pabloQuienes vivimos el 2011 sabemos que hay momentos negros. Cuando ante el movimiento social la autoridad responde con la prepotencia de la fuerza, como sucedió en Chile (y sigue sucediendo), a menudo se siente una sensación de desamparo. Al menos yo no escondo que prefiero la alegría de las masas tomándose los espacios y gestionando su manifestación que la opacidad de los uniformes.

Cuando los argumentos se acaban, llega la violencia del Estado. Nosotros sabemos que las herencias del autoritarismo acrecientan esta tendencia. Tras 25 años de transición democrática, las políticas públicas de seguridad y uso del espacio público continúan percibiendo a los ciudadanos como enemigos.

Estos desafíos no son únicos a Chile ni a América Latina. Incluso en países que se percibían como ejemplos de democracia y participación se ha militarizado la policía y la respuesta a las manifestaciones. También existen países que como nuestro Chile están comenzando su camino a una nueva democracia y se ven enfrentados a la violencia contra quienes defienden sus derechos.

Myanmar, también conocida como Birmania (de hecho, el gentilicio es “birmano” o “birmana”), es un país asiático que hace unos años comienza una tibia apertura a la libertad. Es el país de Aung San Suu Kyi, ganadora del premio Nobel de la paz (1991). Ella sufrió durante años la represión del régimen militar que tomó el poder para impedirle gobernar a pesar de haber triunfado en las elecciones de 1990. Es decir, mientras nosotros ganábamos una pequeña ventana de democracia, ellos perdían totalmente.

Hoy, son los estudiantes birmanos que se han alzado reclamando sus derechos ante una reforma educacional privatizadora (¿les recuerda a algo?) y han sufrido la represión policial del régimen. El Gobierno aprobó una legislación que, entre otros aspectos, prohíbe a los estudiantes participar políticamente (tal como en Chile se prohíbe por contrato a algunos estudiantes organizarse).

Los estudiantes birmanos, junto a sus aliados, han propuesto al Gobierno una legislación alternativa. Han recurrido a todas las instancias de diálogo y consultación. Sin embargo, la respuesta ha sido siempre la misma: la violencia estatal. Desde el año pasado que los estudiantes birmanos están en movimiento, mientras que ha sido en las últimas semanas que el movimiento ha tomado fuerza, sumando apoyo de otros sectores sociales, ante la intransigencia y la represión del gobierno.

“Así como los estudiantes chilenos recibimos muestras de solidaridad de todo el mundo, creo que todos quienes estamos en el movimiento por la educación debemos ser solidarios con quienes hoy sufren la ignorancia de sus gobernantes”.

Así como los estudiantes chilenos recibimos muestras de solidaridad de todo el mundo, creo que todos quienes estamos en el movimiento por la educación debemos ser solidarios con quienes hoy sufren la ignorancia de sus gobernantes. Además, nuestras luchas tienen mucho en común a pesar de las distancias físicas y culturales. Si la globalización económica es un hecho, la globalización de los movimientos sociales por los derechos es un imperativo moral para transformar el mundo que vivimos.

Quienes nos solidarizamos con este movimiento estamos invitados a usar el hashtag #wearemmstudents (somos estudiantes birmanos) en las redes sociales. Lamentablemente, no existen medios en castellano con actualizaciones regulares sobre el movimiento. En inglés, este medio provee información veraz y actualizada: http://www.burmapartnership.org/updates-national-education-law-student-protest/

PD: Este artículo no podría haber sido escrito sin la amistad y conocimiento en terreno de Thinzar Shunlei Yi, una joven activista birmana, a quien tuve la suerte de conocer a fines del año pasado.