2A los ojos de una turista chilena, Cuba sigue luciendo tan enigmática y heroica como debió haberse visto hace más de cinco décadas. La larga hazaña que algunos despertaron un 26 de julio tiene hoy su eco en la propaganda callejera, en las calles y casas, en el discurso de los cubanos -que contempla también aquello que no dicen- y en la raíz de sus diferencias.

Los años no han pasado en vano. La resistencia de la revolución cubana atrae a cientos de turistas de los países más capitalistas del mundo. Hasta La Habana y Varadero llegan a curiosear sobre las mañas de Fidel Castro, lucen sombreros con símbolos revolucionarios como un souvenir, intentan moverse infructuosamente al ritmo de la salsa y bañan sus cuerpos en el agua turquesa del mar caribe.

Alrededor de ellos, casi omitidos por la fantasía lujosa del turismo cubano, la realidad sucede. En Matanzas, Cienfuegos, Santa Clara, Trinidad, Holguín, Santiago de Cuba y otras ciudades menos atractivas para las clásicas parejas de viajeros gringos o europeos jubilados, los cubanos luchan, inventan, buscan la forma de lidiar con una vida que, como no se cansan de recordar, no es fácil.

En la mayoría de las calles de Cuba, las vitrinas de las tiendas y almacenes apenas lucen uno que otro artefacto tecnológico de extrañas marcas. En las cafeterías, la tortilla natural y las pizzas en moneda nacional salvan el apetito de jóvenes, viejos y turistas con presupuesto limitado. A kilómetros de distancia, el recuerdo de las interminables oportunidades de endeudamiento del mercado chileno y la invasiva publicidad sobre los más innecesarios productos parece ridículo, casi extraterrestre. En lugar de publicidad, la propaganda se alza firme y clara con miles de homenajes a Martí, el Che, Camilo, Celia y tantos otros constantemente celebrados por el Estado y el pueblo. No hay rincón donde el argentino no se haga presente.

“Cuba es para ustedes, no para nosotros”, nos comentaron un par de veces y nos sentimos tristes y avergonzados. Como parte de sus contradicciones, sin embargo, en las noches no hay puerta de una casa que no esté abierta, con un par de asientos en la calle, invitando a conversar, reír o escuchar los últimos hits de Romeo Santos, Marc Anthony, una de salsa o la última sensación del reaggetón. En la isla, ningún bloqueo ha podido aún hacer escasear la alegría. Necia y altanera, la risa del pueblo cubano es hoy una de las armas indispensables de la revolución. Sobre lo demás, veremos qué dice la historia.

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