Han pasado cinco años del terremoto del 27 de febrero de 2010 y la memoria de la catástrofe porfía como todas las memorias de Chile, a contramano, rebeldes de un modo más o menos explícito, siempre colectivas. Se dice que somos un país que olvida, que oculta los dolores bajo la alfombra, y con seguridad eso es cierto en muchos casos, pero solo en algunos.
En algunas ocasiones, en contados lugares, con algunas gentes y sus historias, la corteza inmovilizadora de la desidia se resquebraja y se abre paso la creación colectiva de nuevos paisajes y nuevos relatos allí donde alguna vez, como en este caso, la garra dura de la catástrofe mordió el cuerpo de un pueblo.
El resultado, esta vez, es un extenso mural pintado colectivamente sobre el muro de una antigua pesquera de Talcahuano. No es un memorial, no costó miles de millones de pesos, tampoco tiene la frialdad distante del monumento que mandó a edificar Piñera. Es un sitio eriazo, un descampado que la fuerza incontenible del agua dejó allí abandonado. Cerca pasa también el canal El Morro, considerado por muchos años uno de los lugares más contaminados del mundo. Son sin duda, ruinas, restos próximos, además, al sitio de dos caletas que ese día desaparecieron.

Mural Talcahuano 3Reconstruir los vínculos
Allí mismo, donde se extendía el peladero silente y doloroso, se inauguró ayer 27 de febrero de 2015 el Mural urbano territorio florido.
La idea tomó forma en el taller de arte que realiza el pintor Robinson Delgado en la municipalidad, orientado principalmente a los niños. Con él ha trabajado de forma colaborativa Dagoberto Gutiérrez, psiquiatra infantojuvenil de la Dirección Municipal de Salud de Talcahuano.
Para ellos fue muy interesante el modo en que los niños se interesaban por la pintura, las formas, los colores. “A través del arte y la creación se obtienen beneficios en las personas, especialmente en los niños. El arte es siempre una herramienta muy positiva”, afirma Gutiérrez, que explica además la perspectiva de largo plazo en que se inscribe su labor. “El alcalde está trabajando con una mirada estratégica a 50 años, donde la educación y los niños juegan un papel fundamental. Es una orientación que enfatiza el desarrollo humano.”
En ese marco comenzaron a convocar a los niños y los jóvenes, “promoviendo la creatividad, la participación, la formación de lazos afectivos que son necesarios para ir reconstruyendo los vínculos que han sido dañados durante muchos años primero por la dictadura, luego por las desigualdades, y en el caso específico de Talcahuano, también por la catástrofe de febrero de 2010”, añade el psiquiatra.

 

Reconstrucción con participación
Talcahuano tiene sobre sus espaldas la etiqueta de un pueblo marginal. En cierto modo, se aprecia en la zona la persistencia de una negación antigua. Aunque como dicen allá, ahora Talcahuano está mucho mejor de lo que estaba antes del terremoto, hay una diferencia que no debe pasarse por alto.
Desde antes de 2010 se venía desarrollado un importante proceso participativo. Allí la ciudadanía había ido forjando una idea propia sobre su cuidad, y sobre todo, una voluntad de participación, que en sus mejores elaboraciones no buscaba solo mejorar la infraestructura urbana, sino fundamentalmente, el desarrollo de las personas.
Sobre ese cauce se dejó caer también la fuerza del maremoto. Se impuso una pausa, pero pronto la reconstrucción volvió a poner sobre el tapete la discusión sobre el modo en que –ahora bajo nuevas condiciones– se debía levantar la ciudad. Las consideraciones del gobierno central, a menudo fríamente técnicas, se encontraron allí con el impulso que habían construido los vecinos en el proceso participativo.
Un hito importante fue la Marcha por la reconstrucción realizada en abril de 2010, donde se exigió a la Intendencia participación en el proceso.

 

Mural Talcahuano 6Un nuevo símbolo del renacer de la ciudad
Un buen día apareció en el taller Luis Almendra, un joven que había participado en los talleres de Delgado, que luego estudió Artes Visuales en la Universidad de Concepción y más tarde un postgrado en Arte Urbano en la UNAM (México). Almendra se sumó al proyecto contribuyendo en una medida importante a mejorar su calidad y orientación.
Fue tomando forma entonces la idea de generar un movimiento en la ciudadanía a partir de una intervención artística y participativa en un lugar público, orientado particularmente a los niños y los adolescentes.
Asumieron entonces el desafío de construir espacios para la experimentación sana de los muchachos, proveyendo espacios y actividades con continuidad, escuchando las necesidades de la propia comunidad. “Eso es lo que nos motivó a hacer el mural, con el aprendizaje de que frente a la catástrofe hay una comunidad que se levanta y se reinventa, no como algo que ocurre en un momento puntual, sino a partir de un proceso que venía en marcha”, explica Gutiérrez.
El canal El Morro ha sido uno de los símbolos más potentes de ese proceso. Luego del terremoto continuó su recuperación y hoy es un lugar donde la vida ha vuelto a renacer, repoblándose de una rica flora y fauna. El mural se suma entonces a esa representación. Dagoberto cuenta que desde que se estaba haciendo el mural, el sitio comenzó a ser objeto de una nueva identificación por parte de la población. “Antes la gente pasaba sin mirar, ahora se queda, se saca fotos, saca flores, se relaciona con el lugar y comienza a hacerse parte de la comunidad”. El mural incluye imágenes de Talcahueño, el gran jefe guerrero mapuche que mencionara Alonso de Ercilla en La Araucana; de Ana Rosa Ortíz, una conocida hincha de Deportes Naval especialmente recordada en la ciudad; una niña tocando la guitarra, vegetación, aves y por cierto también la gente en marcha hacia la Intendencia.
El mural no cambiará nada, probablemente, no hará menos pobre a nadie ni resolverá las antiguas injusticias que allí se padecen. Seguramente eso lo saben los actores de esta historia. Pero su impulso está inscrito en la construcción de nuevos sentidos de justicia, de bienestar y felicidad, de soberanía y participación popular, sin los cuales tampoco hay proceso de cambio que sea posible. Dagoberto Gutiérrez lo resume al final desde su experiencia: “sin una idea de futuro, el presente se vuelve un lugar de mucha angustia”.