Más allá de la teleología y las tesis lineales, circulares o espirales, la historia de los procesos socio-políticos –en diversidad y conflicto- permiten ilustrar y reinterpretar el presente, dotando de herramientas analíticas que faciliten aprendizajes para quienes se proponen la transformación del orden actual. Uno de esos procesos es el rol del Estado-nación moderno y su paulatina desaparición a partir de tres fenómenos que vale la pena revisar.

 

I. La muerte del Estado desde la economía

En el plano económico, el keynesianismo y su brazo político –el Estado de bienestar y la social democracia- lograron su auge luego de la crisis del económica del 1929 y principalmente luego del acuerdo de Bretton Woods tras la segunda guerra mundial. En este marco, ante el riesgo de la catástrofe económica y militar de la época (y ante la amenaza del comunismo), fueron consensuados algunos conceptos básicos: Estado fuerte, economía regulada y derechos sociales.

Gran parte de los países se volcaron hacia el desarrollo endógeno. Conocido es el resultado en Latinoamérica: mayor soberanía sobre recursos naturales e industrialización con el Estado como protagonista. Este fue el discurso base de lo nacional popular.

Sin embargo, a la vez que se fortalecía el Estado, la post guerra sentó gran parte de las bases de la globalización económica y política: Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT hoy OMC), y en lo político ideológico, valores universales: derechos humanos (ONU, OMS, FAO, UNESCO, OIT, etc.). Es decir, la post guerra fue ambivalente, ya que por un lado fortaleció el Estado y por el otro sentó las bases para la globalización ideológica a través de organismos internacionales.

Tres décadas después la crisis del petróleo en 1973 y sus consecuencias económicas pondrían una lápida argumentativa al Estado: el pensamiento de Keynes era reemplazado por la hegemonía del pensamiento Hayek y la escuela de Chicago que en las siguientes décadas conseguiría 12 premios nobel de economía. El mercado debía funcionar sin barreras, Estado mínimo, reducir impuestos, privatizar empresas, desregulación: lo conocido… desde Margaret Thatcher, a la dictadura Pinochetista, desde Ronald Reagan hasta el consenso de Washington y su imposición el Latinoamérica. El principio es claro: el Estado debe quedar cercado para que los mercados funcionen libremente.

En síntesis, en la post guerra el Estado se debilitó paulatinamente desde lo económico, primero creando un marco internacional de ideas e instituciones (a la larga imposiciones y limitaciones a la soberanía Estado-nacional) y luego debilitando al Estado en post del mercado. El Estado paulatinamente comenzaba a perder su fuerza ante trasnacionales, multinacionales y organismos internacionales.

 

II. La muerte del Estado para la izquierda

Buena parte de la izquierda históricamente nunca fue estatista ej: anarquismo y marxismo consejista. El marxismo más tradicional tampoco lo era, ya que el Estado era un instrumento de opresión de clase, sin embargo vía revolución o frente de masas la conquista de Estado era un paso necesario para la revolución. De este modo, tanto por estrategia (marxismo-leninismo), como por un fin en sí mismo (para la social democracia), la lucha estado céntrica era hegemónica en el sector.

No obstante, las crecientes críticas a los socialismos reales decantaron en una desestatización de la izquierda revolucionaria (no así de la izquierda socialdemócrata). Las lecturas son variadas desde la imposibilidad del Estado de convertirse en agente transformador, pasando por las críticas al burocratismo y capitalismo de Estado, hasta llegar a convicciones teóricas que resignificaron el movimentismo y el rol de la sociedad civil autónoma.

