1.

Recuerdo las ratas que corrían frente a nosotros esa tarde. Nos juntamos en el Metro Bellas Artes y terminamos sentados frente al Mapocho, en esas bancas donde las parejas van a tocarse tranquilas. No sabía cómo empezar a decirle, cómo sentir la realidad de esas palabras, de esos dos test de embarazo comprados en la farmacia como tantas otras veces. Esas dos rayitas que se repitieron. “No existen los falsos positivos” leí tantas veces, sorteé tantas veces. Él no entendió la urgencia de mi llamado; desde que terminamos, había evitado todo contacto hasta ahora, incluso los correos para resolver aquellos pendientes inevitables. Mirando al Mapocho le dije que estaba embarazada, incluso le mostré los test que traía en la mochila para probarle, para probarme lo dicho. Lloré con los pies sobre la banca para evitar los ratones mientras él me abrazaba sin saber qué decir. Hablamos de otras cosas, de la vida, de los desaparecidos en México, del tiempo transcurrido. Nos invadieron varios silencios también, escuchando el caudal de un Mapocho tan poco navegable. Él iba a tocar esa noche en Bellavista. Comenzamos a caminar, me costaba contener el llanto mientras lo alcanzaba con la bici a cuestas. Nos despedimos en el Puente de Loreto, me subí a la bici y no pude, no sabía cómo empezar a pedalear a la casa de mi amiga. Volvió, me abrazó fuerte y masculló algo acerca de no querer irse, nos volvimos a despedir y comencé a pedalear. Desde entonces, no he dejado de hacerlo.

 

2.

Mi amiga me abrazó fuerte y calentó algo de comida. Venía justo llegando de la playa donde había estado en un retiro para terminar su tesis. En nuestra carrera la tesis suele convertirse en un lastre durante los años sucesivos a la licenciatura, una forma más de postergar el cierre de ciclo y, en general, de precarizar los primeros años de egreso. No fue mucho lo que hablamos, tras tanto, el mejor pronóstico era acomodarme a un costado de su cama mientras la escuchaba hablar sobre sus últimos días y sobre una amiga que acababa de atravesar por lo mismo. Cerré los ojos tranquila, a pesar de todo; dormí esa noche profundo, a pesar de todo. A la mañana siguiente, y gracias a la recomendación de su amiga, aún acostadas comenzamos a leer “Línea Aborto Chile[1] El Manual ¿Cómo las mujeres pueden hacerse un aborto con pastillas?”. Lo conocía de nombre y portada, se lo había escuchado a más de alguna durante las conversaciones que acompañan las últimas marchas feministas por el derecho a un aborto seguro. Lo leímos entero deteniéndonos en las indicaciones médicas y, cada tantas páginas, en las ilustraciones y la bondad de la escritura. Me sorprendió especialmente esto último, que contrastaba tanto con la frialdad de mis acercamientos ginecológicos previos. Alcancé a sonreír en medio de todo.

 

3.

El domingo, en medio de la Fiesta de la Primavera que se celebra en mi barrio, sentí por primera vez la sensación de náuseas. Era como si mi cuerpo hubiese esperado hasta entonces para comunicar su secreto pesar. Como nunca, volví a casa a recostarme. Ya sentía la hinchazón que dejaba tirante el botón de mis pantalones.

 

Lo estaba esperando casi en la esquina de Alameda con Santa Rosa. Tenía hora a la ginecóloga para las 9:45 y ya llevaba varias horas despierta para entonces. Tenía el estómago apretado y para pasar el rato compré un alfajor en el kiosco frente a la Clínica. Me corrijo: la verdad es que me parece un exceso llamarle clínica a un lugar que más bien parece un centro comercial, donde las “horas” médicas duran lo que una tarda en el probador de mujeres. Llegó disculpándose por el retraso, no había sido mucho, quizás diez minutos, pero fue tiempo suficiente para que comenzara a fantasear con la posibilidad de que no llegase, que decidiera no aparecer entonces ni al día siguiente. Me imaginaba yendo a buscar la plata en un sobre fuera de su departamento, imaginaba toparlo en la calle, quizás en algún congreso, aplaudirlo tras su ponencia y luego salir sin saludarlo. Pero no, llegó. Parecía no haber dormido. Me miró absorto, luego me abrazó fuerte buscando consuelo. Intercambiamos un par de palabras que no recuerdo, me tomó la mano y subimos al piso de ginecología. Había una larga fila de embarazadas, de vientres amplios y tobillos hinchados. Conversamos en la fila sobre un matrimonio al que había asistido, sobre México y unos amigos. Compré el bono de la Isapre de la que aún soy carga de mi madre y pensé como sería este proceso de no ser así.

