lentes AllendeDurante enero, El Mostrador publicó una columna de opinión de Fernando Mires en la que se cuestiona una idea puesta en circulación por grupos de izquierda chilena y venezolana. La idea, expuesta también por Rafael Correa en la última reunión de CELAC, se puede resumir en los siguientes términos: el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela es objeto de un boicot económico similar del que fue objeto el gobierno de Salvador Allende en Chile. Para su defensa, envié una versión (algo más optimista) de este mismo texto a aquel medio, pero no fue publicada. El Mostrador no ha publicado textos muy optimistas sobre Venezuela. Por lo demás, tras conocer más interpretaciones sobre los últimos acontecimientos en Venezuela, mi opinión ha cambiado respecto de un tema en particular: el sentido de cierta parte del discurso actual de Maduro.

También apareció en La Tercera una opinión de Oscar Guillermo Garretón, criticando la misma analogía por considerarla “una afrenta”. Valga mencionar que la izquierda tradicional chilena ha criticado, casi en su totalidad, el actuar del gobierno venezolano luego de la detención y posterior encarcelamiento de Ledezma.

La problemática es sabrosa, porque nos enfrenta a nuestros mitos, prejuicios y ambigüedades como izquierda. ¿Cómo juzgar a Venezuela? Hay quienes piensan que no podemos actuar con medias tintas, sino resueltamente a favor, dado que después de décadas de inactividad, Venezuela representa un proceso revolucionario real en el mundo, o por lo menos cumple una función irreductible para que este suceda en América Latina. Para otros, Venezuela no representa —e incluso nunca representó— revolución alguna, sino un mero gobierno populista de discurso un tanto vintage del cual la izquierda del siglo que comienza se debe desarropar.

 

Una analogía adecuada

La información y las opiniones que han aparecido en los medios nacionales han sido particularmente sesgadas. Mires, historiador que escribe en El Mostrador, sostiene que no se pueden comparar dos situaciones como la chilena y venezolana, porque “ni Maduro es Allende (le falta todo para serlo), ni el PSUV es la UP, ni Venezuela es Chile”. Todo pertenece a una mera “analogía que, como toda analogía, es falsa”. La opinión de O.G. Garretón en La Tercerra, menos rimbombante, parece un juicio político puro y duro, pero también termina cayendo en exageraciones, como que el mandatario socialista venezolano “no califica como heredero de Allende [sino que] los más cercanos herederos de este último, como lo muestra la prensa (sic), están con López y Ledesma (sic)”.

De ambos, lo de Mires es evidentemente erróneo. No hay “analogías verdaderas o falsas”, sino “analogías adecuadas o inadecuadas” en vista de si dos fenómenos referidos en un argumento son similares en aspectos, por decirlo así, causalmente relevantes. Los argumentos no son verdaderos o falsos, de lo que se deriva que tampoco pueden haber argumentos por analogía verdaderos o falsos. Pero hay algo más substancial que se olvida en cada juicio contra Venezuela, y es que tanto Allende como Maduro han encabezado gobiernos legítimos, electos democráticamente. Si bien es cierto que Allende “duró sólo tres años” —como nos lo recuerda Mires— mientras el PSUV lleva más de quince, la legitimidad democrática se obtiene, por lo menos, a través del apoyo popular o su derivado en las urnas, y si el PSUV lleva más de quince años gobernando es debido a que han sido electos sus candidatos. Cuando se ganan elecciones, no interesa si gana el candidato que decidió “el dedazo de algún líder con el poder personal suficiente”, como sostiene O. G. Garretón. Por lo demás, cabe recordar que Salvador Allende, el candidato designado “por una coalición que reconoció su liderazgo popular”, que nunca dejó de ser un “frente político amplio y democrático”, y que gobernó sólo tres años, aunque mantuvo su popularidad a lo largo de su gobierno, obtuvo sólo un tercio de los votos en 1970. Maduro superó la mitad en 2013.

Otra opinión de Mires sostiene que en Venezuela se concreta “la totalitaria idea de fundar un Partido Único” (sic). Cualquiera que lea las noticias, sabe que no existe tal régimen de partido único: pueden existir todos los partidos que se quieran fundar, además del PSUV, ya “rojo hasta el hastío”. Fuera de esa peculiar forma de comprender el totalitarismo, el multipartidismo ha estado presente en ambos procesos.

