Felipe-Valvidia1Estaría bueno que nos dejáramos de eufemismos. Digamos las cosas como son: los poderosos que manejan Chile, léase la clase política, judicial, religiosa y otras diferentes instituciones que están en el poder, hace mucho rato que dejaron de ser esas blancas palomas que hacían de Chile un país próspero, tranquilo y alejado de la corrupción. Nos creyeron estúpidos durante muchos años, pero ahora tenemos la posibilidad de estar mucho más informados (gracias a medios de comunicación independientes como este diario) y de opinar utilizando argumentos certeros, propios y libres. Los poderosos deberían tenernos miedo, porque ya no somos los mismos de antes.

Porque hace mucho rato que el abuso de poder –uno de los síntomas más peligrosos de este virus de la corrupción– logró convertirse en un atributo inherente a toda autoridad que se desenvuelva en la primera línea de acción. Me refiero, por cierto, a los últimos casos que hemos conocido. Pero no fue ni Penta, ni Caval, ni SQM, ni ningún otro hecho lo que permitió destapar la corrupción existente en Chile, sino que por el contrario –como ya había escrito anteriormente– esta enfermedad se encuentra inmersa desde hace muchísimos años en el país. Lo que sucede es que nos hicieron creer que nada de esto pasaba.

La antigua mala práctica de tender a compararlo todo, también ha influido en ensalzar estos eufemismos que por tanto tiempo nos han acompañado. Porque si nuestras autoridades no son capaces de mirarse a ellos mismos, sino que a los Gobiernos de los países vecinos, entonces jamás podrán confeccionar la tan anhelada autocrítica que la ciudadanía les está exigiendo. Hablo, por ejemplo, de la tendenciosa y majadera comparación que hacemos siempre con la Argentina, cuya afirmación siempre trae consigo ese inútil “allá es peor” o cuando se afirma que Chile es uno de los países menos corruptos de Latinoamérica. Aquellas justificaciones simplemente ya no sirven, no tienen efectividad y, en contrasentido, sólo han logrado convertirse en anacronismos sin fundamentos que se encuentran disfrazados de eufemismos que sólo han servido para engañarnos a nosotros, los ciudadanos que anhelamos una Patria mejor.

En ese sentido, sería bueno extender una invitación a los encargados de confeccionar las tan famosas encuestas de opinión para que de una vez por todas sinceren el debate y liberen ese manto de duda sobre si nuestras autoridades son o no corruptas; entonces convengamos: en Chile hace mucho rato que sí hay corrupción.

Al estallar el caso Penta hace unos meses atrás, la derecha de a poco fue ahogándose, quedando en evidencia de que dinero y política –además de ser una mala combinación– venía mezclándose desde hace muchísimos años para financiar campañas partidistas, de acuerdo a los intereses de los dueños de un conglomerado ligado al sector más conservador del país. El desarrollo de los hechos (al más puro estilo de un guión cinematográfico para una película protagonizada por Darín) escondía no sólo un hecho puntual, sino que más aristas políticas en que el denominador común era una solo: la corrupción de la UDI. Los escabrosos detalles dieron pauta para alimentar la alicaída agenda periodística de verano que tradicionalmente corre lento en esta época y, como era de suponer, la derecha no se quedaría tranquila con el ataque frontal encabezado por los integrantes de los distintos partidos de la Nueva Mayoría. Quienes seguimos de cerca la agenda política nacional, sabíamos que en cualquier momento (el desafío era saber cuándo) la derecha contraatacaría a los majaderos ataques comunicacional de denuncia sobre las aristas de Penta. Y fue de esa forma como explotó el caso Caval, ligado a un abuso de poder inimaginable en el cual estaba involucrado, nada más y nada menos, que el hijo de la Presidenta.

“Ni a la derecha conservadora ni a la Nueva Mayoría le interesa solucionar los problemas de gestión, sino que se alojan en asestar el mejor golpe comunicacional para demostrar quién es el verdadero corrupto.”

En un país en que más de la mitad de sus habitantes ganan en promedio 600 mil pesos mensuales, que deben levantarse antes de las 6:30 de la mañana para salir a trabajar y cuya jornada laboral se extiende groseramente, se da este negocio en que en menos de cuatro días los representantes de Caval se embolsaron 9 mil 500 millones de pesos. Los mismos habitantes que ganan en promedio 600 mil pesos fueron meros espectadores silenciosos de cómo funcionan las instituciones chilenas. Observan atentos cómo el hijo de un senador que atropelló y mató a una persona humilde resulta absuelto de todos los cargos que se le imputaban; observan cómo un cura acusado de pedofilia es absuelto de los cargos; observan cómo la justicia es eficiente ante el robo o asalto de un político o autoridad gubernamental. Mientras tanto, la gente común y corriente sigue siendo parte de ese eufemismo de igualdad y transparencia.

Y en unos meses más, el duopolio periodístico seguirá replicando las encuestas de opinión en que posicionará a nuestro país como una de las naciones menos corruptas de Latinoamérica. Eso, mientras los políticos sigan replicándose las acusaciones por corrupción. Porque ni a la derecha conservadora ni a la Nueva Mayoría le interesa solucionar los problemas de gestión, sino que se alojan en asestar el mejor golpe comunicacional para demostrar quién es el verdadero corrupto. Y mientras todo esto pasa, el verso de nuestro himno patrio seguirá diciendo: “es la copia feliz del Edén”. Vaya eufemismo.