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Sentado en un escritorio, ubicado estratégicamente en el subterráneo de su local, Luis Rivano ha visto transcurrir Santiago, el tiempo, la vida. Reconoce no tener amigos, pues dice que es demasiado exigente para establecer vínculos perdurables. Es que, en definitiva, sus grandes afectos, además de su núcleo familiar, han sido los libros. Ellos mitigaron las marcas de una infancia y adolescencia complicadas; fueron compañía en las solitarias noches de guardia, cuando hacía el servicio militar; más tarde, constituyeron el sustento para hacerle frente a los apremios financieros, y, luego, se transformaron en los fieles socios para montar un negocio por el que se ha ganado un nombre en la ciudad.

San Diego, el viejo barrio de pasado boyante, ha sido tradicionalmente el templo del libro usado, de ese ejemplar arrinconado, ligeramente maltratado, un tanto olvidado y, otras veces, valorado como gema preciosa. Como una fachada continua, en sus primeras cuadras y en el corazón de la Plaza Almagro sobresalen de las tiendas añosos libros de tapa de cartón y cuero, ofertones de textos escolares, fascículos discontinuados de National Geographic y versiones de diversa calidad de El Principito, Juan Salvador Gaviota o El último grumete de la Baquedano.

En esa fauna de libreros, Rivano es el referente obligado, como lo atestigua su variada y selecta clientela. En el número 111 de la transitada calle se ubica la tienda de este ex carabinero, quien acupa también un lugar singular en la literatura chilena: sus relatos y obras de teatro retratan los bajos fondos sin concesiones, plasmando por medio de un lenguaje crudo y musical las decepciones y la violencia en que están sumidos prostitutas, cafiches, policías, pobladores y jóvenes que desean hacerse un lugar en el hampa criollo.

Rivano levantó un imperio con el negocio de los libros “leídos”, un oficio que descubrió por mera casualidad en plena cesantía y con el único capital de un montón de libros para vender, unos cuatrocientos ejemplares de su propia biblioteca. “Siempre fui un pésimo alumno en el colegio, pero buen lector”, explica Rivano, quien por once años fue funcionario de Carabineros de Chile, hasta que se le ocurrió escribir la novela Esto no es el paraíso, donde retrataba la vida en las comisarías. A la institución no le gustó para nada su aventura literaria y, si bien el tono del libro no era ofensivo, igual fue tomado como una falta de respeto y lo dieron de baja. En ese contexto nació el apodo de El Paco Rivano y su definitivo oficio de librero.

El destino le puso el negocio en la cara. Rivano ya conocía la dinámica de los libreros porque era cliente habitual de los mismos y justo se le presentó la posibilidad de arrendar un local en el número 117 de la calle San Diego que con el tiempo compró y luego vendió. En esa tienda pequeña se lanzó al negocio de la compra y venta. Al poco tiempo, se hizo de un capital en plata, libros y una clientela cautiva.

A Rivano le fue bien desde un comienzo porque fue metódico y siempre actuó con intuición. “Un libro malo no lo guarda ningún librero. Cuando digo ‘malo’, me refiero a que es poco comercial. Entonces, ése es precisamente el libro que yo guardo y, cuando la gente lo busca, pasa a ser ‘bueno’ y cuesta más, porque, como nadie lo tiene, es exclusivo”, detalla el hombre de grueso bigote y mirada penetrante, que reconoce haber sido un hábil comerciante. “En cualquier lote de libros, siempre se encontrará uno de valor”, sentencia. Lo mismo opera para las revistas que, como colección completa, cuestan mucho más que como ejemplares sueltos. Lógica pura.