La consulta fue corta, justo los quince minutos que señala el horario de la página web. La doctora preguntó mi nombre y edad sin levantar la mirada de la pantalla, luego al voltearse me preguntó qué es lo que me traía ahí, y creo que a pesar de haber ensayado varias veces la respuesta en mi cabeza, volví a preguntarme qué es lo que me traía esa mañana de fines de noviembre a verla a ella tal como he visto en mi vida a tantas y tantos otros ginecólogos. Le sonreí torpemente, le mentí que no me sentía muy bien y que pensé que podía tener un atraso, que probablemente también tenía un hongo. No estaba equivocada. Fuimos a la escalera para bajar al primer piso a tomarme el examen de sangre, pero antes de hacerlo, nos quedamos en ese espacio oscuro por donde se transita entre pisos. Nos quedamos suspendidos un momento sin subir y sin bajar. Nos miramos un buen rato, subí un escalón para quedar a su altura y nos abrazamos. Primero apretado, y luego cada vez más suave, más lento, nuestra respiración cada vez más acelerada. Nos besamos largo, nos tocamos harto, nos dañamos más.

Después de eso, sólo quedaban días de entremedio. Días que no parecían ser el camino más corto entre un punto y otro del calendario. Lo cierto es que los días no los alcancé a sentir tan largos, mas sí las noches. En mi vida me he caracterizado por tener un sueño cercano y profundo, lo que en general ha sido un buen aliado para evadir largos viajes en micro, noches de desamor e incluso conversaciones mediocres. El mismo sueño con el que me jactaba es el que comenzó a escasear estos días de ansiosa espera. Llegué  a despertarme a las cuatro y media, cinco de la mañana, sin volver a cerrar un ojo. En esas horas fantaseaba con días más claros y sobre los rostros de las mujeres que viajan sobre las olas[2]. No fueron desvelos culposos ni penosos. Recuerdo, más bien, pensar largamente sobre la idea del trauma, en que si esto debiese ser como me han dicho siempre, un trauma, en qué derecho sienten algunos por prescribir lo que se debiese sentir. “Esto no será un trauma” me dije una noche, no repetiría esta experiencia una y otra vez las próximas noches de mi vida. Me prometí cuidarme por mí, por los que quiero, por lo que falta e incluso, pensé, por mis futuros partos.

 

Me tomó menos de tres días saber cómo resolvería el acceso a las pastillas. Un par de llamados y unos cuantos mensajes de texto cifrados y colados de apuro. La respuesta fue próxima y la confianza también: como pocas veces, sentí esa compañía irrestricta, esa militante empatía, esa política afectiva. Porque la cosa es con ternura, compañera. Recuerdo ese encuentro con unas vecinas maravillosas. Fue una conversación tranquila, de miradas cómplices y risas comunes. Recuerdo cómo nos reímos esa noche, cómo encontramos un espacio para desobedecer la amargura y la prudencia. Leíamos una declaración del Colectivo Palos de Ciego contra el espectáculo del morbo y la televisión discapacitadora. Recuerdo cómo nos festinamos con esa idea de cómo algunos discapacitan la vida y otros abortan la Teletón. Alcancé a escribir en mi cuaderno el número de la ginecóloga para la ecografía y el de quien vendía las pastillas. Me dijeron el precio por la dosis de doce cápsulas de Misoprostol, me pareció caro y lo comenté, me dijeron que era el contacto que tenían y que era seguro. Asentí y partí.

