albosazulesEn una columna publicada el 23 de febrero en el suplemento deportivo de El Mercurio, Aldo Schiappacasse se refiere al tan en boga problema de la violencia en los estadios, y a la incapacidad de la autoridad de lidiar con las barras bravas de los equipos más convocantes del país. Para ello, recurre a varias de las modas idiomáticas del periodismo de nuestros días, utilizando apelativos como “lacra”, “delincuentes” o “lumpen”, y dejando de lado sólo aquella frase referida a los “mal llamados hinchas”, que fuera popularizada en la televisión por el apasionado periodista de TVN Fernando Solabarrieta. Así mismo, realiza un particular ejercicio de análisis intercultural, comparando el escenario que se vive en las galerías de los estadios chilenos con los incidentes ocurridos durante la semana en las calles de Europa occidental, particularmente el racismo mostrado por hooligans del Chelsea FC en el metro de París, y la destrucción de una plaza renacentista romana durante una batalla entre hinchas del Feyenoord Rotterdam y la policía de la capital italiana.

La columna en particular no tiene nada o casi nada de notable. Más bien, se trata de una nueva iteración del discurso oficial de la prensa y los sectores políticos respecto al tema, que venimos escuchando periódicamente hace varios años y especialmente desde la aparición del plan Estadio Seguro durante el pasado gobierno. Me refiero a la perspectiva segregacionista que propone el establecimiento de criterios que juzguen la aptitud de los sujetos para ser hinchas y asistir al estadio, dejando fuera a aquellos que no cumplan las expectativas que poseen el gobierno, la policía y las dirigencias. De ahí la aparición de conceptos como el ya mencionado de “mal llamados hinchas” o “pseudo-hinchas”, de la aplicación de la reserva del derecho de admisión, y la pronta actualización de la Ley de Violencia en los Estadios, que implicará la posibilidad de aplicar restricciones a la asistencia a espectáculos deportivos por acciones cometidas en otro tipo de circunstancias.

azulesPero más allá de esto último, que amerita una columna por sí misma, existen ciertos elementos específicos en la columna de El Mercurio que, sin ser novedosos, son especialmente ilustrativos respecto de la ideología autoritaria que opera detrás del discurso periodístico y de las políticas públicas de los últimos años. En particular, del ansia de implantar una forma de vivir el fútbol y el espacio público distinta a la que posee un sector amplio de la población, y que es evidentemente un componente cultural histórico propio de la condición popular latinoamericana.

En primer lugar, Schiappacasse señala desde el comienzo que “las barras, como expresión de fanatismo e irracionalidad, son una lacra imposible de extirpar, aunque eventualmente puedan ser controladas”. Desplaza así el problema tradicional y evidente, que es la violencia, hacia el componente emocional que despierta el deporte en las personas. La pregunta es, ¿cuál es el problema del columnista con que una parte de los asistentes al estadio sean fanáticos? O, lo que es lo mismo: si no son los fanáticos, ¿qué tipo de asistentes cree él que deberían ser el público de los estadios? Suponemos, por el segundo concepto que utiliza, que espera una hinchada racional y tranquila, que se siente a observar el espectáculo como quien observa una obra de teatro, analizando meticulosamente el desempeño de los actores, la puesta en escena, el guion propuesto. De ahí a que cierre la columna preguntándose “¿Acaso no hay manera de ver fútbol sin una barra jodiendo?”. Existe, por supuesto, un espacio en donde se cumple esta condición por excelencia, que es la televisión, pero Schiappacasse pareciera querer proyectar dicha tranquilidad hacia las tribunas mismas.

Este último objetivo ha sido cumplido con cierto éxito en los partidos de la selección nacional, y probablemente lo veremos también en los encuentros que se disputen durante la Copa América en algunos meses. La implementación fue sencilla: la ANFP de Harold Mayne-Nicholls prohibió bombos y banderas, y estableció precios que desplazaron a las familias y jóvenes populares para dar paso a un público compuesto no por hinchas, sino por consumidores de espectáculos. El resultado fue lo que pareciera esperar Schiappacasse, estadios llenos pero silenciosos e inmóviles. La nueva pregunta es, entonces, ¿con qué derecho?

