En febrero, la zona central de Chile carece de grandes festividades y carnavales que le den un toque de alegría a su verano. Para eso, y para mucho más, existe el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, un extraño y recargado espectáculo que -al menos durante la última década- gira en torno a la elección de una reina de belleza, los romances y los inventos de la farándula criolla al respecto.

Los nuevos tiempos han sumado al vilipendiado festival una serie de adornos para aumentar su decadencia: alfombras rojas, silicona al por mayor, fiestas de famosos y una mediática carrera por la corona del evento, que hace retumbar a máximo volumen el eco del discurso machista y baja a la última categoría de interés la importancia de la música en el evento.

Pero, ya que no tenemos carnaval brasileño ni murga uruguaya para divertirnos, el festival sigue y seguirá. “Y debe ser porque este país, más blancucho y menos zandunguero, eligió la competencia comercial de la música para alegrar formalmente su descolorido verano”, escribió Pedro Lemebel en una de sus crónicas.

El festival siguió, incluso, durante aquellos años en que miles de chilenos y chilenas terminaron siendo torturados, violados, asesinados y desaparecidos en manos de la dictadura militar. Y no sólo siguió, sino que se acomodó a los tiempos de la tiranía, impulsando a sus escasos músicos y censurando canciones, covers y artistas de su escenario.

Foto: www.quintavergara.cl

La dictadura irrumpe en la Quinta Vergara

Los Huasos Quincheros, Patricia Maldonado, Miguel Zabaleta, Gloria Simonetti y otros nombres fueron las estrellas del momento, tras la irrupción de los militares en el poder. Hasta antes del golpe, el festival daba cuenta del buen momento de la música nacional con las figuras de la Nueva Canción Chilena.

Durante los ’70, tiempos de internacionalización y masificación del evento, la Quinta Vergara se sacudía al ritmo de la tensión política. En 1971, representantes de la Unión Soviética fueron aplaudidos por su apoyo a la UP. Al año siguiente, sin embargo, Miriam Makeba, sudafricana, fue abucheada por el público derechista tras haber dedicado su tema “Pata pata” al presidente Allende.

En tanto, durante la edición de 1973, el Festival enfrentó a Quilapayún y Los Huasos Quincheros en la competición folclórica. Tras la polémica, que simbolizaba el estado de polarización del país, hasta 1980, dicha competencia fue suspendida por los militares.

Durante ese mismo año, sin embargo, el festival comenzó a ser transmitido internacionalmente. Para Pinochet, el evento era de gran utilidad a la hora de mostrar una buena imagen del país al resto del mundo y por ello no ausentaba de sus ediciones ni se mantenía al margen de su organización. En 1980, la junta invertiría una alta suma de dinero en las presentaciones de iconos de la música latina de ese momento, como Miguel Bosé, Julio Iglesias y Camilo Sesto.

La música folclórica, peligrosa para los militares por su cercanía a los sectores de izquierda, comienza a ser silenciada por la dictadura en desmedro de dichos “grandes artistas”, que por esos años llevaban al público a su máxima emoción. En general, la música no era un tema que generara demasiado interés entre las nuevas autoridades impuestas y la creatividad artística de los tiempos de la Unidad Popular ya había sido silenciada a punta de balas, exilio y censura.

Durante los años que siguieron, la Quinta Vergara se transformó en el escenario ideal para los artistas legitimados por el Acto de Chacarillas, donde 77 famosos consolidaron su apoyo al dictador, además de otras figuras cercanas a la derecha. Entre ellos, figuras como José Alfredo Fuentes, Andrea Tessa,  Juan Antonio Labra y Roberto Viking Valdés. Casi como una plataforma estelar de propaganda, la dictadura se apropia del Festival y lo controla a su antojo.

Aplausos para el dictador

Además de los artistas, una abultada lista de comunicadores, directores y productores simpatizantes del régimen comienza a desplegarse. En medio de diversas masacres y operaciones de tortura y muerte, el evento acalla el genocidio e impone a sus nuevos rostros, de la mano de símbolos del pinochetismo, como Raquel Argandoña y su eterno animador: Antonio Vodanovic, quien hasta solicitó aplausos de la Quinta para el dictador y su esposa.

Durante el 74, Pinochet y su comitiva ingresaron al recinto en medio de aplausos. ¿Quién se iba a atrever a abuchearlo en ese momento?, se preguntaron algunos, y menos en Viña del Mar. Fue en ese evento cuando la cantante española Mari Trini le tiró una rosa blanca al dictador y cuando el cómico Bigote Arrocet, aprovechando la reciente muerte de Nino Bravo, interpretó la canción “Libre”, convirtiéndola en el paradójico himno de la dictadura.

Por esos mismos años, los humoristas afines al régimen intentaban hacer lo suyo en el escenario. Checho Hirane, sin embargo, tuvo un estruendoso fracaso que terminó por impulsarlo a instalar una cama elástica y saltar en ella para hacer reír al público, sin grandes resultados. Algo parecido ocurrió con Ronco Retes, el imitador oficial del dictador y de todo el gusto de los militares.

En el 86, la conocida intérprete española Paloma San Basilio sufrió la censura cuando se le prohibió cantar “Volver a los 17”, de la artista chilena Violeta Parra. Durante su última visita a Chile, la cantante revivió la polémica al señalar: “nadie me va a decir lo que tengo que cantar”, antes de su interpretación.

Durante el 88, en tanto, la banda norteamericana Mr. Mister sorprendió a todos cuando, su vocalista Richard Page, saludó a los artistas chilenos amenazados. “Un saludo a todos ustedes… Y un saludo a los artistas chilenos amenazados de muerte. Los artistas del mundo estamos con ellos”, leyó, dejando en shock a Vodanovic y provocando la interrupción de las transmisiones. Al regreso, el vocalista, por voluntad u obligación, fue invitado por el animad0r a pedir disculpas.

Checho Hirane en el Festival de Viña 1984

Los roles del festival

Con el paso de los años, muchos de los artistas que subieron al escenario de la Quinta Vergara en sus días más oscuros, lo han olvidado. Otros, como el grupo chileno Illapu, han declarado públicamente que el Festival de Viña del Mar jugó un “vergonzoso” papel durante el régimen.

El Festival cumplió unos roles muy vergonzosos para el pueblo chileno, durante la dictadura de Pinochet. Nosotros sí somos críticos de ese espacio, pero también reconocemos que es una gran ventana para la música”, declaró Roberto Márquez, líder del grupo. Y agregó: “Pero creo que está muy mal aprovechado”.

A su forma, el escenario de la Quinta Vergara parece cargar, todavía, con una fuerte herencia de la dictadura. Pese al paso de los años, dicho espectáculo sigue pareciendo un intento de los medios y autoridades por desconocer el presente chileno y sus convulsiones, así como aún no se convierte en un espacio de difusión y proyección de la música chilena.

La fórmula mediática que se activa, cada febrero, al ritmo del show festivalero, vuelve a mostrar los mismos discursos idiotizantes de la televisión de todos los días, que parecen tener por objetivo desinformar y divertir -a costa de la visión de entretenimiento del mercado-, muy por encima de su rol de difusor cultural. De la propaganda dictatorial a la exaltación de las marcas, el mercado y sus figuras, un paso.