 

7.

Llegado el día, había repasado ya varias veces el mantra de la programación: vestirme, encontrarnos fuera del Metro, hacerme la ecografía, almorzar, ir por las pastillas, comprar toallitas, volver a casa y empezar. Me lo repetí varias veces en el vagón, y a pesar de tener el estómago anudado, llegué a respirar tranquila por el cierre inminente. Por suerte que así fue, por suerte que no sabía que justo esa primera parte podría ser la peor parte. Porque lo peor no es nunca una misma, ni lo que ocurre con el propio cuerpo, sino con el de los demás: con los cuerpos médicos, legales e institucionales. Yo habría preferido entrar sola, pero él insistió en que quería entrar, le dije que no quería hacer el show de la pareja joven, en lo posible evitar toda conversación. Fue peor de lo esperado, quizás lo único peor habría sido una denuncia. El ginecólogo me preguntó por la fecha de mi última menstruación, apenas alcancé a titubear cuando comenzó con una larga letanía sobre mi edad, mi conciencia de lo que pasaba y las cinco semanas que cargaba.  Pasé a cambiarme mientras ellos mantenían una de esas conversaciones de empatía de género sobre la distracción de las mujeres con quien hacía en ese momento el papel de mi pareja. Me abrí de piernas y me concentré en respirar profundo mientras aquel médico escarbaba mi útero: no pasó mucho tiempo antes de que dijera lo único que habíamos venido a escuchar: no era un embarazo ectópico. Salimos de la consulta odiándolo cansados, en el fondo, salimos odiándonos también por haber llegado a este punto.

 

Sacamos la plata del cajero antes de subir a encontrarnos con el contacto de las pastillas, habíamos decidido repartirnos todos los gastos y trastos involucrados. Por teléfono me había dicho que era un hombre robusto de mediana edad, acordamos encontrarnos fuera de un supermercado en La Florida, tenía voz de profesor de religión: cálida y dulce. Me explicó todo el procedimiento mientras veíamos el estacionamiento atestado de autos nuevos. Luego me diría que al verme llegar pensó que era menor, casi escolar, yo le dije que eso les pasa a todos la primera vez que me ven. Fueron casi treinta minutos, más que cualquiera de las otras consultas médicas; me miró a los ojos mientras me hablaba, me aconsejó estar bien acompañada y comer liviano. En el sobre de las pastillas me dejó un instructivo artesanal que leí mientras viajaba en la Línea 5 de vuelta a casa.

 

9.

No tardaron en llegar mis amigas. Justo nos habíamos sentado a conversar una vez más sobre lo que se venía cuando tocaron el timbre. Le agradecí su compañía y le pedí que partiera, tal como habíamos acordado. Desistió un momento antes de cerrar la puerta, le dije que podría venir a verme al día siguiente. Sigo pensando que fue la mejor decisión. Nos sentamos con mi amiga en los escalones de la entrada, bajo ese calorcito antes del atardecer, y me puse las primeras cuatro pastillas bajo la lengua. Llegó la otra y tomamos una suerte de once, de última once, porque en Chile el hogar es donde se termina el día tomando once. Fue un poco más de lo necesario, un exceso que no tardaría mucho en hacerse notar. No alcancé a arrepentirme de la palta, ni de las galletas, la verdad es que no me arrepiento de nada. En un momento ya necesité recostarme al sentir mi vientre tomado: fue entonces que apreté los dientes y no llegué a soltarlos sino hasta seis horas más tarde cuando ya pude quedarme dormida. No es mucho lo que puedo decir de aquella noche, más que evocar la sensación de una contorsión absoluta, de mi cuerpo estrujado entre las sábanas. Bastante más podrían decir mis compañeras que me contuvieron frente al vértigo de esa noche de primero de diciembre, me tomaron la mano, regularon los tiempos entre cada dosis y me dijeron, incluso a pesar de su propio nerviosismo, que todo saldría bien. Que a pesar de saber que no contábamos con ayuda médica, si algo fallaba íbamos a estar bien. Y así fue.