Mayo del 68 fue la división de aguas: conquista del Estado vs construcción en la diversidad. Y en esta disputa claramente ganó la construcción en diversidad (posmodernidad dirían algunos). Lejos de armar vanguardias y ejércitos, los nuevos “revolucionarios” crearon ONG`s y cooperativas; más allá del sujeto clase, se orientaron al medioambiente, al indigenismo, el feminismo, la democratización, etc. Todo esto, naturalmente, bajo un sustento teórico: las relecturas del consejismo y el anarquismo, sumados al indigenismo, la renovación socialista, el posmarxismo y otros que cuajaron en distintas síntesis. Desde el autonomismo John Holloway escribía unas décadas más tarde sobre “cambiar el mundo sin tomar el poder”, y con ello la estrategia ya no era conquistar el Estado para transformar, sino crear islas, espacios de contrapoder, lo que para un sector de la izquierda no estaba tan alejado del ideal de poder popular: soberanía y democracia real en el territorio, Chiapas fue la experiencia práctica en los 90 ´. Por otro lado, estuvo el altermundismo, quienes distinguieron entre mundialización (sociedad mundo provocado por la era de las comunicaciones) y globalismo (mercantilización mundial); con ello promovieron luchas transnacionales ante problemas globales. El caso de los foros sociales mundiales son el ejemplo práctico de esta segunda tesis. En este contexto, gran parte de la izquierda abandonó el estatismo como fin o estrategia.

Sin contar los que optaron por irse a sus casas (nihilistas y depresivos), para un sector de la izquierda anticapitalista que aún mantenía una visión tradicional y jacobina, la caída de los socialismos reales fue un golpe: la historia les obligó a repensar la estrategia de poder. Para la izquierda anticapitalista crítica a los socialismos reales, el Estado hace tiempo -o nunca- era el espacio de construcción. Finalmente, en la izquierda socialdemócrata, una gran parte se entregó al pensamiento hegemónico de la economía y comenzó a considerar que el mercado era un buen asignador de recursos y que el rol de los privados era central para el desarrollo (capitalista). En síntesis la izquierda abandonó la matriz estado-céntrica, una parte se reformó al neoliberalismo, otra parte se refugió en lo social y un sector socialdemócrata (minoritario en el sistema de alianzas políticas), siguió creyendo en el Estado pero sin capacidad de implementar desarrollismo y estatización, sino más bien orientándose a mantener grados de regulación y tratar de conservar lo poco de Estado que quedaba. Paulatinamente se volvieron traidores reformistas para la izquierda marginada y anticuados trasnochados para los más renovados.

 

III. La muerte del Estado para la ciencia política

Para parte de la ciencia política vinculado al orden y el poder, la creciente conflictividad social comenzó a ser un tema relevante. Por ejemplo el conflicto árabe-israelí, las protestas contra la segregación racial y la guerra de Vietnam fueron claves para el desarrollo intelectual de Lewis Coser, uno de los padres del estudio del conflicto social. Pero el hito más relevante se produjo en 1975 en el marco de la Comisión Trinacional –considerada el primer think thank- financiada por David Rockefeller y conformada por empresarios, académicos y políticos. Su objetivo fue analizar en Japón, Europa y Estados Unidos la creciente conflictividad e inestabilidad social potenciada por mayo del 68 y la crisis del petróleo (es decir los dos hitos nombrados anteriormente). A ello se sumaba la preocupación por los procesos descolonizadores, las guerrillas en Latinoamérica y una serie de hechos históricos que como dice Monedero, “ponían en cuestión el orden político occidental de posguerra, quizá con mayor intensidad porque también cuestionaban el orden soviético tras el aplastamiento de la Primavera de Praga por los tanques del Pacto de Varsovia en 1968”. (2012:296)

El informe final de la comisión, elaborado por Crozier, Watanuki y Huntington, fue la respuesta conservadora que sentó las bases del “capitalismo sin fronteras”. La tesis central sostenía que en el marco de los derechos sociales del Estado de Bienestar, la ciudadanía aumentaba sus expectativas de bienestar potenciadas por la creciente democratización (tanto en el sistema político como en industrias y empresas). Este diagnóstico evidenciaba el choque entre capitalismo y clase trabajadora, y las respuestas pudieron ser dos: dar un salto hacia la izquierda, es decir, culpar al capitalismo de no lograr la solución de problemas sociales incrementando la democratización social y económica; o culpar a los ciudadanos de sus expectativas elevadas, ilimitadas, desproporcionadas e irracionales. Evidentemente para la comisión la respuesta fue la segunda: el exceso de democracia era un problema, las mejorías de las condiciones de vida pasarían por el crecimiento económico (por lo que había que desatar al mercado de las imposiciones del Estado), la crisis provenía de una sobre carga del Estado y por ello era necesario su disminución para resguardar la paz. La gobernabilidad, que fue el concepto que popularizó esta comisión, radicaba en la estabilidad del sistema político y los gobiernos, por tanto, se requería menos conflicto, menos tumulto, menos chusma: en definitiva una sociedad más adormecida, menos politizada, más individualista, menos orgánica… la integración se debía dar en el mercado, no en la fabrica ni en el barrio.

