Es que Bukowski es la incorrección narrativa, es el anti-narrador porque excede ex profeso, los cánones y prescripciones gramaticales. Sus prosas y versos son rabiosos, sarcásticos, escatológicos. “Pulp” su última novela, escrita poco antes de morir, está dedicada “a la mala escritura”, pero Pulp también hace referencia a un tipo de encuadernación de consumo popular, rústica y con hojas amarillentas de mala calidad, una especie de comic de lectura ágil.

El autor, vagabundo y dueño de una obra insultante, periférica y desprejuiciada (espontánea, cruel y explícita podríamos decir) narra sobre mujeres, alcoholismo, carreras de caballos y puteadas, sin apego a nada ni a nadie y por momentos agónica. Sumergido en una botella con una máquina de escribir a cuestas se burla a tiempo completo de la sociedad que ensalza campeones de papel.

Sus poemas cargados de dolor se preguntan y nos preguntan (a su modo tan particular) por las cuestiones más radicales, aquellas fundantes del hombre y de la cultura pero sin la solemnidad de los doctos, las academias o las teologías, sino como lo hacen quienes atrincherados en la barra de un bar de mala muerte, son sorprendidos por las luces de un nuevo día.

Tal vez, su vida y obra son el resultado natural de una infancia y una adolescencia cargadas de violencia domestica y ausencias. Se convirtió en un escritor serial (antes en un lector voraz), prolífico y (se dice) que en este oficio encontraba cierto alivio a sus carencias existenciales. No lo sabemos pero es bonito pensarlo: un exiliado de su entorno y de si mismo que se refugia en las palabras.

Muchos años después como todo lo disruptivo también se convirtió en un cliché, en una pose para jóvenes aspirantes a estrella de rock. Una “remera” más de la que se escriben aún hoy decenas y decenas de ensayos, todos presentándolo como una rareza literaria y casi siempre aconsejando leerlo de corrido, sin esmero analítico. Un caos narrativo rechazado de plano por las maestras de lengua y literatura que aún se pasean por los pasillos de nuestro sistema educativo, viciadas de normalísimo, a Bukowski ni siquiera lo considerarían escritor ni un poeta.

Francamente el tipo es un perdedor y “un viejo indecente” parafraseando una de sus obras y nos preguntamos casi a viva voz entonces ¿qué nos invita a leerlo, a re-descubrirlo?

Francamente el tipo es un perdedor y “un viejo indecente” parafraseando una de sus obras y nos preguntamos casi a viva voz entonces ¿qué nos invita a leerlo, a re-descubrirlo?

Tal vez, apurando una respuesta acertada, el motivo sea lo ruin del mercado editorial actual, que luego de exprimir la categoría “best seller” muta hacia el cine horneando débiles narrativas al calor del impacto publicitario. Este tipo del que hablamos hoy escribe sobre sí mismo sin fanatismos ni vergüenzas, sin maquillaje y de cara al espejo.

En ese caso quizá sea necesario releer a un hombre sombrío que desafió la gramática, la estilística y en no pocas ocasiones el buen gusto. Un poeta al que muchos citan y muy pocos leen de verdad.

Escribió intempestivamente como quien odia sus recuerdos, así es la literatura “del cartero”, un cachetazo tras otro, versos ebrios, sin rimas y cargados de melancolía. En su poema Todo, dice como en una plegaria “… los muertos no me necesitan. Ni lo vivos”, y de la misma manera afirmará no creer haber escrito ni un solo poema completamente sobrio. Uno de los tantos artículos sobre aquella figura desgreñada y en constante decadencia cuenta que presentaba (diariamente) una cara dolorosamente viva y como todo perdedor consciente de aquello pensó en el suicidio, vivió en pocilgas y como sus versos no le mataban el hambre ni le alcanzaba para su empecinada borrachera vagaba literalmente de un trabajo mediocre a otro, así que siendo aún empleado (suplente) del servicio postal escribió Cartero, en 1971 que originalmente se tituló Post Office, lo que se supone es una novela pseudo-autobiográfica, pero que también era una semblanza de aquellos estadounidenses que no acariciaron el sueño americano.

Recién a los cincuenta años pudo vivir de la escritura y actualmente es traducido a decenas de idiomas. A pesar de haberse convertido en un mito viviente, jamás cambió sus malos hábitos y él mismo llegó a definirse en una entrevista de la siguiente manera: “….algunos me han llamado el más grande poeta de Estados Unidos. Mis amigos solo me llaman Hank (…) me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos y los destinos rotos. También me gustan las mujeres viles, con las medias caídas y arrugadas y con maquillaje barato. Me gustan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre los marginados porque soy un marginado…”, es así como Charles Bukowski (Hank) ocupa un lugar de privilegio entre los poetas malditos.

*Valentín Ibarra, estudiante de la Licenciatura en Filosofía, Universidad Autónoma de Entre Ríos (Uader).

Enlace original: http://www.aimdigital.com.ar/2015/03/07/sobre-charles-bukowski-letras-y-copas/