Logo Partido SocialistaComo se sabe, el 26 de abril, se realizarán elecciones para elegir una nueva dirección en el Partido Socialista. Sin lugar a dudas, este proceso tendrá importancia y llamará la atención de significativos sectores en el país, más aún cuando esta histórica organización se encuentra gobernando junto a los demás partidos de la coalición de gobierno Nueva Mayoría.

Hasta ahora, las candidaturas proclamadas no van más allá de preparar el lanzamiento de sus respectivos comandos, publicitar la celebración de actos proselitistas, reclutar adherentes a través de comunicaciones telefónicas, incorporar en sus giras a grupos artísticos, anunciar el despliegue territorial y disciplinar a las tendencias internas para las votaciones consiguientes.

Se puede agregar que como producto del “febrero caliente” con los incendios que se prolongaban desde PENTA hasta SQM y la erupción volcánica de CAVAL, las distintas candidaturas han intercambiado declaraciones por los mayores o menores plazos de respuesta por parte de La Moneda, de la misma Presidenta y de las renuncias al cargo de gobierno de Dávalos y al mismo Partido Socialista.

Dramáticamente, no existen pronunciamientos sobre sus programas, la gestión de gobierno y sus proyecciones, la difícil política de alianzas que se lleva adelante y el rol del partido en “las reformas estructurales” que el actual gobierno ha estado desplegando en el parlamento.

A su vez, concita inquietud y curiosidad el hecho de que las tendencias no debatan a fondo en torno al proyecto olvidado, o sea, lo que serían las líneas matrices que posicionen, en la actualidad, el proyecto de vía chilena al socialismo, interrumpido por el golpe militar de 1973, y que como tarea pendiente o desafío histórico dejara instalado el Presidente Allende cuando en La Moneda muere luchando, en el único combate real contra el fascismo que se instala en el país a partir de ese 11 de septiembre.

Este olvido es tan decisivo por su importancia en el marco histórico general desde 1973. La historia de la pérdida de identidad y proyección socialista explica, en parte no menos importante, la mutación ideológica de la Concertación y de la Nueva Mayoría, alianza que se ha insertado en el establecimiento capitalista chileno.

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Dirigentes socialistas en los años de Berlín

Más aún, todavía no existe una autocritica seria sobre el período que se iniciara en el exilio inmediatamente después del golpe militar y que culmina en el Pleno de Argel (1979) que, en los hechos, se realizó en Berlín Este, y cuyas secuelas llevaron a la división del partido, en momentos en que en Chile, el socialismo sobreviviente y en resistencia se oponía a los plebiscitos dictatoriales y a la Constitución reaccionaria de 1980 que “legitimaba” un Estado mínimo, sentaba las bases para una posterior democracia protegida por las FF.AA., un cronograma de transición a esa democracia protegida, una economía neoliberal concentradora de ingresos en las arcas de la oligarquía, un pensamiento único neoconservador y una obsecuente política internacional ligada al imperialismo norteamericano.

De una u otra manera, en este período, el partido realmente existente es sometido por su dirigencia a verdaderos bandazos político-ideológicos que van desde el Documento de Marzo de 1974 -que le asignaba al partido un papel subordinado al comunismo y a la llamada ideología que codificara Stalin como marxista-leninista, además de la necesidad de constituir “una dirección única proletaria”-, hasta el Seminario de Ariccia (enero de1980) que, a partir de una denominada área socialista o espacio de “influyentes” laicos, cristianos de avanzada y socialistas renovados, intentaba la revisión del camino ideológico, político y orgánico transitado por el partido históricamente, en una suerte de renovación y renegación profunda del pensamiento político hasta ese momento imperante, iniciando de este modo su “socialdemocratización” actual donde conviven “los marxistas-leninistas de ayer con los renovados y revisionistas de ese instante”.

Incluso, recapitulando, tampoco, se consideran, en su verdadero valor, aquellos hitos históricos que condujeron a la vía chilena al socialismo, los documentos fundacionales de 1933, el programa Por una Democracia de Trabajadores de 1947, los acuerdos del Congreso de Unidad de 1957, ni menos la línea internacional independiente y critica a los bloques político-militares de 1964.

Por último, y no menos importante, nada se dice hasta el presente sobre lo que ha sido, como gobierno, la Concertación de Partidos por la Democracia, a la cual se le ha imputado, por los sectores conservadores e incluso de izquierda, que se apropiara del modelo neoliberal y, en los hechos, se constituyera en aliada del empresariado nacional y sus mentores externos.