Posteriormente, con los enfoques de Nueva Gestión Pública (asimilación de la gestión Estatal a la Gestión Privada), la estabilidad tendría como componentes centrales la eficiencia y eficacia en las políticas públicas. Para resolver los asuntos de la “polis” lo mejor eran los técnicos y especialistas, con ello las soluciones a los problemas colectivos tenían menos que ver con lo político y más que ver con el “arte de gerenciar” bajo criterios “imparciales, científicos y objetivos”.

Al alero de la reducción del Estado, el rol de los organismos internacionales y el contenido discursivo de la nueva gestión pública, la gobernabilidad fue siendo reemplazada por una nueva moda conceptual: Gobernanza.

Con todo esto los organismos internacionales se anotaron otro punto para construir una hegemonía epistemológica. En un mundo globalizado y con países necesitados de ayuda, la cooperación internacional fue la fórmula con la que, a través de transferencias, préstamos y ayudas que tenían como contra partida imposiciones, reformas y/o “recomendaciones”, instalaron conceptos en el sentido común global tales como: gobernabilidad, gobernanza, capital social, innovación, nueva gestión pública, etc. Algunos profesionales de las ciencias sociales críticos, ya sin inserción estatal y agrupados en el autoempleo (consultoras y ONG) tuvieron que incorporar y trabajar estas líneas para adquirir recursos en proyectos, algunos optaron por creer en estos conceptos, otros por re conceptualizarlos dotándolos de contenido crítico. En lo sustantivo los términos se impusieron en el lenguaje cotidiano de la academia, la política y la intervención social.

Volviendo al concepto de gobernanza, en ella se promovió, además de eficacia en la gestión y transparencia, tres principios claves: descentralización, participación ciudadana y redefinición de lo público. Estos tres elementos pueden agruparse en torno a lo que diversos autores han denominado subsidiariedad activa. Grosso modo, la subsidiaridad en el marco de la gobernanza implica que el Estado no debiese hacer lo que otros actores pueden. En el plano de la gobernanza europea, en teoría el tema funciona así: la comunidad local y territorial debe hacer lo máximo que pueda, salvo cuando hay un bien o fin mayor o cuando no posee las capacidades para desarrollarlo, en ese caso el Estado interviene potenciando las capacidades locales y cumpliendo con el bien superior. A su vez, cuando hay temas que exceden lo nacional –la economía, la tecnología, los medios de comunicación y el crimen organizado- el Estado delega en lo supranacional (comunidad europea). En síntesis el Estado es subsidiario de lo local y lo supranacional es subsidiario de lo estatal-nacional, creando un entramado (Estado Red) de relaciones que van desde lo local a lo global, dejando así al viejo y “rígido” Estado – Nación- Industrialista y Moderno, en el pasado.

Ahora bien, ese campo de Subsidiariedad Activa ciertamente es un espacio en disputa. Parte de la izquierda –nuevamente por necesidad o convicción- mayoritariamente refugiada en ONGs y economía solidaria, pretendía hacer de a la subsidiaridad una delegación de competencias desde el Estado hacia comunidades territoriales locales y soberanas, una especie de poder popular 2.0. Esto implicaba una redefinición de lo público- social, un enfoque de descentralización particular y mecanismos colectivos e individuales de participación ciudadana: tres formas de distribuir poder.