Pero todavía otros hechos, según los autores, “develan” la existencia de un gobierno totalitario en Venezuela. Uno es la inexistencia de independencia entre los poderes del Estado. “¿Cómo comparar [al gobierno de Maduro con] un periodo como el de Allende —pregunta Mires— en el cual los tres poderes del Estado no solo mantuvieron su autonomía sino además (sic) se prestaron, como el Poder Judicial, al juego de la oposición?”. O.G. Garretón, agrega que tampoco  hay independencia de las FF.AA., dado que “el gobierno está imbricado con ellas y se ha buscado sistemáticamente comprometerlas más y más con la ‘revolución bolivariana’”. Ambas ideas sorprenden, en tanto que derivan de una idea muy abstracta, alta y pura de las instituciones mencionadas, olvidando que la justicia en el Chile de Allende “se prestó al juego de la oposición” (Mires), y que fueron “las FF.AA encabezadas por el Comandante en Jefe del Ejército las que dieron un golpe cruento” (O.G. Garretón). En marxistés: olvidando su carácter de clase.

Otra idea que se ha repetido ad nauseam desde que Capriles la enunció, es la de que la oposición venezolana es guardiana de la democracia, e incluso que su símil nacional sería la ex-Concertación. Pensemos que Nicolás Maduro es un tirano; ni así, la oposición es tan democrática. Nada se compara a la violencia inducida en venezolana por la oposición, con excepción de la violencia inducida en el Chile de Allende. Tampoco el hecho de que “cinco partidos de la oposición [venezolana] sean miembros activos de la Internacional Socialista” —como recuerda Mires— significa mucho. En la ex-Concertación había tres; pero a esa internacional pertenecen algunos partidos que a pocos cabría presentar como socialistas: PSOE, PASOK, PRI, etc.

 

Una analogía crítica

Lo dicho, muestra cómo ciertos progresistas que hablan contra Venezuela, caen en el mismo maniqueísmo que critican. Hablar en contra de Maduro termina generalmente por ser una defensa de la oposición, contra la cual ni por descuido deslizan una crítica. Esto no implica que, del otro lado, la analogía Allende-Maduro deba formar parte de una batería irreflexiva de “argumentos” en defensa corporativa del gobierno de Venezuela, sólo porque Allende despierta reminiscencias positivas.

Si hay algo que podemos y debemos rescatar de la analogía, es la crítica a falta de visión económica de ambos procesos.

Como sabemos, de un tiempo a esta parte Venezuela ha venido sufriendo las consecuencias de un sistema dependiente de la renta petrolera. La falta de una adecuada política de inversiones orientada al crecimiento, ha arrastrado al país caribeño a una situación de precariedad donde no sólo hay empobrecimiento de capas medias, sino que principalmente de sectores vulnerables que antes habían salido de la pobreza. Así lo indica la CEPAL: en 2013 la tasa de pobreza aumentó de un 25,4% a un 32,1%, y la tasa de indigencia bordea el 10%, revirtiendo la reducción de 7% de pobreza lograda por las política redistributivas de Chávez (desde 30,5% en 2003 a 23,4% en 2006), y empeorando más que el resto de América Latina, donde la reducción de la pobreza sólo se estancó (cf. CEPAL, 2014).

Allende también había logrado aumentar el salario real de los trabajadores, por lo menos hasta 1972, año desde el cual la situación empeoró llegando a niveles críticos de inflación y desabastecimiento. Así lo expresa el ex-ministro de economía de Allende, José Cademartori, en su más reciente libro:

[En el Gobierno Popular] se descuidaron los equilibrios macroeconómicos. Las importaciones excedieron nuestra capacidad para importar, la que se redujo por factores externos al país. La emisión monetaria fue excesiva y el déficit fiscal creció desmesuradamente. Hubo reajustes de remuneraciones que superaban la capacidad de las empresas [etc.] (Cademartori et. al, 2014: 202).

Sabemos, además, que en Chile la estrategia fue planeada para generar un clima de desabastecimiento. La derecha chilena, con financiamiento de EEUU, conspiró mediante la acción de los gremios, el bodegaje, la especulación, el mercado negro y el sabotaje. A esto se le sumó uno de los efectos del “ambiente de desabastecimiento”: habiendo en Chile más poder de compra para la población, los comerciantes tendían a sugerir comprar más de lo debido porque luego no iba a haber (cf. Corvalán, 2003), fenómeno que los venezolanos han llamado “compras nerviosas”, motivadas por las cadenas distribuidoras —de tendencia opositora— y los medios de privados.

Algo que diferencia a Allende de Maduro, a quien no han podido derrocar, es que este último tiene la posibilidad y la necesidad histórica de probar una alternativa económica que ayude a apuntalar el proceso social y su sistema económico. El petróleo no puede seguir cumpliendo un rol tan importante en el gasto fiscal. La baja de sobre el 50% del precio del crudo (la más prolongada en 20 años), la indisposición de la OPEP y Arabia Saudita a bajar la producción, la disminución de la demanda europea y china, el negocio del petróleo de esquistos bituminosos, y el progresivo cambio en curso de la matriz energética global, hace difícil pensar en una recuperación total de los altos precios que el petróleo alcanzó durante la década pasada.

