Cuando se trata de discutir sobre la posibilidad de despenalizar el aborto, las mujeres estamos expuestas a una serie de aseveraciones y acusaciones sobre nuestros cuerpos; intenciones al margen del derecho, salud y subjetividad que son, desde todo punto de vista, un acto de violencia. Podríamos nombrar varias, pero quisiéramos hacer referencia a una que nos golpea recientemente: el inserto que han realizado médicos de Rancagua donde se afirma, a propósito de su campaña por la no despenalización del aborto, que “El hijo es parte de la solución de la mujer violada”.

Esta frase, no solo es desafortunada, sino que se enmarca dentro de una lógica muy cuestionable. No por nada nos evoca aquella ambigua leyenda “Arbeit macht frei” (el trabajo te libera) usada en los campos de exterminio Nazi que suponía un “cierto reparo para las víctimas de los asesinatos masivos” del régimen, pero también una “liberación” para aquellos que tenía como “faena” matar. Una frase paradojal y alienante, que reviste un gesto perverso. El gesto del acto violento que te invita a asumir el sufrimiento y la tortura como un medio para el logro de un bien (mal llamado) superior.

¿No es acaso una tortura, de aquellas innombrables, obligar a una mujer que ha sido violentada en lo más íntimo a gestar un embarazo no deseado, e incluso más, gestado en base al horror?

¿No es acaso una tortura, de aquellas innombrables, obligar a una mujer que ha sido violentada en lo más íntimo a gestar un embarazo no deseado, e incluso más, gestado en base al horror? ¿No es, en esa medida, una condena perversa que trata a la mujer como un objeto que debe cumplir los ideales, las obsesiones, creencias y fantasías de los otros, prescindiendo de su dolor y subjetividad?

Convengamos que obligar a la mujer a llevar un embarazo de esas características es un acto de violencia innombrable. Así como lo es hablar desde la certeza, para decir qué es lo mejor para una mujer en estas circunstancias.

¿Desde qué lugar los médicos de Rancagua que suscribieron esta declaración pueden asegurar que saben qué es lo mejor para todas las mujeres que cursan un embarazo no deseado, forzado, que han sido víctimas de una violación? Pareciera ser que los que sostienen esa frase no conocen de cerca la realidad de las niñas y mujeres que diariamente, y de manera naturalizada, son violentadas en el cuerpo y en sus vidas. Ante tamaña vulneración de derechos no hay una reparación igual para todas las mujeres. La sentencia “todas las mujeres, por igual” no existe. Cada subjetividad es diferente.

Sin duda para algunas mujeres llevar adelante un embarazo en estas condiciones puede ser reparador. Y sin duda pedimos todos los apoyos que ella necesite para acompañarla en ese proceso. Pero no podemos imponerlo a todas. La maternidad es de una complejidad infinita, justamente porque es un hecho subjetivo que trasciende lo biológico. Por ello, debemos levantar la voz para hacer respetar esa individualidad femenina que desaparece cuando se trata de una sociedad que no quiere renunciar a los mecanismos de control sobre el cuerpo de las mujeres.

Estos dispositivos cincunscritos en la moral, en una ética mal entendida y en religiones, son actos de extrema violencia contra las mujeres. Y debemos visibilizarlos como tales. Hacer de ellos un acto público vía declarativa, agrava los hechos al límite. Da pie a que se perpetue el maltrato y las agresiones, a que la violación de los derechos fundamentales de las mujeres sean subvaloradas e incluso permitidos porque para “otros” siempre habrá un bien superior a proteger.