Edison Perez(A)pegado al pasado, cumplo con la típica composición escolar de los primeros años de escuela. La del primer día de clases, un lunes de marzo. Pienso que esta práctica ha caído en desuso, imagino, como una prescripción de los psicólogos amigos del Ritalin, para evitarles a los nuevos colegiales la insufrible frustración de no tener nada que contar.

En mis tiempos el panorama veraniego era insignificante para la mayoría, restringido muchas veces a una ida a la piscina o un paseo por el día a la playa. Las pueriles diversiones de entonces y los paseos en familia a la ribera de un río cualquiera no sufrían la autocensura ni repercutían ampliadas de manera burlesca en los compañeros de curso.

La familia que vacaciona unida permanece unida –plagio a Parra que a su vez plagia al sentido común–, y el espacio más próximo al bolsillo, por kilómetros, es el Litoral Central. Y qué mejor que Cartagena, territorio libre de cuicos, que cada vez arrancan lo más lejos de su servidumbre, del cartero o la señora del planchado –que con creciente facilidad los van pillando, en Algarrobo, Viña o La Serena.

Varias generaciones atrás, los parientes campesinos que recibieron la hijuela que les asignó la reforma agraria se convirtieron en destino obligado de sus citadinos consanguíneos, cuando matar la gallina para una cazuela familiar no despertaba alusiones impropias. Pero esa camada de abuelos que daban gracias a Dios por las cosas más nimias ya ha ido a parar al limbo de los creyentes desencantados, donde no hay lugar para que sus bienaventurados nietos los visiten, ni siquiera en verano.

Era el tiempo del tren ordinario a Cartagena, donde las clases populares y la clase media baja (que entonces no sabía que era media baja, y se las daba de media a secas) se codeaban entre risas y cervezas, “una agüita” (o sea, una bebida común y corriente), pan con queso y huevos duros. Se vivía el encanto de no saberse marginado. La incipiente televisión hacía de los lujos algo completamente inalcanzable, y por lo tanto, fuera de toda ambición. “Donde su imaginación vuela, Aerolíneas Argentinas lo lleva”, aseguraba una voz en off mientras un despistado –hoy calificaría como adulto joven– miraba con cara de bobo a ninguna parte, adentro de un Westinghouse de 23 pulgadas de esos con cuatro patas, como los perros. Pocos vecinos tenían automóvil, y el que alcanzaba el rango de automovilista solía ser requerido ante la subida de presión del anciano del barrio, la parturienta desprevenida o el chico con el cráneo rebanado a causa de un porrazo en bicicleta. Favor que era recompensado con expresivas muestras de gratitud; pero si el vecino en cuestión manejaba o era propietario de un “auto de arriendo” (vale decir, un taxi) se insistía hasta someterlo a recibir alguna paga.

Sueño con volver una vez más a Cartagena, como tantos años entre la infancia y la prepubertad (no fueron tantas, ahora me doy cuenta, pero suficientes y razonablemente extensas como para considerarme entonces un veraneante).

No hace tanto, y sin embargo han pasado ya dos décadas, muy niña, todavía precolegial, mi hija creía que las vacaciones consistían en ir por tres días a Cartagena. En error parecido caí cerca de mis ocho años, cuando entendí que el plato nacional era el arroz con huevo. Pero la tierra de Huidobro ha sufrido una transformación sociológica de difícil análisis, materia rica para tesis de magíster y hasta doctorales, aunque simple de explicar: se ha llenado de flaites. Y uno que ha leído el Manifiesto Comunista –o lo ha llevado largo rato bajo el brazo, como les dijera una vez un graciosito a los estudiantes de la Universidad de Guadalajara en México–, puede entender la cosa teórica, pero sentarse en la arena y desenterrar una cáscara de sandía con los pies es una experiencia que convierte al más partisano en un contrarrevolucionario.

Playa Grande de Cartagena. Foto: Marcela Sáez

Playa Grande de Cartagena. Foto: Marcela Sáez

El espectro turístico se estrecha para un gran número de chilenos. Ya la hijuela del bisabuelo se compartimentó en mezquinas herencias diluidas entre plasmas y vehículos que ya al momento de adquirirlos eran reliquias. Pero así como el auto o el plasma, las vacaciones son un bien superior al que se tiene derecho, acceso por cierto limitado al poder adquisitivo de cada cual. Y así como nuestro pueblo lleva a sus vacaciones las mismas sillas que “saca para afuera” de sus “soluciones habitacionales”, como rezan los formularios oficiales (casa es otra cosa), también llevan consigo los hábitos adquiridos –particulares y sociales– con los que han convivido siempre, y que como sociedad conocemos, pero felizmente para muchos, solo de lejos. Los aprendieron de padres pobres en sus familias de pobres, en sus casas de pobres, en sus calles de pobres, en sus peladeros de pobres, en sus escuelas de pobres y no los dejaron de practicar en sus institutos y universidades de pobres. No nos extrañe entonces que las calles y caminos de los balnearios se pueblen de basura, de desechos, de excremento. Que en la misma playa se armen peleas como en la pobla, se agarren a garabatos como en la pobla y hasta se maten como en la pobla (recomendación aparte: no se le ocurra increpar a alguno: este reino no es de su mundo).

Ése es el pueblo. El Pueblo no existe. Lo demás son seminarios, papers y ponencias.

A las quejas de los vecinos, de los visitantes despistados, de los reincidentes por puro romanticismo (entre los que me cuento); a ese dueño de casa que sale al paso de los envoltorios de helados y bolsa plásticas con restos de mayonesa blandiendo una escoba no sabemos si para apalear a esos malhadados turistas o a barrer su vereda musitando maldiciones, solo se me ocurre una respuesta: Perdónelos, señor, no saben lo que hacen.