Joan de AlcazarNecesitamos de forma urgente que llegue el día de las elecciones. Hay que votar para saber qué quieren los ciudadanos o, mejor, para saber cuántos están dispuestos a dar su apoyo a esta forma en la que estamos funcionando políticamente, y cuántos se oponen y quieren que se haga de forma distinta. Hay, pues, dos opciones en pugna: seguir o cambiar, mantener el rumbo o virar a babor; y esas elecciones próximas tienen que dirimir si realmente son mayoría quienes están hastiados, asqueados y resueltos a expulsar al Partido Popular del gobierno de las instituciones políticas.

Estos últimos años están siendo duros, y no me refiero ahora a la crisis económica, sino al clima social en el que estamos viviendo. En este tiempo, el debate político y partidario se corresponde perfectamente con aquella conocida idea marxiana, según la cual partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de miseria.

El Partido Popular ha sustentado y sustenta gobiernos que han sido y son una pesadilla para la mayoría de los ciudadanos, incluidos una buena parte de quienes votaron por él. No se trata de que haya resultado un partido conservador hasta ser reaccionario; ni siquiera de que haya desarrollado una política siempre orientada a favorecer los intereses privados por encima de los públicos. Ha sido mucho peor, se ha convertido en el mayor y más potente agente corruptor de esta sociedad. Porque la corrupción no ha resultado exclusivamente un problema de naturaleza económica, sino que ha significado algo mucho más grave: la descomposición de las instituciones y el envilecimiento de las personas. Incluso se ha pervertido el lenguaje, se han retorcido las palabras, se han falseado los significados, se ha negado lo evidente, y se ha ocultado lo explícito.

Es verdad que no todo lo malo, lo putrefacto, lo indecente que ocurre en nuestra sociedad es achacable a los del partido de la gaviota. Aunque de ellos es la mayor responsabilidad, otras formaciones políticas han coadyuvado, por acción o por omisión, al lamentable estado de indecencia política en el que vivimos. Incluso los ciudadanos de a pie que no tenemos carnet partidario debemos cargar con nuestra cruz penitencial por nuestra nula capacidad de respuesta, por nuestra dejadez ante la deriva perversa de la cosa pública. La desafección y la crítica poco rigurosa, resultante de diseminar la inmundicia con ventilador, han sido respuestas demasiado generalizadas.

“Hay que votar, hay que saber cuánta gente está dispuesta a que las cosas sigan como están; a seguir escarbando en el fango.”

Para muchos, el distanciamiento del escenario partidario ha sido la única alternativa plausible. Han querido poner tierra de por medio con los mentirosos, los indecentes, los falsificadores y los encubridores, con los que ven la paja en el ojo ajeno y no reconocen ser tuertos.

Para quienes no renuncian, para quienes no se rinden, para quienes sienten la imperiosa obligación moral de participar en la reconciliación entre ética y política, la cosa no es tan sencilla. Simplemente no pueden desentenderse de la realidad que los envuelve hasta, casi, asfixiarlos. Los noticiarios de radio y televisión pueden habérseles convertido en una tortura, los debates y tertulias se les pueden antojar pestilentes, y las entrevistas a políticos con mando en plaza en un ejercicio de riesgo para su tensión arterial. La crónica judicial, por ejemplo, es un ricino que toman tres veces al día: desayuno, comida y cena.

No se puede continuar así más tiempo. Hay que votar, hay que saber cuánta gente está dispuesta a que las cosas sigan como están; a seguir escarbando en el fango. Y cuanta gente está dispuesta a apoyar opciones de cambio, de girar 180 grados y de redefinir la ruta a seguir para alcanzar una forma de organizar la convivencia más justa, más libre y más solidaria.

Si este segundo grupo resulta mayoritario, tal y como las encuestas vaticinan, será la responsabilidad de sus cuadros partidarios que ese cambio se haga real, que se materialice en la constitución de amplias mayorías de gobierno en las que todos cedan para que puedan ser atendidos los intereses de la mayoría. Si las previsiones demoscópicas se confirman, la cultura del pacto leal, tan desconocida por estas tierras, se hará imprescindible. Ese será el momento de conocer la verdadera estatura política de esos dirigentes que habrán prometido dar un golpe de timón y virar a babor.