Hace poco más de una semana, la declaración de un grupo de médicos y médicas de Rancagua sembraba el horror, insinuando que el daño de una violación se reparaba mediante la gestación forzada. Hoy, la intensidad del miedo y la brutalidad nuevamente se torna insoslayable.

El diputado de la República de Chile Pablo Lorenzini advierte con total impunidad e inmunidad que una mujer podrá argumentar violación tras “unos traguitos de más” para acceder a un aborto, según lo estipula el proyecto que regularía la interrupción del embarazo por tres causales.

Se pregunta por cómo entenderemos una violación y se preocupa por la mala utilización que las mujeres hagamos de esto. Porque podríamos haber estado bebidas, drogadas, tal vez “apenadas” y, en sus palabras, un hombre podría llevarla a hacer algo que no quiere. ¿Eso es violación? Se pregunta. Es violación, le respondemos: todo acto que fuerza a una mujer a hacer algo que no desea y que no ha consentido. Es violación toda vez que una mujer es vulnerada en su decisión y que ha sido abusada en su indefensión. Y nunca, jamás, es responsabilidad de la víctima.

Sus palabras banalizan la más descarnada de las violencias. Son particularmente graves en un país donde los derechos de las mujeres son des-conocidos, no-representados y carecen de respeto absoluto. Lorenzini es una autoridad de la República, un funcionario de Estado que – al igual que los agresores sexuales, que son delincuentes – justifican el abuso responsabilizando a las mujeres de lo sucedido.

Como Lorenzini, los delincuentes sexuales justifican sus crímenes en pulsiones irrefrenables provocadas por la mujer o niña, eludiendo su responsabilidad. Cosifican el cuerpo de las mujeres como un objeto o propiedad que se puede usar, des-usar o botar.

Como Lorenzini, los delincuentes sexuales justifican sus crímenes en pulsiones irrefrenables provocadas por la mujer o niña, eludiendo su responsabilidad. Cosifican el cuerpo de las mujeres como un objeto o propiedad que se puede usar, des-usar o botar. Limitan en la perversión cuando el abuso sexual se disculpa vía el amor incomprendido o no correspondido.

Le preguntamos al diputado, ¿ha pensado usted cómo han sido escuchadas sus graves declaraciones por aquellas mujeres y niñas que diariamente son abusadas y violadas en nuestro país? Le podemos decir que sus declaraciones son un acto que perpetúa un escenario de horror. Porque son muchas las mujeres que han sido violentadas y que han sido expuestas al descrédito, a la descalificación y a la invisibilización del acto al que usted alude.

El “algo habrá hecho” y por ende responsabilizar a la víctima por sobre el victimario tan presente en la memoria de este país, nunca ha estado más vivo que en el cuerpo y en la memoria de esas mujeres. Muchas veces son años de trabajo terapéutico para que ellas puedan primero asumir que no son culpables de ese acto deleznable sino más bien son víctimas inocentes y, segundo, para poder reconstruir ese cuerpo despojado y dañado. Y solo ahí, poder reconstruir su feminidad, su sexualidad y su vida futura.

Las palabras del diputado reproducen las dudas que una y otra vez enfrentan estas niñas y mujeres cuando se han atrevido a denunciar estos actos monstruosos. Porque no todas se atreven. Un gran número calla. Y muchas lo hacen justamente por las concepciones presentes en personas que sostienen los mismos argumentos a los que aduce Lorenzini.

Creemos que hemos llegado a un límite de violencia posible. No es posible que un debate sobre los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres sea escenario para la violencia impune hacia ellas. Creemos que es hora de denunciar como sociedad que nos están maltratando. Y es hora de decir, hombres y mujeres: basta ya.

No, diputado. Se necesita más que una disculpa para borrar sus palabras. Se necesitan actos de reparación. Esperamos que estos se presenten en el debate en el que participará y en el acto de aprobación de un proyecto de ley que es mínimo, pero que restituye en algo la dignidad de muchas mujeres violentadas en este país.