proponernos. Una asamblea constituyente debe ser la consolidación de este proceso, consagrando una sociedad donde la democracia siempre esté por encima de los intereses particulares. Cumplir este objetivo requiere construir una mayoría social que asuma como propia la tarea de trazar dichos límites, y no esté dispuesta a aceptar soluciones aparentes.