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Un país sin abortos clandestinos es la consigna que en este Día Internacional de las Mujeres levantamos quienes por décadas luchamos en el país por nuestros derechos y libertades en igualdad, y que como la Articulación Feminista por la Libertad de Decidir, fuimos gestoras y herederas del Pildorazo 2008.

El contexto que rodea esta fecha hoy en Chile es sombrío y abrumador. La cultura capitalista neoliberal invadió las neuronas, los torrentes sanguíneos y los deseos de crecientes sectores de la población. Esta colonización de las mentes y los corazones alcanzó su mayor fuerza en integrantes de partidos de diversos signos, cuyas desmedidas ansias de dinero y poder patriarcal expulsaron de la escena a la ética en forma brutal. Generando en el pueblo un clima rabioso, pasible de aplacarse en la construcción de nuevas certidumbres que repongan el valor de la solidaridad, la cooperación, el conocimiento y la sencillez. Ello implica trabajar sobre los deseos; desear desde otras bases y de otra manera.

La crisis del liderazgo nacional maternalista gatillada por el maridaje negocio-política, no logró remontar en autenticidad y vigencia, pese al evento de ONU Mujeres. Este sorprendió por su escasa capacidad de movilización nacional, y dejó a las ciudadanas de a pie sin una percepción de avances sustantivos hacia la apropiación de poder sobre sus cuerpos y proyectos de vida. Se subrayó la legitimidad de las decisiones de las mujeres referidas a su salud, sus derechos y su dignidad, pero, se las adecuó artificiosamente a la propuesta programática del Ejecutivo sobre aborto, que como sabemos, se reduce a tres dramáticas e infrecuentes causales: peligro de vida de la mujer, inviabilidad fetal post parto y violación. Se omitió mencionar los problemas socioeconómicos y culturales, determinantes de la inmensa mayoría de los abortos en Chile –algo así como cien mil– y admitidos en las legislaciones de todos los países que sobresalen por sus indicadores de desarrollo económico y humano.

Son preocupantes para las feministas planteamientos oficiales poco claros. Si bien se instalan en coordenadas diferentes a las de posiciones conservadoras y anti derechos ya conocidas de los sectores derechistas y de iglesias, trastocan conceptos, pervirtiendo sus significados y transformándolos en artificios. La libertad de decidir es uno de ellos.

¿Quién decide y qué es lo que decide respecto del aborto, en cada caso? El proyecto de la Presidenta excluyó de sus beneficios a más del 90% de las mujeres que abortan. Ella y su entorno decidieron que muchas mujeres no decidan. Más aún, los problemas que admite el proyecto de ley en discusión, requieren del visado médico para hacer viable la interrupción del embarazo. ¿Qué alcance tiene entonces la libertad de decidir de las mujeres? ¿Qué significado tienen los derechos sexuales y reproductivos de éstas? ¿Es que libertad y derechos admitirían recortes cuando los motivos no son sanitarios sino problemas socioeconómicos y culturales? ¿Cómo se entiende la indivisibilidad de los derechos?

Contribuir al poder de las mujeres exige un lenguaje sin ambigüedades, que transparente las bases de la hegemonía en el sistema sexo/género, que esclarezca que la maternidad no es el destino inexorable de la mujeres, que nombre y entienda la paridad como tal, que reconozca y valore por igual el trabajo remunerado y no remunerado, que alerte acerca de los mitos subordinadores que recrea el patriarcado capitalista.

Ejemplo de este acecho patriarcal ha sido la vorágine fílmica de las sombras, que mediante una engañosa sexualización romántica convoca a las mujeres a retrotraerse al rol de objeto sumiso, prometiéndoles goce en la violencia sexual. La fascistización del mito del amor romántico que instala la mediática película, refleja los renovados recursos de los dispositivos culturales de control patriarcal. El mercado y los medios reforzando barreras frente a eventuales avances de las mujeres hacia la democratización del poder sexual.

Los cambios económicos, sociales, culturales, políticos y jurídicos necesarios para asegurar la justicia de género son profundos. Exigen canalizar la rabia, reeducar los deseos, transformar subjetividades, encender los ánimos transformadores. El panorama país en este 8 de marzo, hace más urgente revitalizar los esfuerzos por dar continuidad al aletargado proceso constituyente, asegurando una Asamblea Constituyente paritaria que abra espacio a nuestra agenda emancipadora feminista, anclada en el poder soberano del pueblo y entrelazada con las demandas y propuestas de los sectores históricamente excluidos del poder.