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“La mano del tiempo descansó sobre la marca de la media hora, y a lo largo de toda la vieja línea del frente de los ingleses vino un silbido y un llanto. Los hombres de la primera oleada escalaron los parapetos, en tumulto y con la presencia de la muerte, y habiéndose hecho con todas las cosas agradables, avanzaron sobre la tierra de nadie para comenzar la Batalla del Somme”.
– John Masefield –

 

El año 1916 en el marco de la Primera Guerra mundial se enfrentaron el ejército Alemán y los ejércitos franceses e ingleses. La idea central de los ingleses era romper la línea de 40 kilómetros donde estaba atrincherado el ejército alemán. Entre las posiciones de los ejércitos alemanes e ingleses había un pedazo de tierra llamada “tierra de nadie”. Los alemanes esperaban atrincherados la carga del ejército inglés, el alambre de púas decoraba de forma agresiva un campo de batalla de entre 50 y 80 metros. En el lado inglés, la espera era tensa, el barro, los ácaros y el miedo formaban parte del uniforme de los soldados. Siempre he defendido la idea de que el fútbol es transversal a la mayoría de los sucesos en la vida e historia de la humanidad, en esta ocasión alguien pensó de la misma forma que yo.

Capitan Wilfred Percy NevillWilfred Percy Neville era oficial del ejército inglés e hincha del Everton. La madrugada del 1 de julio de 1916, cinco minutos antes de las 7:30 horas, sería el instante de la verdad para que 14 divisiones británicas, apoyadas por cinco divisiones francesas que se lanzarían al ataque. El oficial Neville se presentó voluntario para ser uno de los primeros en saltar al fuego alemán, trasladó a sus oficiales el deseo de avanzar hacia las trincheras alemanas como nunca se había hecho. Neville había comprado 4 balones de fútbol y les dijo a sus oficiales que los lanzarán a la “tierra de nadie” y que los soldados avanzarán tratando de marcar un gol en la línea de defensa alemana. Cinco minutos de la hora acordada, Neville, fue el primero de todos en saltar de las trincheras que lo protegía, y corriendo tras la pelota que el pateó al aire, encabezó el asalto contra las trincheras alemanas… también fue el primero en morir.

Me declaro seguidor de la Liga Premier de Inglaterra, más sabiendo la carga histórica que le dan los ingleses al balón de fútbol. Ver equipos que corrían todo el partido, metían la pierna fuerte y trataban de ganar batallas contra equipos superiores. Ver convertirse en caudillos y ejemplo de garra, lucha y entrega como lo hizo el oficial Neville, como lo es Rooney, Gerrard y lo fueron Sheringham o Shearer.

Está misma realidad enfrentan día a día los sujetos que buscan un cambio de la “realidad” en nuestro país. Llamados por Alain Touraine “Nuevos Movimientos Sociales”, buscan modificar a través de pequeñas batallas un ejemplo: la que están dando los trabajadores de la futura línea 3 del metro, los colectivos que buscan una Asamblea constituyente y los estudiantes que buscan educación gratis y de calidad. Todos ellos se enfrentan contra el sistema vetusto que hoy nos gobierna. Y lo hacen de contragolpe.

Claramente la habilidad con los pies no era la característica de la mayoría de los equipos de la Premier. En las luchas sociales muchas veces la organización no es pulcra, las voces se multiplican y los discursos son rudimentarios, pero el contenido, emoción y convencimiento se superponen a lo rústico. En el fútbol es lo mismo, muchas veces las ganas pueden más que la habilidad o táctica.

Las pequeñas exhalaciones reivindicativas de derechos olvidados, al igual que el oficial Neville, se lanzan contra los puestos bien defendidos de las instituciones y grupos hegemónicos, pero lo hacen con tal convicción que algún día podrán quebrar la línea. Algún día, manteniéndose firme en sus convicciones lograrán meterle un gol a este sistema basado en la desigualdad.

Y, por último, el fútbol y el oficial Neville, nos entregan una actitud de vida, una idea: enfrentar la adversidad en nuestro trabajo, transporte público, etc. No claudicar por más imposible que sea la lucha social, por más duro que sea llegar a fin de mes o por más difícil que sea modificar la realidad.