Marcha PRO abortoHabitualmente el debate en torno al aborto termina cercado por dos posiciones irreductibles: la posición pro-vida, que no es otra que la del orden heterosexual que bajo el señuelo del feto esconde los miedos de una clase masculina ante su potencial no existencia; y la posición pro-elección, en la que se presume la posibilidad de decisión de las mujeres para seguir adelante -o no- con un embarazo (queda aquí pendiente la discusión necesaria sobre el consentimiento en un orden patriarcal como el nuestro). Bajo un tono neutral ambas posiciones parecieran tomar partido por algo distinto del cuerpo de las mujeres, por algo distinto, sin duda, de su sexualidad.

Sin embargo, a pesar de la pretendida neutralidad del debate se está estableciendo, silentemente, una política sexual. Así lo hemos visto en la discusión suscitada a partir de la presentación del Proyecto de Ley que Regula la Despenalización de la Interrupción Voluntaria del Embarazo en Tres Causales. La sola presentación del proyecto para su legislación ha dado pie a amenazas de desobediencia y desacato a la ley (amparándose en la objeción de conciencia) como a violentos ataques verbales contra las mujeres por parte algún diputado de la República.

Denuncias, reclamos, violencia que no hacen sino volver explícito el modo en que la república masculina regula el cuerpo de las mujeres; describe la relación entre los sexos y define su ciudadanía. Cabe señalar, en primer lugar, que la regulación del cuerpo femenino en este contexto implica la separación del feto de su “contenedora”. Paradójicamente, en esta separación el feto adquiere estatuto de sujeto (jurídicamente, de persona) y las mujeres pierden libertad, derechos y autonomía. Esta posición describe a las mujeres desde la inmutabilidad de las cosas, quizás, como vasijas vacías a la espera de ser colmadas, tal vez bendecidas, por la “vida” que deben contener.

En segundo lugar, la descripción de la relación entre los sexos queda constreñida en un molde heterosexual y reproductivo, toda vez que la discusión sobre el aborto se enmarca en las retóricas de la maternidad forzada; aquí, el eje del debate está puesto en la violación y accesibilidad al cuerpo de las mujeres por parte de los varones. De esta segunda posición, se desprende el entendimiento del cuerpo de la mujer como extensión de la sexualidad masculina. El cuerpo-cosa femenino al servicio del placer masculino. De ahí que la discusión sobre el aborto derive en el problema del control de la reproducción; el miedo al aumento de la posibilidad del coito por parte de las mujeres; y, finalmente, en el libertinaje sexual (sin duda, esta es la política sexual a la que adscribe el diputado demócrata cristiano Pablo Lorenzini).

Por último, en la medida que el debate sobre la interrupción voluntaria del embarazo se enmarca, principalmente, en el drama de la violación, en la inviabilidad del feto o en la posibilidad de perder la vida por un embarazo riesgoso, la ciudadanía de las mujeres sigue estando vinculada a la cadena equivalencial derechos-victimización. De este concepto de ciudadanía diferenciada -de una ciudadanía de las mujeres que aún parece no haber alcanzado la mayoría de edad- dan cuenta las causales que el actual proyecto de ley establece para la interrupción del embarazo.

Pues, a pesar de intentar describirse desde la retórica de los derechos de las mujeres y de su voluntad de decisión, el actual proyecto de ley termina expropiando la voluntad de las mujeres, relegando la decisión final sobre la interrupción del embarazo al sistema médico y legal. No está demás indicar que ésta es la posición adoptada, generalmente, por los feminismos de la afirmación de las mujeres.

Pero, ¿dónde en este debate están las mujeres? ¿Dónde su cuerpo, dónde su sexualidad? Dónde están esas memorias de experiencias feministas como las del grupo italiano Rivolta Femminile que consideraba el aborto como “legítima defensa” frente a un orden social que agrede a las mujeres biológica, cultural y políticamente. El aborto, en sus palabras, es un acto subversivo, de suspensión de un orden de dominación patriarcal. Quizá reivindicando estas memorias, quizá exigiendo otras refiguraciones del debate en curso, seamos capaces de recuperar una voz ausente como la de las feministas de Rivolta Femminile. Una voz que sea capaz de devolverle al debate sobre el aborto su inscripción política y no seguritaria, de salubridad pública, como lo es hoy.

Pensando en ese mismo tono, en ese otro tono, deberíamos escuchar la protesta de las mujeres de la Librería de Milán que en el año 1975 deciden no apoyar las manifestaciones por la legalización del aborto en Italia, debido a que la “cuestión del aborto” se reducía a ser un remedio del “mal” de las mujeres olvidando sus políticas, goces y alegrías. Estas otras voces, estas otras prácticas y luchas feministas encuentran, sin duda, resonancias en otras prácticas y luchas feministas. Prácticas como las que narra la feminista queer argentina Mabel Bellucci en Historia de una desobediencia: aborto y feminismo (2014); o como las que en Chile han venido realizando el Colectivo Universitario de Disidencia Sexual (CUDS) bajo el lema “El derecho a no nacer”; o aquellas otras llevadas a cabo por activistas feministas en Línea Aborto. Otras memorias, otras prácticas para inventar el cuerpo de las mujeres. Otros argumentos no esperados, quizás políticamente ineficientes, pero necesarios para inventar otras políticas de (des)figuración posibles. Retóricas de signo feminista necesarias para interrumpir las figuraciones maternales del cuerpo de las mujeres.