pepe mujicaEl problema con Mujica es que es difícil criticar lo que dice, porque él se encarga de que el foco de atención esté en cómo lo dice. Así, si dice que Argentina “no acompaña un carajo” en el esfuerzo por la integración, la grosería del enunciado recubre el hecho de que un presidente no debería hacer de las relaciones internacionales una conversación de boliche con un periodista extranjero. Mucho menos debería, como también hizo en esa oportunidad, contar en confianza lo que la presidenta de Brasil le dijo sobre Argentina. Pero es un rasgo de estilo de Mujica hablar para millones de personas a través de los micrófonos de la prensa como quien cuenta algo en confianza y mano a mano. “Que quede entre nosotros, pero Dilma no se banca a Cristina”, ponele. Un poco lo dice, otro poco lo da a entender.

El fenómeno Mujica extrae su fuerza de la habilidad para hacer convivir perspectivas opuestas en un mismo discurso. Pero no hay que perder de vista que, a la hora de la acción, la perspectiva que gana es la más conservadora, la que reconoce como naturales e inevitables las injusticias del sistema y, en todo caso, se juega a suavizarlas mediante gestos de buena voluntad que siempre son individuales.

Hace unos días recorrió algunos barrios comprendidos en el Plan Juntos, niña de los ojos de su administración. Explicó allí que el gobierno entrante lo retirará del ámbito de Presidencia y lo incorporará al Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, dejándolo así sujeto al presupuesto nacional. Pero el presupuesto es frío, dice Mujica. Por eso, sería una buena idea, según él, agregar dos o tres pesos a cada factura de UTE y destinarlos al Plan Juntos, para que todos los usuarios de energía eléctrica se transformen en donantes. Claro que los donantes involuntarios que no quieran colaborar deberían poder reclamar la devolución de sus pesitos, pero “como somos los uruguayos, no vamos [a ir] a buscar la plata”. Es lo bueno que tenemos: no seremos solidarios, pero por suerte somos vagonetas. Eso, a la larga, juega a favor del bien, porque hacer el mal da más trabajo.

Así como proclama la necesidad de vivir en un mundo más justo y solidario, admite que la voracidad capitalista es “natural”.

Uno de los conceptos más vapuleados por la plática y la práctica de Mujica es, precisamente, el de solidaridad. Así como proclama la necesidad de vivir en un mundo más justo y solidario, admite que la voracidad capitalista es “natural”, así que para que la solidaridad surja, hay que ayudarla. Si los egoístas no quieren donar, se les quita la plata y se confía en que su haraganería los detenga a la hora de reclamarla. Si los empresarios no tienen ganas de pagar impuestos, se les puede facilitar el asunto apelando a ese peculiar modo de la solidaridad que consiste en aliviarse la carga fiscal. Porque las donaciones en efectivo –al Plan Juntos, por ejemplo, pero también a instituciones privadas de enseñanza, de salud y de otras cosas que el Estado debería garantizar– se contabilizan en más de 80 por ciento como pago de impuestos: de cada 100 pesos donados, 75 se descuentan del impuesto al patrimonio y 6,25 del Impuesto a la Renta de las Actividades Empresariales. El amable donante hace el bien por 18,75 pesos y el Estado, mediante renuncia fiscal, pone los 81,25 restantes.

El 10 de febrero, el gobierno mandó al Parlamento un proyecto de ley que propone condonar la deuda de Cuba con el Estado uruguayo “en virtud de las numerosas instancias de cooperación que nuestro país recibió de la República de Cuba en distintos ámbitos”. La propuesta no es mala, aunque es extraño que se haga justo a veinte días del cambio de mando y precisamente cuando la atención mundial está puesta en el cese de hostilidades entre la isla y el gobierno de Estados Unidos. El magnánimo gesto de Mujica le deja en herencia a Tabaré Vázquez un problema que no termina de plantearse en los términos correctos: ¿se le perdona la deuda a Cuba porque ya estaría pagada o porque es un gesto solidario? Porque, razonablemente, la oposición afirma que así como Cuba cooperó con Uruguay, también Uruguay cooperó con Cuba, por lo que la cuenta corriente no sería tan sencilla. Es el problema de tratar de conjugar la solidaridad con la conveniencia: el fundamento básico de la solidaridad, que es la ayuda desinteresada, se pierde entre los pliegues de las contrapartidas y las devoluciones.

El compromiso presidencial con la educación no es menos turbio. En opinión de Mujica, y lo ha dejado claro un día sí y otro también, hay que educar para el trabajo y la producción. Si por él fuera, todos los hijos de los trabajadores irían a la escuela industrial y de ahí, directamente, al mercado de trabajo. Porque resulta que los empresarios tienen el problema de que no hay mano de obra calificada, y, por otro lado, los que estudian mucho después se terminan yendo del país porque acá no se les paga lo suficiente. Así que lo mejor es que estudien lo necesario y trabajen bien, aunque terminen ganando poco, porque al capitalista, naturalmente, le gusta el lucro, y eso no se le puede reprochar. Discutir esa rabiosa lógica pragmática es estar a favor del “viru viru”, ser demasiado “de este siglo”, estar atado a una cultura afrancesada o tener ganas de trancar el desarrollo.

Mujica se especializa en sacar las cosas de la dimensión política e instalarlas en el terreno de lo moral o de lo práctico.

Ya lo hemos dicho antes: Mujica se especializa en sacar las cosas de la dimensión política e instalarlas en el terreno de lo moral o de lo práctico. Si un grupo de mujeres decide llevar adelante una reivindicación feminista, les reprocha que no cocinan un guiso para las mujeres pobres y llenas de hijos que están cuerpeando la miseria. Si los trabajadores reclaman un aumento, o un cambio en las condiciones de trabajo, recuerda que los uruguayos somos poco inclinados a trabajar. El mundo del bien, en la cosmogonía Mujica, está compuesto por empresarios exitosos que no olvidan tirarles un hueso a los pobres, y, por pobres honestos y trabajadores, que conocen su lugar y hacen de la resignación y la paciencia banderas de la dignidad.

Así y todo, en esta época deseosa de grandes figuras que no la compliquen mucho, será recordado por haber predicado la pobreza con el ejemplo, por haberle cantado las cuarenta a todo el mundo y por haber puesto en ridículo a los gobernantes pomposos y estirados. Todas virtudes personales que no impidieron, sin embargo, que los aspectos más conservadores de su pensamiento orientaran buena parte de las políticas públicas.

* Columna publicada originalmente por el medio uruguayo Caras & Caretas.