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¿A qué piso lo llevo?

Juan Fuentealba Luna (1954)

 

Llama la atención la tendencia a elaborar encuestas de prácticamente cualquier cosa. En el caso de la economía y la política, los expertos aseguran que este tipo de consultas y recuentos llevados a tablas y rankings son de valiosa ayuda, porque mide el pulso ciudadano, constata tendencias e influye en la toma de decisiones.

Pero también se ha caído en ejercicios inoficiosos. Basta hojear el diario o mirar por internet para toparse de manera sistemática con rankings que van desde buscar a la mujer más sexy del planeta, el villano más recordado del cine, las mejores playas del Caribe o el lugar más extravagante para tener un revolcón. De esta interminable lista, de vez en cuando reaparece la de la pega más fome. Allí llevan la delantera el boletero de peaje, el guardia de farmacia, la promotora de tarjetas de crédito, el lavador de platos de un restaurant, el auxiliar de bus y el ascensorista de edificio. Las respuestas estarían basadas en la percepción generalizada de que estas actividades están exentas de emoción y son bastante solitarias.

Juan Fuentealba piensa algo muy distinto al revisar las prioridades. Lleva cuatro décadas subiendo y bajando personas por los once pisos del edificio Comunidad Pacífico, ubicado en la intersección de las calles Huérfanos y Bandera, y le fascina lo que hace. En una serie de viajes a bordo de su “oficina móvil”, conversamos sobre el arte de apretar botones. “El chileno, desafortunadamente está lleno de prejuicios y etiquetas. Por eso me río de la visión despectiva que mucha gente tiene de nuestro oficio. Yo acá nunca me aburro y adoro este trabajo que es digno, limpio y además me permitió tener mi casa. Los años que llevo en el ascensor han sido los mejores de mi vida y no lo cambio por nada”, explica este hombre de sonrisa generosa, que heredó el oficio de su padre y que dice conocer por su nombre a cada uno de los quinientos propietarios del edificio.

 

-Como entró en el rubro?

—Por la situación económica de mi familia. Éramos siete hermanos y no pude seguir estudiando. Había que producir, llevar plata a la casa. Esa es la razón por la que llego a esta pega bien cabrito, a los 14 años, haciendo un reemplazo. Estuve así como tres años, hasta que hice los suficientes méritos para quedarme.

 

– Así fue creando lazos de confianza?

—Totalmente. Los usuarios dejan recados, encargan cosas.
A esta altura hay una relación de amistad con los propietarios. En un 70 por ciento quienes habitan las oficinas son abogados. Y vuelvo al tema de la confianza que usted mencionaba, porque este oficio cruza generaciones. Yo he visto desempeñarse al abuelo, al padre y ahora a los nietos. Por eso creo que me tienen cariño y también porque soy deferente y hago la pega con alegría. Los abogados más antiguos me asesoran sin costo en temas legales, incluso la óptica que está dentro del edificio no me cobra a mí ni a mi familia. “¿Cómo te voy a cobrar, si me traes clientes todo el tiempo?”, me dicen. ¡Viera en la Navidad como te tapan con regalos!

 

– ¿Quienes han pasado por su ascensor?

—Desde los abogados más destacados de la plaza hasta gente de renombre en la historia de Chile. Algunos han tenido sus oficinas acá. A vuelo de pájaro me acuerdo de Radomiro Tomic, Ricardo Lagos y Gladys Marín. Como había reuniones de la gente de izquierda en la oficina era frecuente ver por estos lados a Carlos Altamirano y al mismo Salvador Allende, a quien atendí siendo ya Presidente. Don Gabriel González Videla también pasó por mi ascensor.