binominal alegresFueron 25 años los que Chile, como país supuestamente democrático, se demoró en terminar con una de las principales trabas políticas que dejó la dictadura de Pinochet. Dos décadas y media para acabar con la tesis de que un sector con un tercio del apoyo electoral tenía derecho a la mitad del poder parlamentario. Porque eso era el binominal, un monstruo que torcía la voluntad soberana porque en algún momento la fuerza fue más fuerte que la razón.  Por lo demás, así está inscrito en nuestro escudo nacional.

Los aguafiestas del paso dado intentan convencernos de que lo logrado es un trozo de hielo en la escarcha, diría Chayanne. Un pelo de la cola, sería la frase de un patagón. Que existen muchos espacios fuera de la esfera parlamentaria y que ese cambio no incidirá mayormente en nuestra vida cotidiana.

Nada más alejado de la realidad.

El Senado participa en la designación de los ministros de la Corte Suprema, los miembros del directorio de TVN, los consejeros del Banco Central, el Fiscal Nacional y los miembros del Tribunal Constitucional. Y de paso entrega la ciudadanía por gracia a extranjeros ilustres. Y la Cámara debe fiscalizar al Ejecutivo, aprobar o rechazar tratados internacionales y pronunciarse, cuando corresponda, sobre los Estados de excepción constitucional.

Y, más aún, los diputados y senadores son fundamentales para la elección de los alcaldes, concejales, consejeros regionales de los territorios, ya que con su dieta y tribuna son buen árbol al cual arrimarse si se quiere ser parte de la fauna política local.

Por eso, terminar con el binominal fue un gran avance para la democracia.

El problema es que el premio vino con sorpresa. Como un caballo de Troya, los mismos de siempre conquistaron a un pueblo a estas alturas demasiado acostumbrado a que le pasen gato por liebre.

Porque así como se terminó con el binominal, se realizaron ciertos cambios que más que airear el sistema político lo enrarecen mucho más.  En concreto, le metieron al país y a los ciudadanos un gol de media cancha aprovechándose de las esperanzas de todo un pueblo. Y eso, no hay otro nombre para calificarlo, es lisa y llanamente una chanchada.

Ejemplos (entre inclusiones y omisiones) que confirman lo dicho hay muchos.

Se prioriza el financiamiento para los partidos políticos con representación parlamentaria. Los independientes no pueden formar alianzas, aunque sí con partidos constituidos. Se permite formar listas con un número más de candidatos a los cupos a elegir. No se limitó la reelección eterna ni tampoco se dejó a firme la obligación de residencia efectiva para quienes postulan en los distintos territorios.

De esta forma, una muy buena y necesaria iniciativa se convierte en el medio para empoderar aún más a los que ya cuentan con el poder.  A quienes, cuando son del pacto oficialista, en las regiones ponen y sacan funcionarios, construyendo todo su piso político para la reelección, con cargo a la función pública y a fondos que son de todos los ciudadanos.  Es este un modelo clientelar que se basa, lamentablemente, en la entrega y el cobro de favores, y la satisfacción por parte de congresistas de necesidades básicas que el Estado debiera garantizar. En el fondo, se aprovechan de esos vacíos e ilegitimidades que la ley permite, donde algunos incluso tienen la desfachatez de afirmar que la gente sabe por quien vota, que no es tonta y por lo cual poco menos que da lo mismo el sistema electoral.

Si existen diputados creyentes, esta inmoralidad que pervierte la democracia por lo menos debiera generarles alguna inquietud.  Y para quienes no lo son y solo responden ante sí mismos, algún día debieran confrontarse con su propia conciencia.

Hoy no es posible responsabilizar de esto solo a los enclaves de la dictadura. Porque la  Nueva Mayoría, en la cual -por lo que hemos sabido y visto últimamente- aún pervive una parte de la vieja Concertación, muy bien que aprendió estrategias para acallar el discurso disidente. Crítico. Divergente. La división, la cooptación, el silenciamiento son parte de las técnicas que sabemos están allí y que tenemos que aprender a identificar. Y esto ocurre a pesar de los avances que han ocurrido en materia de cambios profundos en nuestra sociedad.

Al final, lo que lamentablemente hemos visto es que se está alimentando, una vez más, un círculo vicioso y maquiavélico. La pregunta es, ¿quién lo para?, ¿de quién es la responsabilidad de que siga ocurriendo esto una y otra vez? ¿De los incumbentes, es decir, de los propios parlamentarios? ¿Del Estado? ¿Del gobierno de turno? Todos los anteriores, pero de uno en particular. Es la ciudadanía, nosotros, quienes debemos detener el avance de esta cuchufleta, en especial de aquella que permite el financiamiento sólo a los partidos que tengan parlamentarios entre sus filas.

¿Y  cuál es el mecanismo? Usar todos los espacios. Opinando, enviando cartas al director, correos electrónicos, discutiendo en las casas, en las redes sociales. Y, a partir de ello, obligar al cambio de la ley, para que sea de verdad un beneficio para el país y no solo para algunos. Permitiendo así el necesario tiraje a la chimenea política, que está bloqueando el surgimiento de tantos liderazgos que se ven día a día entre nuestros jóvenes y ciudadanos.

Porque los cambios parten por pensarlos. El resto depende de nuestra voluntad.