Joan de AlcazarSe cuenta –verdad o leyenda? que una conocida actriz norteamericana, que había sido esposa o amante cuando era poco más que una adolescente de un no menos famoso cantante, tenía problemas con su entonces marido; también éste famosísimo actor de cine. La mujer llamó a su antiguo compañero sentimental para quejarse del trato que recibía, a lo que el cantante le respondió: “¿Quieres que le mande a los muchachos y que le rompan las piernas?”.

Viene la cosa a cuento de que crece el rumor de que hay bastante gente que está a punto de mandar a un partido emergente a que le rompa las piernas al Partido Popular de Mariano Rajoy. Esa gente –que se siente maltractada? son los electores que podemos identificar como el segmento más centrista del partido conservador. Un buen número de votantes desengañados de Rajoy y sus promesas bastardeadas, que pueden sumar un porcentaje significativo, que parece estar más que harto y hastiado –así lo indican las encuestas? de la actitud y la actividad desarrollada por el Partido Popular durante los más de tres años que llevamos de legislatura.

Recortes en la capacidad redistributiva del Estado, merma en la eficacia social del sistema, pérdida inocultable de calidad democrática, propaganda en detrimento de la información en los medios de titularidad pública, incumplimiento absoluto del programa con el que ganaron las elecciones, inyección de cantidades obscenas de dinero público a los bancos gestionados por truhanes y vividores, subordinación vergonzante a las directrices financieras que marcan desde Berlín y Bruselas, sacrificios que castigan a los segmentos más débiles y frágiles de la sociedad, empobrecimiento de las clases medias y deterioro imparable de los sectores más populares, emigración de miles de jóvenes expulsados del país y, sobre todo y sobre todas las cosas: desempleo y corrupción. Desempleo desbocado –especialmente grave entre los jóvenes; también entre los mejor formados en las universidades públicas? que no hay forma de reducir significativamente, y corrupción, montañas de procesos judiciales por causas de corrupción en todos los planos de la realidad.

Corrupción pública y privada, que el PP ha generado para pagar sobresueldos a sus cargos orgánicos y de representación, para enriquecer a los más golfos de sus amigos políticos, para pagar obras en sus sedes y para sufragar campañas electorales con dinero negro e incumpliendo la legislación vigente. Todo esto con el agravante, además, de que el PP no reconoce error ni responsabilidad alguna en tanto desmán, en tanto desastre. Todo es culpa, dicen, de la herencia que les dejaron los socialistas en 2011. Una especie de jaculatoria que tienen el cinismo de utilizar incluso en regiones autónomas en las que llevan gobernando desde hace más de veinte años, como es el caso de Valencia, cuyo gobierno es un vergonzoso referente internacional de corrupción y su marca regional está trufada de imputados, condenados y encarcelados. Primero no hay responsabilidad hasta que haya sentencia firme, y cuando la justicia se pronuncia, resulta que eran comportamientos individuales y ajenos a la voluntad del partido. De las responsabilidades políticas, ni se habla.

El PP se ha juramentado para decir que todo está mejorando. Que las cifras económicas no dejan lugar a dudas: la crisis es cosa del pasado. Sorprende que repitan ese estribillo por activa y por pasiva, como si pretendieran hipnotizar a la ciudadanía. Pero ya no cuela, y es que salvo los irreductibles, una buena parte de su electorado natural está literalmente asqueado con Rajoy y sus ministros, que mienten más que hablan cada vez que tienen un micrófono o una cámara delante. Ya no cuela, y la hegemonía conservadora que el Partido Popular detenta en España desde los años ochenta está tocando a su fin. Si las exportaciones han crecido dos puntos respecto al año anterior, si el PIB crece unas décimas más que el francés o el italiano, o si el bono a diez años está a menos de cien puntos respecto del alemán, que son las cifras macro de las que habla el PP, importa poco a la gente que constata que los bancos desahucian de sus casas a miles de personas por impago de la hipoteca, o que deben recurrir a las ONG’s como Cáritas, los bancos de alimentos u otras, sencillamente porque la crisis los ha dejado sin trabajo o sin los mínimos suficientes para sobrevivir.