Por otra parte, sorprende que las actuales candidaturas se remitan a mostrarse, ya sea como representativas de la mayoría de los parlamentarios de las bancadas socialista y sus clientelas regionales y locales, o de la burocracia dirigente de lo que fuera la Nueva Izquierda, o también, de un grupo variopinto que trata de constituirse en una suerte “de tercera posición”. Pero, lo más increíble aún, es que los tres abanderados, se proclaman partidarios de la Presidenta Bachelet, más allá de los últimos acontecimientos, parecieran respetar “el úkase” de Aleuy de que todos somos gobierno y, además, dicen ser ideológicamente socialdemócratas y que su identidad está enraizada en el pensamiento y acción del Presidente Allende.

No vamos a insistir en la contradictoria conducta de quienes intentan dirigir al socialismo, ya que todos los candidatos provienen de las élites cupulares que, arribando desde el exilio, llegan blindadas por el apoyo de una de las dos Alemania, de Francia o de España e incluso de las facciones sucursales residentes en el país alimentadas desde las llamadas direcciones del exterior, “con tampón y sello incluido”.

De todas formas, por el importante papel dirigente que siempre ha jugado el socialismo, especialmente hasta 1973, y por el olvido ideológico y político que su dirigencia ha experimentado desde entonces, existen hechos que explican esta virtual bancarrota, táctica y estratégica.

Esta cuestión es decisiva para todo el período que se desarrolla tanto en el exterior como al interior de Chile, ya que estableció de hecho dos partidos que dejando atrás la riqueza histórica del marxismo crítico y del socialismo autónomo se aliaban al comunismo estalinista de ese entonces, y a la socialdemocracia constituida, en la práctica, en la izquierda del capitalismo. No cabe duda, que si miramos el panorama actual, la actitud política objetiva de muchos dirigentes en competencia, todavía está bajo la influencia de esas deformaciones ideológicas.

Detrás de las historias oficiales del socialismo chileno, se esconde una batalla que se despliega desde el post-golpe hasta mitad de los noventa entre el socialismo autónomo y latinoamericano, sello histórico del PSCH, y el socialismo burocrático venido de Alemania Oriental y la socialdemocracia procedente de Italia, Francia, España y de Alemania Occidental. El primero, con frágiles herramientas, con sus fuerzas desgastadas en la lucha interna, no logró sobrevivir a los embates de la sovietización y la llamada renovación.

Tal como el proyecto de Recabarren fue aniquilado por la burocracia soviética llegada a Chile desde Europa, el proyecto histórico del PSCH ha sido carcomido por las disputas de las “dos Alemanias”.

De hecho, muchos dirigentes han olvidado que mientras ellos eran protagonistas de “la guerra entre las dos Alemania” para repartirse al socialismo de Grove, Matte Hurtado, González, Allende y Ampuero, en Chile, se desarrollaba una intenso debate ideológico y político por unir al socialismo en función de sus grandes matrices históricas y de reconstruir una orgánica que representara al marxismo chileno como método de interpretación de la realidad, enriquecido y rectificado por el avance de la cultura, la ciencia y el devenir social, sin abanderizarse con los bloques político-militares en pugna.

Es incuestionable que los documentos elaborados en Chile por la revista Pensamiento Socialista, aquellos emanados del grupo de los Suizos, neutral en las disputas que provenían del exterior, más los que se instalaron en las reuniones de trabajo de las brigadas de parlamentarios y abogados o del Comité Nacional de Unidad por las Bases dan testimonio de que en Chile, el socialismo autónomo y latinoamericano sostenía una doble lucha ideológica contra las tendencias liquidacionistas externas y la derecha protegida por las bayonetas de la dictadura.

En concreto, el socialismo se reconstruía en Chile, reafirmaba ante el país sus orígenes democráticos y revolucionarios afincados en la República Socialista de 1932, en su constante bregar por unir a las fuerzas de avanzada social desde su fundación, en su decisión de cohesionar al movimiento popular y transformarlo en alternativa de poder, como culminación del desarrollo de una consecuente estrategia de construcción del socialismo en democracia, libertad y amplio pluralismo, como se intentara bajo el consecuente liderazgo de Allende en el gobierno popular que encabezara.

