La elite chilena dominante en la transición apostó o asumió una relación despolitizada con la sociedad, desentendiéndose no solo de la noción de clase social o sujeto histórico, sino incluso del concepto de ciudadanía. El vínculo se tornó a ratos posmoderno y performativo, con vínculos con lo social espasmódicos y concretos, donde Joaquín Lavín (y sus playas, su nieve) fue el más audaz, por decir un concepto amable.

La despolitización otorgó un enorme poder a la elite. Todos los asuntos comenzaban y terminaban en sus oficinas. El edificio de SQM era un centro de reuniones político, La Tercera era un actor decisivo, Délano redactaba los eslóganes de la derecha (ponía la música, hoy sabemos que era bastante lógico). Y todos luchaban por estar en esos espacios, por tener sillas en directorios visibles e invisibles donde se jugaba el futuro, sobre todo, de las utilidades.

Para esa despolitización se requería un sujeto histórico que sostuviera el andamiaje de la sociedad, que fuera el pilar ideológico y político. El esfuerzo tecnocratizante no dio suficientes frutos, aunque fue un esfuerzo interesante. Luego se pasó al emprendimiento y el sujeto histórico se tornó el empresariado. Incluso los empresarios llegaron a la Presidencia de la República. Pero mientras eso ocurría, se inundaba lentamente de malestar social una ciudadanía que había sido invitada a esperar la llegada de los frutos a su puerta y que simplemente no los veía. O, mejor dicho, aunque el chorreo existía, cada vez se acumulaba más dinero en ese lugar mítico del 1% más rico, o del 0,1% o incluso del 0,01%.

Curiosamente el modelo neoliberal tenía dos pilares ideológicos. Uno era el principal, otro el subsidiario. El principal era la convicción de que una actividad privada con poca presencia del Estado redundaría en progreso. Esta convicción tenía puntos de apoyo en la sociedad chilena, pero normalmente no era suficiente. Se requería de un ‘pilar ideológico subsidiario’. Se puede llamar, como lo llama Atria, “neoliberalismo con rostro humano”; o se puede llamar, como lo decía Bachelet, “protección social”. De cualquier modo, el pilar subsidiario básicamente decía que había una arquitectura política que compensaba los defectos e insensibilidades del modelo económico en su relación con la sociedad. Pero esa arquitectura era, en rigor, a política. Estaba basada en una captura de la política desde las elites que negociaron el Plebiscito de 1988 y las 54 reformas constitucionales de 1989. Por tanto, no era política lo que había, sino una administración de las instituciones políticas a partir de una lógica despolitizada.

Los movimientos sociales concurrentes desde 2010 (Magallanes), 2011 (Hidroaysén, Estudiantil), 2012 (Aysén, Freirina, Calama) marcan un ciclo de politización de la sociedad. Si bien el ciclo fracasa en situar un sujeto histórico por delante, sí rompe las estructuras dominantes. Plantea una crisis para el empresariado, que pasa de clase heroica a clase maldita. Y plantea una desconfianza importante por la ruta institucional, por su carácter traicionero.

El caso Penta y el caso Caval plantean la pérdida de la capacidad operativa del pilar ideológico principal (por Penta) y del pilar ideológico subsidiario). La sospecha de que los empresarios guardaban oscuridad en su seno ha sido socialmente confirmada y la descripción de los ciudadanos respecto a que el juicio era como un partido de la selección,  revela el conflicto ‘amigo/enemigo’ de toda construcción de clivaje.

El caso Penta y el caso Caval plantean la pérdida de la capacidad operativa del pilar ideológico principal (por Penta) y del pilar ideológico subsidiario). La sospecha de que los empresarios guardaban oscuridad en su seno ha sido socialmente confirmada y la descripción de los ciudadanos respecto a que el juicio era como un partido de la selección,  revela el conflicto ‘amigo/enemigo’ de toda construcción de clivaje. Aparece la lucha de clases, aunque sea en una versión posmoderna (no vinculada al trabajo de modo directo). Respecto al caso Caval, hay que señalar que el pilar subsidiario del modelo estaba muy dañado, pero que su último bastión era la magia de Michelle Bachelet, la mujer que era y no era de la elite, la mujer que gobernaba en la confianza de que sus cargos, idiomas, recursos, no la hacían menos parte del pueblo. Ella, que apostó por la despolitización de su liderazgo, por ahí mismo cae cuando su hijo rompe con el discurso principal de igualdad y demuestra que está dispuesto a usar (y ella a avalar) su posición en la elite.

El modelo queda sin pilares ideológicos. A falta de ideología, el modelo es simplemente la elite, desnuda y a la vista de todos. Son las personas, nombres propios, rostros. Y ella queda en decadencia.

La decadencia de una elite es un síntoma clásico de su incapacidad de reproducir las estructuras de poder que la cobijan. Siendo así, su decadencia implica la apertura de un momento de transformación relevante en la sociedad.

La decadencia suele producirse por una de dos rutas. Una es la radicalidad sofisticadora que podemos llamar decadentismo. La segunda es la forma más pestilente de la putrefacción. El primero se produce cuando la elite avanza en formas y modales, en prácticas endógenas constantes, transformando su distancia social del resto en una mera forma estética y volviéndose crecientemente irrelevante. Es muy típico de la evolución de las noblezas y monarquías europeas, algunas hasta el día de hoy. Bernard Shaw hablaba de reyes que servían para poner en las estampillas.  Por su parte, la puitrefacción implica la presencia de un factor que segregue a la elite, que descomponga sus estructuras, las que comenzarán a morir expeliendo sus pútridos perfumes y ofertando sus percolados líquidos. La debilidad de las elites putrefactas no radica en la falta de voluntad de poder, sino por las desgastadas posibilidades operacionales de esa voluntad. Y esa es la situación que hoy entrega el caso Caval y el caso Penta.

La desnudez de la elite es crítica. Toda elite necesita su armazón ideológica. La desnudez de sus actos, sus correos electrónicos, la tibia complacencia de sus pecados, pareciera suponer solo rabia y distancia de la ciudadanía. Pero es mucho más. Una elite desnuda es una elite irrelevante. Carentes de todo sacramento, de toda magia, de todo efluvio sagrado, la acción de la elite se transforma en el movimiento de un simple hombre, sus palabras se tornan una parte en un juicio y no el juez mismo.