FútbolEl componente autoritario está dado aquí por la decisión unilateral de los sectores políticos y dirigenciales de mandatar la forma en que los chilenos deben vivir el fútbol. Las dos citas de la columna que he proporcionado son, coincidentemente, del primer y el último párrafo. El texto entre medio versa sobre a) la existencia de componentes delincuenciales en las barras de los equipos, b) la oposición entre esas barras y los “buenos hinchas” (racionales y silenciosos), c) la complicidad de algunos sectores dirigenciales, y d) la ineficacia del Estado para solucionar el problema. La estrategia discursiva entonces apunta a asociar el “fanatismo y la irracionalidad” con la delincuencia, justamente el tema que más preocupa a los chilenos según las manoseadas encuestas. Schiappacasse pone de relevancia sucesos acontecidos en las calles de Europa, para argumentar a favor de seleccionar quienes deben asistir a los estadios de Chile. Lo cierto es que pensar que el racismo en el metro de París pueda tener algo que ver con la prohibición del ingreso de banderas o bombos a una galería en Ñuñoa o Macul, es algo que no resiste ningún análisis.

En términos generales, lo que hace la columna es desnudar muy claramente el proyecto actual de las dirigencias políticas y de las sociedades anónimas del fútbol: la marginación de los sujetos populares que poseen una forma particular de vivir el fútbol que no se condice con las expectativas de control de las clases dominantes. Si el objetivo fuese, como declaran, exclusivamente acabar con los episodios de violencia asociados a las barrasbravas, cualquier plan (y ejercicio discursivo) debiese considerar los aspectos idiosincráticos no violentos de las hinchadas, como las banderas, los bombos y la pirotecnia, conservándolos y despojándolos de los elementos problemáticos. Porque nada vincula, evidentemente, el encender una bengala con hechos como el asesinato de un hincha o la vandalización de los recintos deportivos.

Si asumimos que la construcción de una sociedad democrática debe cimentarse sobre el principio de la inclusión, pareciera incompatible enfrentar el problema de la violencia en el fútbol excluyendo y marginando a un sector social de los estadios.

La invocación de los ideales democráticos es otro de los dispositivos discursivos más utilizados por la prensa y la clase política nacionales, pues después de 17 años de cruenta dictadura cívico-militar éstos se instalan como la primera prioridad a defender en nuestra estructura institucional. Si asumimos que la construcción de una sociedad democrática debe cimentarse sobre el principio de la inclusión, pareciera incompatible enfrentar el problema de la violencia en el fútbol excluyendo y marginando a un sector social de los estadios. Por el contrario, se debiera apuntar a la construcción de un sistema que permitiese la participación de las diversas formas de vivir el fútbol, que incluyen tanto a la familia que sólo disfruta del espectáculo deportivo, como a los grupos de hinchas organizados que alientan al equipo con bombos, banderas y pirotecnia. No pareciera haber ninguna razón para que uno de estos públicos tuviese preponderancia sobre el otro.

Como último dato, las políticas excluyentes aplicadas en Inglaterra no solucionaron el problema de la violencia en el fútbol, como se ha señalado habitualmente. La marginación de los hinchas organizados y el alza en el precio de las entradas solo desplazaron el problema de los hooligans desde las tribunas hacia las calles, como lo demuestran los hechos observados en París, al mismo tiempo que silenciaron los estadios ingleses. En Alemania, en cambio, que rara vez hace noticia por escándalos vinculados a barras bravas, se ha aplicado una política que, entre otras cosas, implica la participación de los socios en la propiedad de los clubes profesionales, y la disposición de galerías sin asientos para el público que prefiere montar espectáculo durante los partidos. Es decir, una forma de organizar el fútbol desde la inclusión de los hinchas y no su consideración como meros consumidores de espectáculo. El resultado, al contrario de lo que pueda pensar el señor Schiappacasse o los expertos de la clase política, no fue un alejamiento de la familia del estadio, sino asistencias masivas todas las fechas. A modo de ejemplo, los dos equipos que animarán el derbi del Ruhr (a horas de jugarse mientras escribo estas líneas), Borussia Dortmund y Schalke 04, poseen promedios de asistencia de sobre el 99%, con estadios para ochenta mil y sesenta mil espectadores respectivamente. Da para pensar.