Soñar Santiago en un eterno febrero debe ser tema recurrente para quienes la habitamos. Con cafés y terrazas al aire libre que se pueden disfrutar, con luz natural hasta más tarde y tardes frescas pero gratas. Con distancias que parecen mágicamente disminuidas, sin los tacos despiadados con que somos castigados durante el año. Una ciudad que parece –sólo parece- más pequeña y más amable.

Recordando las palabras de Ernst Friedrich Schumacher, Santiago ya superó con creces el tamaño y concepto que él definió magistralmente en su libro “Lo pequeño es hermoso”.

Una mirada a datos disponibles sobre la ciudad de Santiago la presenta como una de las mejores ciudades para invertir en el continente. Estudios que comparan variables como poder de compra, dinamismo, capacidad de financiación, presencia de jugadores globales, reputación, confort urbano y capital humano, posiciona a nuestra capital entre los primeros lugares del continente.

En términos turísticos, el flujo de visitantes ha crecido y los indicadores de satisfacción muestran niveles muy favorables de aprobación. Seguridad, infraestructura, amabilidad y otros parámetros son bien evaluados por los extranjeros que pasan por la ciudad. Es una ciudad que se recomienda para visitar, especialmente por los europeos que se asoman por acá.

Pero al parecer esta ciudad de más de 6 millones de residentes (no está aún disponible el dato oficial del Censo 2012) no genera tanta satisfacción entre sus  habitantes como ocurre con las visitas. Citando a grupos de santiaguinos entrevistados: “Santiago es insufrible en distancias, histeria de sus habitantes, inseguridad, contaminación. Hay problemas de polución, congestión vehicular, lo extensa que es, mala evacuación de aguas lluvia, pésimo transporte público, segregación espacial, generación de ghettos” y una larga y extensa lista de quejas.

El santiaguino vive mirando al sur y sueña con irse a vivir en un ambiente bucólico que le entregará mágicamente una mejor calidad de vida. Dos tercios de los entrevistados en una encuesta reciente piensan que Santiago se ha hecho una ciudad “menos amable” en los últimos diez años.

Los datos comentados corresponden a un promedio. Sabemos lo que los promedios esconden y en este caso no es la excepción. La evaluación de los grupos más pobres, es fácil deducirlo, es claramente más negativa. La evaluación de los grupos más ricos, es fácil deducirlo, es claramente más positiva. Las puntas presentan una enorme varianza, que refleja la existencia de más de una ciudad, de más de un Santiago.

Qué mezcla de percepciones. Muchas ciudades paralelas que conviven (o mal conviven), con diferencias entre cotas no tan lejanas geográficamente hablando, pero sí muy distantes cultural y vivencialmente. Pero queda claro que el impacto de las transformaciones económicas (ciclos y crisis) tiene su correlato en las ciudades, y que en un contexto de gran interdependencia, muchas de ellas se vuelven más vulnerables. Es decir, a sus habitantes más vulnerables. El desarrollo inmobiliario debe atender y escuchar si espera continuar aportando a la calidad de vida de las familias. El planificador urbano aun más, por lo que la exigencia es mayor. Y a nivel país, la ciudad debería ser hoy un punto cada vez más central en todo programa de gobierno.