 

A la mañana siguiente apenas quedaban huellas de lo vivido. Abrí los ojos y vi la espalda de una de ellas durmiendo en un colchón al costado de mi cama, vi los sobres de las pastillas en mi escritorio y unas tazas de café sin terminar que imagino las ayudaron a mantener la vigilia. Tenía recuerdos difusos de cómo había acabado todo, pero me sentía bien. Liberé al fin toda la respiración aguantada durante la última semana. Exhalé. Lo llamé para decirle que amanecí bien, que lo esperaba al desayuno.

 

11.

Nuevamente la espera. Faltaban diecisiete días para hacerme la ecografía con que acabaría todo. Días que partieron con un flujo profuso y continuo de algo que sabía era más que el fin de un ciclo menstrual, de algo que marcaba el fin de otro ciclo. Pasaron casi tres días antes de sentir que había desalojado algo, me tenía nerviosa la expectativa constante. Una noche en bicicleta, de regreso a casa, lo sentí. Al llegar, corroboré sentada en el baño que ahí estaba esa pequeña forma informe de lo que no fue, de lo que no fui. No alcanzaba a tener el tamaño de una uva pequeña.

12.

A pesar de aquel hallazgo, las náuseas siguieron y la ansiedad también. No aguanté la espera para la hora que había tomado con la ginecóloga que me recomendaron. Comencé a llamar a distintos lugares para hacerme una ecografía cuanto antes. Él también ayudó con esto, aunque sin entender mucho el apuro. Nos seguimos viendo esos días, conversando y acariciándonos bastante para paliar los silencios de la espera mientras recordábamos la presencia de lo que fuimos. Vacilábamos entre las ganas de hablar de lo que fuera, de lo que queda, y de abrazarnos con una mezcla de ternura y temor. Finalmente, encontramos una hora. Faltaba menos de una semana pero no podía seguir esperando: de eso sí me arrepiento. Llegué pedaleando, era justo mi hora de almuerzo. Pasé, pagué y me senté en la breve sala de espera donde aguardaban otras mujeres, todas probablemente ocupando sus horarios de colación para acudir al médico. Mientras esperaba mi turno y su llegada, divagaba sobre lo que harían esas mujeres de trajes de dos piezas que no apartaban la mirada del reloj colgado al centro de la sala. Me las imaginé desfundando sus cosmetiqueros, sentadas en el vagón del Metro en pleno horario punta para proceder con ese ritual sin tiempo ni lugar en que se miran a los ojos en esos espejos circulares y se curvan las pestañas con cucharitas de té, para luego delinearse, pintarse y empolvarse antes de llegar al cambio de estación. Esos intersticios del tiempo que tan bien saben copar las mujeres trabajadoras. Él alcanzó a llegar antes de que me llamaran a pasar. Me asusté, no me había preparado lo suficiente para responder preguntas sin respuestas ni dar falsas explicaciones. Me enredé con una historia mal contada sobre el mal uso de un anillo anticonceptivo, algo de un atraso y un balbuceo más. El médico no me creyó nada, me pidió la orden médica, le dije que no tenía, me preguntó por el nombre de mi ginecóloga, le dije que no tenía tampoco. Mientras me examinaba me dijo que no me explicaría los resultados de la eco, que no le correspondía, que se los pidiera a otro en su consulta. Me dijo también que no era posible que estuviera haciéndome exámenes sin acompañamiento médico. La verdad es que yo pensaba lo mismo y no supe qué más decirle. Pasé al baño a cambiarme, cuando de pronto me invadió un estremecimiento oscuro. Me lo imaginé revisando mi expediente, atando un par de cabos, consultando algo con su colega y luego llamando a los pacos para denunciarme por un intento de aborto. Pensé en salir corriendo, pensé en que había dado todos mis datos, pensé en mis padres, pensé en el rostro de aquella joven que por la televisión supe que la habían detenido en el mismo hospital donde llegó a ser atendida por la hemorragia de un futuro tachado. “No hay pruebas” alcancé a decirme, “no hay forma de que puedan probar que ingerí esas doce pastillas de Misoprostol”. Recibí el sobre con los resultados en manos de la secretaria y nos fuimos.

