Joan de AlcazarEn la década de los sesenta del siglo pasado, miles y miles de escolares de la España franquista estudiamos los primeros cursos con la Enciclopedia Álvarez. La Enciclopedia de Tercer GradoIntuitiva, Sintética, Práctica– (sic), con la que cursé el Ingreso al Bachillerato, constaba con el Nada Obsta del Canónigo Penitenciario Censor y con el Puede Imprimirse del Arzobispo, y en sus páginas aprendí lo que pude de aritmética, geometría, lengua española, geografía, ciencias de la naturaleza e historia (?) de España. Además, el libro incluía unas páginas dedicadas a la Formación Político-Social (adoctrinamiento falangista básico), y otras a lo que llamaba Historia Sagrada. Esta última parte combinaba la narrativa mitológica católica con la catequesis integrista, propia del nacional-catolicismo imperante en aquella dictadura eterna con la que nos castigaron el general Franco y sus secuaces.

Todavía recuerdo a aquel maestro, don Juan, que era buena gente, y que nos tomaba la lección de las distintas materias puestos en fila, un chico tras otro, ordenados del primero al último del grupo. Cuando fallabas una pregunta, si el siguiente la acertaba, ocupaba tu puesto; y si te descuidabas podías verte en el furgón de cola de la clase. Eran los tiempos de la división explícita entre los listos y el pelotón de los torpes. Entre ambos grupos, la mayoría pugnábamos por mantenernos a flote, en la zona templada de la hilera.

Por pura supervivencia hube de memorizar que el concilio de Trento, en 1545, “fue una gran reunión de príncipes de la Iglesia que condenó el protestantismo y fijó lo que habíamos de creer”. Así, tal cual. Eso parecía normal a un niño de nueve años al que la Enciclopedia y don Juan le decían que España era la nación mariana por excelencia, “es decir la nación que más ama y venera a la Virgen”. No era difícil de aceptar tampoco que la creación del mundo había sido “un acto libre del poder divino, en virtud del cual Dios lo sacó de la nada”. Por si alguna reticencia podíamos albergar quienes procedíamos de familias sin fervor religioso, la Enciclopedia Álvarez era muy contundente: “Entre los descubrimientos que la ciencia ha hecho sobre el origen del mundo y el relato de Moisés en el Génesis, existe un paralelismo que revela claramente la inspiración que Moisés tuvo”. Con una sutil aclaración, eso sí: “Los días [de la Creación] de los que nos habla Moisés debemos interpretarlos como larguísimos períodos de tiempo, pues si Moisés empleó la palabra ‘días’ fue solamente para que lo entendieran mejor”.

Han hecho falta cincuenta años para que un ministro, José Ignacio Wert, del gobierno de Mariano Rajoy, imponga una asignatura parecida de Religión [que ya no es ni siquiera Historia Sagrada], al dictado de una Conferencia Episcopal que evidencia añorar la potestad de fijar lo que los niños han de creer, a la forma y manera del Concilio de Trento. Claro que en estos tiempos –no es cosa menor–, esa asignatura solo la cursarán aquellos muchachos cuyos padres la prefieran antes que otra: Valores Sociales y Cívicos.  Esa libertad de  elección no palía el hecho aberrante, perverso, de que las familias católicas habrán de optar entre ambas, habrán de decidir si prefieren que sus hijos estudien una ética confesional o una ética cívica y democrática.

Juan José Tamayo, el reconocido teólogo, ha denunciado como inaceptable que una asignatura llamada Religión Católica se haya convertido en una materia evaluable en un Estado constitucionalmente no confesional, tanto más por los propios contenidos de esa asignatura.  Estos son –ha escrito– “en su totalidad catequéticos con tendencia al fundamentalismo [y el] pensamiento que se transmite en la materia es androcéntrico; el lenguaje, patriarcal; la concepción del cristianismo, mítica; el planteamiento de la fe, dogmático; la exposición, anacrónica”. El teólogo ha subrayado que con el temario dictado por los obispos “la catequesis vuelve a la escuela y lo hace con los tonos machistas de los tiempos más rancios del nacional-catolicismo”.

¿Es fuerza o debilidad lo que acaban de evidenciar los obispos? Pienso que es claramente endeblez, agotamiento. Los seminarios están vacíos desde hace años, el casamiento civil es mayoritario, el divorcio está normalizado, los matrimonios entre parejas del mismo sexo crecen, el gobierno no se ha atrevido a derogar la Ley de plazos del aborto, las expresiones de religiosidad tienen más de rito social que de prácticas de fe e, incluso, el amplio calendario festivo religioso ha incorporado fuertes componentes paganos explícitos que hacen sombra a los propios ritos.

La jerarquía de la Iglesia española añora los años de la dictadura, cuando mandaba y era obedecida, y sigue sin querer adaptarse al mundo de hoy. No quiere saber nada de problemas tan centrales en una sociedad desarrollada como el aborto o la eutanasia, y no quiere aceptar que ya no es la única confesión religiosa sobre el terreno. Prefiere refugiarse en los dogmas antes que en comprometerse con  una formación integral de los jóvenes, que deben afrontar los retos de una sociedad libre y democrática. Sus eminencias reverendísimas no abren la boca ante los estragos de la crisis, nada dicen de las familias expulsadas de sus casas por los bancos, callan sobre las familias con todos sus miembros sin empleo mientras sus más altos prelados gastan a manos llenas en lujos y desvaríos. Claman a gritos por los embriones, pero no mueven un músculo por los niños desnutridos. No manifiestan ni caridad cristiana por las mujeres que sufren la violencia de género, mientras veneran la maternidad inmaculada de María. Callan e intentan ocultar la pederastia entre los suyos, ignorando tanta sordidez como conocemos a diario. Están ciegos y sordos ante los problemas reales de una sociedad por la que no se sienten interpelados, y se muestran altivos y distantes ante las denuncias de sus granjerías, sus privilegios y sus perversiones.

Como sus iglesias están cada vez más vacías, como cada vez administran menos sacramentos, como la catequesis cuenta cada vez con menos asistentes, han decidido –con el inestimable colaboracionismo cómplice de un gobierno que busca consuelo en sus sectores más reaccionarios– llevar el catecismo a la escuela. Si los niños no van voluntariamente a la catequesis a adoctrinarse, hay que llevar el adoctrinamiento a los niños a la escuela, que de allí no pueden huir. Al final, estos príncipes de la Iglesia del siglo XXI lo único que quisieran sería volver al siglo XVI. Así podrían fijarnos a todos “lo que habíamos de creer”. Pero no pueden, y ahí está la prueba inequívoca de su frágil debilidad.