Sin embargo en la visión neoliberal, la subsidiariedad implicaba otra cosa: Descentralización para debilitar al Estado hacia abajo y permitir que los poderes económicos funcionaran lo más libre posible (hacia arriba la economía global ya hacía lo suyo); participación ciudadana vista desde una enfoque de ciudadano—consumidor, que permitía conocer mejor la demanda (pero en ningún caso redistribuir poder); y finalmente la redefinición de lo público que implicaba que el Estado perdiera el control sobre las políticas públicas, las que ahora debían ser implementadas y diseñadas por agencias, consultoras y organismos externos, permitiendo la articulación público-privada y la capacidad de emprendimiento. En ese marco la subsidiariedad activa era principalmente hacia el mercado, no hacia las comunidades territoriales.

 

¿El retorno del Estado? ¿Y la nación?

Desde una lectura conspirativa, se podría creer –a mi juicio erradamente- que el orden hegemónico se gesta desde un par de poderosos que se reúnen a pensar como construyen coerción y consenso, sin embargo, como es posible ver, los procesos suelen ser complejos y atravesados por distintas tensiones. En este sentido, el rol que juegan ciertos actores contra-hegemónicos resignifica constantemente la historia. Esto en el último tiempo ha hecho templar a quienes auguraban que ese orden sería el “fin de la historia” entendida como: glolocal –sin mediación del Estado-, economía trasnacional financiera, organismos y corporaciones trasnacionales e incluso una sociedad civil global

La ruptura ha ido paulatinamente sucediendo. La crisis económica de fines de los 90`y el impacto social del neoliberalismo, movilizó a la sociedad civil nacional en distintos países latinoamericanos, generando lo que algunos denominaron inflexión histórica: retorno de líderes carismáticos, regulación de la economía, crítica al capitalismo financiero, más derechos sociales, desarrollismo y en definitiva: más Estado. Independiente de los éxitos-fracasos, avances-retrocesos y de la actual crisis que atraviesan esos países, el socialismo del siglo XXI resignificó el rol del Estado y de la integración. Vio los límites que el capitalismo global imprimía a cualquier proceso emancipatorio y propuso, como forma de desengancharse de la globalización hegemónica, periférica y dependiente, una forma alternativa de integración en miras a crear un bloque autosustentable y distinto.

A ello siguieron décadas más tarde, y nuevamente después de una crisis, Islandia y la emergencia de indignados en todo el mundo, que más allá del fenómeno comunicacional global, se agruparon despreciando el capitalismo y denunciando la corrupción de banqueros, empresarios y políticos. Hoy, tres años después de su aparición en España, el Podemos ha captado gran parte de ese descontento posicionándose fuertemente como una alternativa. A lo anterior habría que sumar la victoria de Syriza en Grecia.

La estabilidad y la gobernabilidad del orden que parecía eterno, está en crisis, y los consensuados sistemas políticos que no permitían diferenciar entre izquierda y derecha, hoy ven la emergencia de grupos heterogéneos acusados obviamente de ultras y populistas.

Otras características del periodo son el desprestigio de los organismos internacionales por su ausencia democrática y su incapacidad de resolver problemas; y la crisis de la integración capitalista. La Unión Europea, antes promovida como ejemplo y modelo a seguir, hoy es fuertemente cuestionada por el mayor deseo de soberanía estatal y el resurgimiento de las identidades nacionales, tanto de izquierda como neofascistas. Esto último potenciado además por la islamofobia.

En este escenario, no es posible augurar el retorno del Estado- Nación, menos aún una revolución anticapitalista, pero si constatar las grandes fisuras que muestra el orden mundial iniciado en la postguerra. Restará ver como se acomodan los intereses subnacionales con los nacionales (mapuches, catalanes, vascos, irlandeses, esconceses, etc.), también cuáles son las estrategias que utilizan los grupos críticos al modelo, para aprovechar las oportunidades y las fisuras en el orden dominante. Lo cierto es que, en el mundo están pasando cosas que han devuelto la esperanza a quienes veían la historia acabada, y miedo, a quienes se sentían cómodos y seguros (sino ver el Foro Económico Mundial de Davos de este año)

De momento en Chile, pese a la crisis de legitimidad de las instituciones políticas y los escándalos Penta, Dávalos y SQM, no ha existido un posicionamiento de un proyecto colectivo transformador. ¿Tal vez es el desafío?