En las dos últimas décadas, la izquierda clásica española ha estado y sigue estando fragmentada, quizá porque está en sus genes, y no ha sabido encontrar un discurso alternativo y creíble. Las derechas, contrariamente, han sabido convivir bajo una marca política, PP, que ha mantenido eficazmente unidos electoralmente a sectores que van desde la extrema derecha de raíces ideológicas profundamente franquistas hasta lo que podríamos llamar el centro-centro, que incluye a parcelas próximas a la franja derecha de la socialdemocracia. Estos sectores son los que presentan síntomas de deserción, de abandono de las pútridas aguas popularistas, a la busca de un espacio político más limpio, menos putrefacto.

“Si por la orilla izquierda ha surgido PODEMOS, un partido que en un año ha alcanzado niveles que lo sitúan como primera o segunda fuerza en expectativa de voto… por la orilla derecha está subiendo con fuerza otra novedad partidaria: Ciudadanos (C’s).”

Las encuestas que proliferan como setas tras la lluvia de primavera están reflejando la ruptura completa del bipartidismo imperante desde la aprobación de la Constitución de 1978: el PP y el PSOE están en mínimos históricos, y sus tradicionales aliados parlamentarios, los nacionalistas vascos del PNV y los homólogos catalanes de CiU, que han sido capaces de gobernar con ambos según les ha convenido, también viven horas bajas. Los vascos tienen una fuerza parlamentaria real escasa, y los catalanes están tocados por los excesos soberanistas y por la corrupción que también ha afectado las vigas maestras de la formación.

Si por la orilla izquierda ha surgido PODEMOS, un partido que en un año ha alcanzado niveles que lo sitúan como primera o segunda fuerza en expectativa de voto, amenazando fundamentalmente al PSOE y a Izquierda Unida, pero también a partidos nacionalistas periféricos de matriz progresista e incluso radical, por la orilla derecha está subiendo con fuerza otra novedad partidaria: Ciudadanos (C’s).

Originario de Cataluña, con menos de una década de andadura y con exclusiva presencia parlamentaria en aquella región autónoma, C’s cuenta con un líder [Albert Rivera] joven, dinámico, convincente y atractivo para esas gentes que se ubican en el terreno que va desde el centro derecha al centro-centro. Años atrás tuvo relaciones políticas con Nuevas Generaciones, la rama juvenil del PP, pero hoy vuela a su aire. A mediados de la década anterior pocos hubieran apostado un euro por él, pero ahí está, ocupando un protagonismo creciente.

Albert Rivera en el acto de presentacion de campana para las elecciones autonomicas de 2010Cuando Ciutadans era exclusivamente oposición y denunciante del nacionalismo soberanista catalán, el PP lo mimaba. Lo jaleaba y procuraba sumar fuerzas con ellos para erosionar a Convergència i Unió y al Partit dels Socialistes de Catalunya, divididos y diezmados estos últimos entre el independentismo y el unionismo. Ahora, en estos momentos, las baterías del Partido Popular disparan cada vez con más ahínco contra el partido de Albert Rivera. Desde la sede central de la calle de Génova, en Madrid, Ciudadanos es percibido como una opción de recambio del centroderecha, toda una amenaza con mayúsculas a esa hegemonía que el PP ha mantenido entre las derechas de todos los tamaños y melodías durante décadas.

Ciutadans/Ciudadanos es un partido que todavía se está haciendo, y aunque algunos lo ven como una marca blanca del PP no parece que los tiros vayan por ahí. Su discurso no es el de una organización que aspira a ser bisagra de los dos [cada vez menos] grandes, y aunque es más lo que no se sabe de su programa que lo que realmente han hecho público, está recibiendo discretos plácemes y parabienes de sectores significativos del establishment, preocupado y cansado por la impresentable gestión de Rajoy y de sus colaboradores directos. El nuevo partido puede ser la otra fuerza que, finalmente, dinamite el sistema partidario español en los próximos meses.

Tan deteriorado está éste que cuando, en fechas próximas, se celebre en el Parlamento de Madrid el Debate sobre el Estado de la Nación, no participarán en él ninguno de los dos líderes de los dos partidos emergentes: Pablo Iglesias y Albert Rivera. Ninguno de los dos es diputado en Madrid. Todo un síntoma, toda una señal, toda una evidencia de cuánta distancia hay entre el actual Parlamento español y la realidad partidaria del país y, por añadidura de cuan delicado es el mismo estado de la nación.

Con estos antecedentes, quizá el slogan de campaña de Albert Rivera y Ciudadanos pudiera ser: “¿Quiere usted que le rompamos las piernas al PP?”. Políticamente hablando, claro.