 

Un problema concreto

No obstante lo anterior, lo más preocupante en Venezuela es ajeno a la economía y cae fuera de cualquier analogía con Chile. El chavismo debe mantener el sentido de un relato democrático para su gobierno. El sentido, porque cada logro del proceso debe poder ser adecuadamente contrastado para su defensa; y elcarácter democrático del sentido, porque es condición del socialismo. En periodos como el nuestro, donde ‘la carga de la prueba’ recae en quienes deseamos re-pensar el socialismo, el mayor de los desafíos es mantener el sentido de los nuevos relatos.

La idea de un ‘golpe continuado’ atribuido a la oposición venezolana por parte del PSUV, atenta contra el mantenimiento del sentido democrático del relato transformador del gobierno de Maduro.

El relato del golpismo continuado es distinto a un argumento de golpe de Estado. El argumento de golpe es natural y comprensible, incluso si se está equivocado. El relato del golpismo continuado, no. Un golpe de Estado es, por definición, episódico: decimos que estamos en presencia de un golpe cuando un evento dentro de la vida política de una sociedad, genera un cambio radical de gobierno o de tipo de Estado. Por esto, la relación metafórica entre estos acontecimientos sociales y los “golpes” como fenómenos físicos, tiene pleno sentido. Un golpe de estado, un golpe de timón, un golpe de suerte, un golpe de calor: todas estas expresiones forman una familia de metáforas con sentido. Cuando decimos que estamos en presencia de un “golpe continuado”, la metáfora lo pierde. En otras palabras, un golpe continuado es tan sin-sentido como expresar: “he martillado un clavo nueve veces de una sola vez”. El entrecomillado no significa nada a menos que el verbo “martillar” se ocupe de una manera totalmente diferente de la manera corriente.

¿En qué sentido se ocupa, entonces, la palabra “golpe” en el relato del golpe continuado? Creo que hay, por lo menos, tres sentidos que se pueden aducir a dicho uso.

Uno de ellos, es que no hay “un solo golpe”, sino muchos; por decirlo así, un enjambre. Los estudiosos de las teorías conspirativas venezolanas afirman que el gobierno ha acusado por lo menos nueve intentos de golpe (más otros de magnicidio). El problema de una teoría del enjambre es que designaría un fenómeno discontinuo, a menos que se pruebe una coordinación entre cada uno de los nueve intentos. Si no está, la paranoia no es justificación racional para la instalación de una coerción institucional.

Otro sentido del uso de “golpe continuado” es el de un “golpismo intrínseco” de la oposición venezolana. Esto es arbitrario. No se puede evaluar meras intenciones. La flagrancia de un argumentum ad hominem en este caso, no permite mantener el sentido del relato dentro de un marco de justificación racional.

Por último, podríamos aducir la expresión “golpe continuado” a una interpretación popular de la idea de lucha de clases. Esta alternativa quizás sea la más convincente de todas para un militante de izquierdas. La lucha de clases es un fenómeno continuado, subyacente, y se evidencia episódicamente. No es un producto individualizable de una situación productiva en particular, sino una condición social de la misma. Si todo esto fuera cierto, valdría la pena decir dos cosas. Primero, el relato, en estos términos, lo abarca todo: no tiene sentido sostener que un hecho del presente es expresión plena de la lucha de clases. Todo uso de este tipo de afirmaciones tiene una cuota de arbitrariedad y abuso. Segundo, de ser cierta, bloquearía la posibilidad de un “golpismo de clase”, dado que el marxismo no endilga intenciones conspirativas a clases sociales, lo cual nos devuelve a la necesidad de probar via empírica cada intento de golpe. Por esta razón, la idea de un golpismo continuado como traducción popular de la lucha de clases es, cuando menos, una interpretación errada y esotérica.

No veo cómo resolver el problema del sentido, sospecho, porque la idea de un “golpe continuado” es absurda. Sólo su erradicación podrá permitir que los socialistas venezolanos se puedan comprometer con la democracia en su sentido más genuino, en su sentido popular. Sólo de excluirla, Venezuela puede optar a obtener el crédito de quienes juzguen sin sesgo el proceso de cambios que encabezan a nivel nacional e internacional.

 

Textos citados

  • Cademartori, José; Correa, Felipe; y Cademartori, Jan (2014) La humanidad sobrante, Ed. U. de Santiago
  • CEPAL (2014) Panorama Social de América Latina, Ed. ECLAC
  • Corvalán L. Luis (2003) El Gobierno de Salvador Allende, Ed. LOM
  • Larraín, Felipe; y Meller, Patricio (1990) “La experiencia socialista- Populista chilena: La Unidad Popular, 1970-1973”, en Cuadernos de Economía, Año 27, Nº 82, Págs. 339-340