UEste martes 17 de febrero la “U” debutó en la Libertadores 2015 con una derrota que profundiza su mal momento futbolístico. Pero la crisis también golpea a lo institucional: la administración amenaza al público con castigos buscando domesticar su comportamiento y pidiendo que no hayan hechos de violencia ni fuegos artificiales. No obstante, parte del público no solamente se niega a seguir estas prerrogativas, sino que deja en ridículo a la concesionaria burlando todos los mecanismos de control, y lo que es más: sin producir ningún acto de real violencia. Desde el mismísimo plantel azul surge la interrogante: Johnny Herrera, referente indiscutido, afirma “no entiendo lo que buscan”, mientras Gustavo Lorenzetti dice “no entiendo a ese grupo de hinchas”, y lo mismo manifiesta Carlos Heller, el presidente de Azul Azul. Ni los jugadores ni los dirigentes azules comprenden estas manifestaciones, las autoridades son burladas por ellas, la concesionaria falla en su intento de dominio a través del miedo. Al parecer, nadie da en el clavo.

Hace ya varias semanas que se vienen encendiendo bengalas en la galería donde la hinchada azul alienta al equipo, principalmente cuando éste juega de local, aunque también ha sido el caso fuera de Santiago y fuera de Chile. Dicha situación está condenada por la Conmebol y los clubes son los llamados a hacerse responsables, por lo que son ellos sobre quienes recae la sanción (que quede claro, por “clubes” se entiende aquí “las administraciones de los equipos de fútbol”, puesto que son ellas quienes están afiliadas al organismo rector del fútbol profesional sudamericano). Así, Azul Azul está entre la espada y la pared, porque ese reglamento no lo hizo la Sociedad Anónima, pero sí adscribe a él al estar afiliada a la ANFP y a la Conmebol, con lo que es responsable del comportamiento de los hinchas en el estadio.

asamblea hinchas azulesAdemás, el del martes era un escenario particular, porque en el plano local las bengalas, si bien han sido repudiadas públicamente, no siempre han acarreado mayores castigos de la ANFP, lo que contrasta con la situación continental, donde ya se han sancionado a algunos clubes, dentro de los cuales se cuenta a la misma “U” con dos partidos sin público visitante en Copa Libertadores (a pesar de que Internacional de Porto Alegre anuncia las entradas a la venta para el público visitante para el duelo del jueves 26 de febrero). Así, la Conmebol habría advertido a Azul Azul: una sola bengala en el partido del martes implicaría una sanción de varios partidos con público reducido o sin público de local. Y es que el tema está en el limbo, porque la estrategia de las concesionarias y de las autoridades está fallando ampliamente: las bengalas siguen apareciendo y son muchos quienes no entran en la lógica de la campaña del terror con la que se busca lograr un cambio de comportamiento.

¿Por qué “campaña del terror”? Simplemente basta analizar la propaganda que ha hecho Azul Azul, cuyo eslogan para este encuentro fue «No pongas en riesgo a la “U”», y cuyo contenido fue recordar los castigos sufridos por otros clubes del continente. Recordemos que la prohibición del artificio, de los bombos y lienzos, está escudada en la lucha contra la “violencia”, no obstante aquí la lógica imperante no es la de evitar la violencia, ni la de atraer a la familia al estadio. El objetivo específico de esta propaganda es amenazar a los hinchas con lo que más quieren: la “U”. Así, Azul Azul no se hace cargo del problema, sino que traspasa la responsabilidad, pero no a quien prende una bengala, pues le endosa a la comunidad completa de hinchas de la “U”. No solamente le pasan la pelota al público, sino que le refuerzan la amenaza con un castigo particular de la concesionaria (que no viene ni de la ANFP, ni de la Conmebol, ni del Estado): “el Club se verá en la obligación de evaluar la suspensión de la venta de boletos para los partidos de la competencia local y de Copa Libertadores”. Es decir, lo único que pretende hacer Azul Azul para que no haya hechos azulesde violencia es castigar a los hinchas, y no solo a quienes enciendan una bengala, sino que a todos por igual. Cuando mucho hace una distinción: establece que los “malos” hinchas son quienes compran entradas, y los “buenos” hinchas son quienes se abonan a la administradora del espectáculo. Así, por ejemplo, una familia que vive en Punta Arenas y que está de vacaciones en Santiago y quiere ver jugar a la “U” una vez al año es sancionada por Azul Azul para evitar más bengalas. Entonces, ¿el objetivo es controlar las bengalas, o es establecer una relación de hincha deseado con hincha abonado, versus hincha no deseado con hincha que compra entrada? ¿Es una estrategia contra la violencia o es una estrategia comercial?