No sabíamos qué pensar de los resultados. Cotejamos algunas palabras en internet y vimos que las imágenes no mostraban mucho, pero se colaba en el documento la orden para un examen de sangre por posible embarazo que no supimos interpretar. Recuerdo llorar con la mochila aún puesta en el sillón de su casa. Apenas llegué a la siguiente consulta. Durante todo este tiempo no había dejado de trabajar, de mis cercanos casi nadie sabía; lo cierto es que nadie sabía salvo los involucrados, nadie más entendía qué era lo que me tenía con la mirada nublada. Había decidido seguir como si nada, seguir con mis horarios y tareas. Vivir una esquizofrenia cotidiana que me mantuvo pedaleando hasta el final. Llegado el día, nos encontramos en la esquina para caminar juntos esas cuadras hasta el centro de salud. Mientras avanzábamos, le expliqué que a ella me la habían recomendado porque era una ginecóloga distinta, creo que utilicé la palabra militante, me hacía sentir tan segura pensarlo así. Todo lo que quería es que ella me mirara a los ojos y me dijera que todo estaba bien, que se había acabado, que no quedaban vestigios. Y eso fue lo que hizo. No dejó de sonreírme tranquila mientras pasaba la sonda por mi útero, no dejó de mirarme a los ojos para decirme, sin poder decirlo, que ya no hacían falta más esperas ni miedos ni mentiras. No podría creerlo, deseé que no estuviese el paramédico para poder abrazarla, darle las gracias y decirle que la había estado esperando todo este tiempo.

Salí a encontrarlo en la sala de espera y le sonreí como no había sido capaz de hacerlo durante todos esos días. Él me sonrío de vuelta.

 

 

Mi aborto duró casi un mes. Podría haber sido menos, podría haber sido tanto más. Hoy escribo para agradecer, hoy escribo por mí y por todas las mujeres que han luchado para que hoy yo pueda seguir viviendo, creando y pariendo otros futuros. Son estas situaciones las que en general fuerzan el repliegue de una intimidad que nos hacen creer que es privada. Pero la intimidad, sabemos bien, no es nunca privada, no es nunca aislada, sino necesariamente histórica y situada, siempre campo de batalla. Mi experiencia evidencia los trazos de las luchas ganadas y de las luchas pendientes, deja al descubierto cuánto hemos avanzado en una autonomía que no se mide en el acceso a pastillas, sino en la seguridad de que de todas depende parirnos libremente. Para mi tranquilidad, yo no estuve sola. Y no lo digo por quienes me acompañaron esos días, a quienes les debo lo indecible; lo digo, más bien, porque alcancé a sentirme parte de un oleaje del que no era la primera ni la última. Porque hemos sido tantas y porque seremos tantas más, porque nos hemos dañado y muerto, porque nos han encarcelado, porque ya no podemos, porque ya no queremos, seguir esperando permisos condicionados que nos victimizan. Yo no estuve sola y no dejaré que otras lo estén, yo no fui una víctima y no dejaré que otras lo sean.

 

21 de febrero de 2015

[1] Línea Aborto Libre “es una estrategia de Lesbianas y Feministas que sostiene diferentes herramientas para la entrega de información segura sobre aborto con medicamentos hasta las 12 semanas de gestación y para la defensa de las mujeres en el caso de verse enfrentadas a situaciones de violencia cultural, médica y/o policial” http://infoabortochile.org/

[2] Mujeres sobre las Olas (Woman on Waves) “es una organización no lucrativa involucrada con los derechos humanos de las mujeres fundada en 1999. Con un barco, puede proveer anticonceptivos, información, entrenamiento, talleres y abortos seguros y legales fuera de aguas territoriales donde el aborto es ilegal.” http://www.womenonwaves.org/