Especialdiamujer

Este domingo 8 de marzo conmemoramos, un año más, el día internacional de las mujeres.  Sin embargo, dicha conmemoración se encuentra bajo el manto gris del Chile forjado en dictadura y legitimado en la transición, que ha teñido a la democracia chilena de colusiones, cohecho, fraude, tráfico de influencias, formalizaciones e intereses cruzados, donde las elites con su poder de clase colonizaron transversalmente a la política, gozando por mucho tiempo de la más amplia impunidad y defensa cerrada de sus intereses. La concentración del poder político y económico en las mismas manos es grosera y condenable, no sólo ha saqueado al Estado sino que además ha profundizado una escandalosa desigualdad social.

Este espectáculo de partidos, artimañas y negociaciones ha puesto a la democracia representativa-liberal contra la pared, al haber sido herramienta para la administración de “la medida de posible”, que no fue más que una democracia excluyente y autoritaria que se tomó el lugar universal de lo público.

La lucha por la superación de la desigualdad ha dado a los feminismos la capacidad de plantear la pregunta sobre la radicalización de la democracia, cuestionando precisamente los pensamientos únicos y expresando las diferentes formas de subordinación y exclusión que se vive en lo público y lo privado.

En este marco se preguntarán qué tiene que ver todo esto con el día de las mujeres. Tiene absolutamente todo que ver. La lucha histórica de los feminismos y del movimiento de mujeres ha sido, en esencia, por la democracia, interrogándola y ampliándola. El ideario neoliberal y patriarcal han sido compatibles en la supresión de la política, definiendo el control total de las diferentes esferas del poder: económico, social y cultural, dominando sin mayor contrapeso y reduciendo a la democracia a una asfixiante y ficticia “igualdad de oportunidades”. El Neoliberalismo ha permitido la profundización de la tradición neoconservadora y neoligárquica del país, convirtiéndose en la política misma, capaz de desmontar cualquier capacidad de organización de lo social por mejores condiciones de vida. Y en este contexto, la lucha por la superación de la desigualdad ha dado a los feminismos la capacidad de plantear la pregunta sobre la radicalización de la democracia, cuestionando precisamente los pensamientos únicos y expresando las diferentes formas de subordinación y exclusión que se vive en lo público y lo privado. Hoy lo vemos claramente manifestado en cómo la autonomía de la mujer está en juego en el proyecto de aborto por tres causales, cuyo contenido parece ser discutido a espaldas de los movimientos de mujeres que han levantado dicha demanda y  entregándole exclusivamente a los médicos una decisión de este calibre y a la vez poniendo bajo sospecha la causal de violación. Y esto no es menor ya que se trata de ir recuperando soberanía sobre nuestras vidas. El proyecto de ley del gobierno es insuficiente pero en la medida que garantice el derecho a decidir, que despenalice y legalice será un indudable avance para los feminismos, un avance por nosotras conquistado.

Por todo lo anterior y ad portas del 8 de marzo es vital que tomemos las banderas de la democracia desde el aporte de las mujeres, para así aspirar  a un país que sea democráticamente fuerte. La democracia radicalizada es el espacio donde la sociedad defiende sus derechos de los  agravios, exclusiones y opresiones como de la misma corrupción. Una democracia que nos permita la redistribución del poder para así evitar la dominación de individuos o grupos que se imponen sobre la mayoría.

En esta línea, tenemos la convicción de que este 8 de marzo debemos seguir luchando, como históricamente lo hemos hecho las mujeres y los feminismos y que en palabras de Rosa Luxemburgo se traduce en la aspiración  por “la ampliación de la democracia que produzca la intervención en la vida pública a masas de la población que nunca habían sido partícipes de su destino”.

Valentina Saavedra es Presidenta FECH

Cecilia Moreno es del Núcleo Feminista Izquierda Autónoma.