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Escoger una de las casi cien corbatas que hay en su clóset para que combine con el terno es una preocupación diaria de Guillermo Torres Sandoval (1943), un hombre de hábitos formados. Por aspecto, frente al espejo, calificaría perfectamente para un empleo de escritorio, papeleos, informes, reuniones de equipo y almuerzos con clientes. Pero nada más alejado de eso. Apenas este personaje canoso, de entradas pronunciadas y sonrisa vivaz aterriza en su “oficina”, tras retirar un grueso candado y levantar la cortina de fierro, la estampa de ejecutivo bancario desaparece y la metamorfosis da lugar a un zapatero de cotona que, durante nueve horas, se impregnará las manos con fuertes olores a gomas, betunes y pegamentos que utiliza para devolverle la vida hasta más averiado de los calzados. Entonces, la ropa formal quedará muy bien colgada en un perchero hasta que concluya la jornada. “La presentación personal dignifica mi oficio. Pretendo darle categoría a lo que hago y por eso ando un chiche”, apunta convencido.

A la entrada de su local, un viejo neón con la leyenda “Reparadora de calzado” invita a pasar. A metros del letrero, un imponente gabinete de madera con un universo de zapatos distribuidos en los cuarenta casilleros del mueble indica qué “pacientes” necesitan cirugía mayor y cuáles están listos para regresar, flamantes, a sus dueños. El estado en que llegan los calzados le permite distinguir al carácter del cliente, pues un zapato demasiado maltrecho, según Torres, refleja una persona descuidada. “Pienso que se quiere poco. El zapato es parte de la presencia, es una carta de presentación”, advierte este hombre casado, padre de dos hijas.

Como un tesoro mayor de las vivencias en su local de Dardignac, Torres repasa la forma cómo llegó a convencer a Pablo Neruda para que fuese su cliente. “Como don Pablo vivía acá cerca, en La Chascona, transitaba mucho por la calle Pío Nono, porque le encantaba ir al restaurante Venezia. Un día, él venía de poncho con un amigo y lo atajé de puro patudo. ‘Tanto gusto, don Pablo, varias veces estuve a punto de saludarlo y era para comentarle que tengo una reparadora de calzado, por si se le ofrece algo’, le dije. Me sonrió y me respondió: ‘Qué bueno, muchacho’, con su característico sonsonete”, evoca.

A la semana siguiente, Neruda apareció por su local, pero la que posteriormente mantuvo el contacto fue la mujer del poeta, Matilde Urrutia, quien lucía elegantes modelos italianos, franceses y españoles. En el caso del poeta, Neruda calzaba 43 y usaba el tradicional zapato Guante con cordones. Torres generó confianza en la pareja y varias veces tomó onces en su casa cuando iba a dejar un trabajo terminado. En La Chascona, hoy la sede de la fundación del Premio Nobel, subsisten como piezas de colección algunos zapatos que Torres había reparado. Como recuerdo personal, le quedaron dos pares de zapatos que por alguna razón Matilde Urrutia jamás retiró.

Pero la lista de clientes famosos es amplia. Como el pintor Camilo Mori, a quien conoció en sus últimos años y que le llevaba a reparar sus zapatos con cordones; los integrantes del grupo Los Jaivas, que traían sus chalas en verano, los botines en invierno y que “siempre tenían al Gato Alquinta como vocero”; el escritor Wilfredo Mayorga, el cómico Alejandro Lira, la actriz Peggy Cordero y buena parte de las compañías de teatro que existen en el barrio.

(Extracto tomado del libro Historias con Oficio, Ocho libros, 2013)