En ese momento, la lucha por la unidad sostenida por el socialismo histórico es de hecho saboteada por la llamada renovación socialdemócrata y una suerte de cúpula iluminada que se viste del apoyo ideológico que le prestaban el Partido Socialista Unificado de Alemania Oriental (Partido Comunista) y el PCUS soviético.

“Seríamos incapaces de comprender el corazón del proyecto de la Concertación (y hoy Nueva Mayoría)… sin entender aquél momento en que el proyecto histórico del PSCH fue derrotado por una históricamente anómala alianza entre partidos de la Europa Soviética y de la Europa socialdemócrata.”

Aún así, en 1983, el comité de enlace primero y, posteriormente, el comité central de unidad logró levantar en el país una dirección única, donde solo se restaron grupos de socialistas, aliados ya en el exterior y en el interior al partido comunista y a su estrategia “de todos los métodos de lucha” para el período.

De una u otra manera, la derrota política del socialismo histórico a manos de los partidos alemanes (socialdemócrata y comunista) frustra la continuidad del Partido Socialista fundamentado en el marxismo crítico, en el socialismo de las mayorías, dialécticamente opuesto al que imperaba en “las Europas”, y en la creación de una nueva sociedad en función de las particularidades históricas del país, que no debía ser copia ni calco de experiencias externas cuestionables, sino que la expresión del segundo camino al socialismo previsto por los clásicos y hasta ese instante nunca ensayado.

La cuestión concreta es que los esfuerzos realizados por esa dirección única fracasaron cuando, sin programa ni estrategia política alguna los grupos renovados y de corte marxista-leninista, provocan e imponen una unidad ficticia, apresurada y que cualquiera puede sospechar que se realiza bajo el amparo del triunfo del NO del 5 de octubre de 1988 y la consiguiente participación en el primer gobierno democrático.

De alguna manera, los apresuramientos y cambios de política de los grupos renovados y ortodoxos, también están en línea con el momento en que los Estados Unidos, al verse sobrepasado por el terrorismo de Estado de Pinochet y por el desplome de la Unión Soviética y el bloque comunista, ceden ante el constante lobby de personeros cercanos a sus políticas, alientan y apoyan la estrategia de transición pactada que se incubara en los centros de estudios y fundaciones levantadas al amparo de la conformación de la Concertación de Partidos por la Democracia y del apoyo de las internacionales socialdemócrata y demócrata cristiana.

Finalmente, no pretendemos creer que muchos de los que dirigen el partido hoy se acuerden o tomen en cuenta cómo el socialismo fue construyendo una línea estratégica nacional e internacional que culminara exitosamente en 1970. Pero, la responsabilidad de un partido revolucionario, marxista y socialista autónomo se mide por la forma cómo las políticas, tácticas y estratégicas, se van retroalimentando en el tiempo hasta concluir en nuevas síntesis y vías para construir la sociedad socialista, en función de las particulares condiciones de cada país, región o continente, tal cual lo planteáramos como Presidente de la Comisión de Principios e Identidad del Partido en la Conferencia Nacional de Organización del 2002.

La historia de la Concertación, como proyecto político y económico, tiene muchos padres y muchas madres. Algunas, fueron el contexto internacional, la amenaza militar, el fortalecimiento de los grupos económicos, la transnacionalización de los mismos, la caída del Muro de Berlín y la pérdida de confianza en el socialismo como horizonte estratégico, y un largo etcétera.

Sin embargo, seriamos incapaces de comprender el corazón del proyecto de la Concertación (y hoy Nueva Mayoría), sin entender aquella batalla estratégica que se dio en uno de los principales partidos del conglomerado: sin entender aquél momento en que el proyecto histórico del PSCH fue derrotado por una históricamente anómala alianza entre partidos de la Europa Soviética y de la Europa socialdemócrata.

Sin comprender todo esto, no podremos ni siquiera vislumbrar el marco ideológico y propuesta estratégica que se está desarrollando en la historia política de Chile desde que se reinstalara la democracia representativa en1990.

Es la oportunidad de entender ahora que el desafío del socialismo chileno continua siendo el de retomar la tarea pendiente que nos dejara el Presidente Allende, cuando muere en La Moneda heroicamente luchando en defensa de la libertad, la democracia y el socialismo, como continuidad histórica.

La calle, las nuevas instituciones, las nuevas luchas, la asamblea constituyente, ahora, tienen la palabra.