Cabe señalar también que las reacciones que provocan los elementos prohibidos en la hinchada son heterogéneas, según pudimos apreciar en el Nacional. Y es que el martes se encendió una quincena de bengalas, hubo varias bombas de ruido y, por si fuera poco, hubo un bombo, después de una larguísima ausencia, que orquestó el canto de una multitud. ¿Las reacciones ante estos elementos? Bueno, el bombo unió las voces de decenas de miles durante gran parte del partido y no se vio a nadie reclamar por su presencia, que generó más bien sorpresa y mucha adhesión. Ante las bombas de ruido, no hubo particular manifestación. Y ante las bengalas encendidas todas al mismo tiempo, pasada la mitad del segundo tiempo, se escucharon hinchas reclamando airados, sobre todo en ambas tribunas, pero también se vieron cientos de celulares grabando el momento, y miles de hinchas saltando y cantando con fuerza, lo que finalmente eclipsó las manifestaciones en contra. Es decir: no hay una voz única ante esta situación.

Las teorías que esgrimen algunos periodistas son bastante risibles. Pretenden hacer creer a la opinión pública que la razón detrás de todo esto no es la lucha por una expresión cultural ni mucho menos, sino que es interés por dinero y por recuperar beneficios directos desde la dirigencia.

Las teorías que esgrimen algunos periodistas son bastante risibles. Pretenden hacer creer a la opinión pública que la razón detrás de todo esto no es la lucha por una expresión cultural ni mucho menos, sino que es interés por dinero y por recuperar beneficios directos desde la dirigencia. Bueno, si ese fuera el objetivo de quienes prenden bengalas, creo que están lejos de conseguirlo: dudo que la concesionaria esté muy contenta con su comportamiento. No, no se trata de eso.

Ahora, hay algo que no puede quedar sin un comentario: ¿se puede decir que realmente hubo violencia en el Nacional el martes? ¿Es la presencia del bombo un elemento más violento que el carro lanza-aguas que se vio atacando a la hinchada azul en Talcahuano? ¿Es más violento ver algunas bengalas encendidas que el toqueteo de genitales que debemos soportar los hinchas al entrar al estadio? ¿Alguien se sintió verdaderamente violentado por el bombo? Y quitando las amenazas de sanciones desde la Conmebol y Azul Azul, ¿alguien se sentiría violentado por las bengalas?

Nuevamente el periodismo deportivo de algunos medios, buscando alguna excusa, algún agravante, alguna arista para tildar de violencia lo ocurrido, cita la presencia de cinco hinchas encapuchados al borde de la galería sur. Si bien es un acto con trasfondo, esos jóvenes encapuchados me preocupan menos que un funcionario de fuerzas especiales de carabineros con ojos enajenados repartiendo lumazos a las personas, pero claro, eso parece no constituir violencia a ojos de las opiniones oficiales.

LDAAzul Azul dice que “los mecanismos de revisión para entrar al estadio son exhaustivos y responden ampliamente a los requerimientos que exige la ley y la autoridad correspondiente”, y claro, a los hinchas se los toca, se los amedrenta, se los humilla para poder entrar al estadio, pero el resultado es que entra un bombo. ¡Un bombo! En mis calzoncillos no cabe un bombo, y sin embargo fueron a buscar algo ahí. Entonces, nos violentan a todos para evitar acciones de algunos, que ni siquiera generan violencia a los ojos de los espectadores. Nos castigan a todos por acciones que ni siquiera son rechazadas por todos quienes van al estadio ni por una mayoría evidente; y quienes lo rechazan, no sabemos si lo hacen por el terror a los castigos o porque sinceramente creen que una bengala es violenta. Entonces, o bien el objetivo de acabar con la violencia y abrir el espacio de los estadios a la familia es una vil mentira para escudar otros fines, o las autoridades están completamente extraviadas en su modus operandi.

Pero yendo más lejos, obviemos por un momento lo dudosamente violentos que son los bombos o las bengalas. Ataquemos la siguiente pregunta: ¿por qué a una gran masa de público parece no bastarle la amenaza de un castigo para someterse al reglamento? ¿Por qué existe la reticencia a obedecer las consignas de las autoridades, y sobre todo, de Azul Azul? La respuesta no es simple, pero me aventuro en una lectura de la situación. Como ya se dijo, el castigo de la Conmebol es hacia los clubes, que en la práctica en Chile son las sociedades anónimas que los administran. Y recordemos también que dichas administraciones traspasan la responsabilidad y los castigos a los hinchas. La responsabilidad es la clave: al final de la cadena, los hinchas no se hacen responsables de la situación y siguen, convencidos, con sus prácticas, con su fiesta. ¿Y por qué no se hacen responsables?

U-ÑublenseHagamos una analogía. Imaginemos por un momento que el Estado de Chile es administrado por un grupo de personas que no fueron elegidas para estar ahí, sino que fueron quienes pusieron más dinero sobre la mesa, es decir más poder (como puede ser el del poder armado en la política). Algo así como la dictadura de Pinochet. Imaginemos por un momento que la administración del país suscribe un tratado internacional que prohíbe la celebración de las Fiestas Patrias, por cuanto durante su desarrollo un número importante de gente pierda la vida en accidentes de tránsito. Sanciona la cueca, los volantines, prohíbe las fondas porque se producen ahí actos de violencia, como riñas. Prohíbe además bailar, tomar vino y comer empanadas porque hacen parte de dicho escenario y generan una organización en su entorno. Además de dichas prohibiciones que pueden venir por un tratado internacional, el mismo gobierno que nadie eligió responsabiliza a las y los ciudadanos por atreverse a hacer fondas, bailar cueca y preparar empanadas. ¿Usted cree, sinceramente, que la gente aceptaría dejar de tomar vino porque es violento? ¿Usted cree que alguien sentiría responsabilidad si se sancionara a todo el país por bailar una cueca? ¿Alguien sería parte de estas sanciones y sentiría la urgencia ética de suscribir a dichas prohibiciones? Difícilmente, ¿no es cierto?
Bueno, acá ocurre algo bastante similar. Los gobiernos (administración Piñera y ahora administración Bachelet) ponen en práctica el Plan Estadio Seguro para combatir la violencia en los estadios, pero en vez de combatir la violencia, la ejercen a través de la represión (Fuerzas Especiales, guanacos, lumazos, caballazos, bombas lacrimógenas, etc.) y la opresión (toqueteos, trato denigrante y amenazas), sin siquiera preguntarle a los hinchas qué es lo que consideran violento en los estadios. Las sociedades anónimas como Azul Azul, que vinieron a ocupar un espacio de organización sin fines de lucro y de estructura democrática y participativa con décadas de tradición –los antiguos Clubes–, compuestas por dirigentes que nadie eligió sino que llegaron por tener más dinero que el resto, buscan ahora la complicidad de hinchas que no tienen ningún vínculo con ellas, hinchas que han sido dejados sistemáticamente fuera de toda participación y opinión, y a quienes además castigan con el exilio de las canchas por cualquier acto real o inventado (casos de derecho de admisión basados en montajes y absueltos tras luchas judiciales).

¿Era previsible el rotundo fracaso? ¿Era esperable que los hinchas del fútbol aceptaran y aceptaran una y otra vez las medidas venidas de arriba, que les niegan sus formas de expresión tradicionales como es, por ejemplo, tocar el bombo? ¿Alguien podía apostar a que una administración sin ninguna relación con las bases del Club –su gente– pudiera obtener responsabilidad y compromiso de los hinchas? ¿Es compatible la Universidad de Chile con un ente privado, codicioso y anti-democrático? En una sociedad que promueve la democracia como un valor supremo, suena poco convincente que la ANFP, hoy una asociación de empresas, y la mismísima Conmebol vayan a tener alguna autoridad moral en el público histórico del fútbol. La tensión entre las cúpulas de poder y las masas no puede desaparecer a punta de castigos, amenazas y represión.

Nadie quiere que vuelvan las deficientes administraciones que pudo haber en el pasado, ni tampoco queremos ver violencia en los estadios. Todos queremos que la familia (la que nunca se fue de los estadios, aunque sea siempre olvidada en los discursos oficialistas, tanto como la que no está acudiendo a ellos) vaya tranquila a ver fútbol, todos queremos ver a nuestros clubes llegar a la gloria deportiva. Pero ¿a qué costo? ¿Remplazando a los hinchas de siempre por otra gente, como se hizo con la selección chilena? ¿Pidiéndole a los hinchas que renuncien a participar de sus clubes y que dejen de lado su cantar, su saltar, sus banderas e instrumentos musicales para limitarse a ir a ver sentados el partido del domingo? ¿Exigiéndole a los hinchas que dejen de ser quienes son y se transformen en otra cosa? ¿Se logrará alguna vez la responsabilidad sin la participación? ¿Se puede cambiar la realidad de un barrio sin trabajar con sus habitantes? ¿Se hará un trabajo digno sin hacer un diagnóstico acertado previamente, o podemos creer que basta con copiar modelos importados de otras sociedades obviando los problemas que han conllevado? ¿Es esperable que nadie patalee? Claro, se puede apostar por el genocidio para remplazar a los Mapuche por inmigrantes alemanes, como ya eligió una vez el Estado, pero… ¿queremos eso?