“Aquí no ha habido golpe de Estado. No lo ha habido (…) Me asombra la tranquilidad y civilidad de este pueblo, empapado de democracia durante 40 años. Las democracias, sabemos, también somos imperfectas, pero son democracias al fin y al cabo”. “El nuevo Presidente (Pedro Carmona) tiene una excelente relación con Chile”.

Con estas palabras, el Embajador de Chile en Caracas, describía los hechos de abril de 2002, cuando las fuerzas políticas tradicionales, las organizaciones empresariales, la Embajada de Estados Unidos y una parte del Ejército de Venezuela, llevaron a cabo uno de sus intentos más serios para poner fin al “Proceso Bolivariano”. Y aunque el Presidente Hugo Chávez no demoraría más de dos días en retomar el poder político, apoyado en una amplia movilización popular y militar, este hecho logró revelar la mal escondida animadversión que la Revolución Bolivariana generaba entre la elite chilena.

Tomás Moulian, reconocido intelectual de izquierdas chileno, describió los 1.000 días del gobierno de Unidad Popular en Chile, como de “fiesta, drama y derrota”. Y con esto intentó quizás, poner algo de justicia frente a la evaluación histórica de tan pujante proceso del pueblo chileno.  Los períodos revolucionarios no pueden reducirse ni ser contenidos en las tensiones y luchas entre diversas fuerzas políticas en disputa. Para comprenderlos, es necesario analizar y conocer su cotidiano festejo, que impulsa y es impulsado, por la esperanza y emotividad de millones de seres humanos. Y esto también es justo para la Revolución Bolivariana en Venezuela, en donde sin duda ha existido drama, pero donde el festejo popular, es la única justificación racional para comprender su victoria frente a las mil y un trabas que promueven su derrota.

Y es que un pueblo acostumbrado a la barbarie y la humillación, como el venezolano, encontró un enorme caudal de dignidad cuando en 1998, y luego de gigantescas luchas y derrotas, por fin logró ser gobierno. Y aunque estemos acostumbrados a leer que el gran aporte de la Revolución Bolivariana es haber instalado nuevamente el debate en torno al Socialismo del Siglo XXI, sin lugar a dudas su principal herencia, es el ejemplo de un Pueblo que sale de la miseria, el analfabetismo y la opresión, a través de la conquista de sus derechos culturales, políticos, económicos y sociales, arrebatándole el control de su destino a una casta política y empresarial que parasitaba de la riqueza generada por su trabajo.

Para los grandes medios de comunicación chilenos, desde 1998 en Venezuela lo que existe es una “dictadura” o “régimen chavista”. Allí donde el pueblo venezolano se convirtió en sentido común, (la Asamblea Constituyente), ellos ven un “régimen populista”. Allí donde el pueblo venezolano expresó su carácter mayoritario, (la Asamblea Nacional), ellos ven un “régimen autoritario”.

Sin embargo, para los grandes medios de comunicación chilenos, desde 1998 en Venezuela lo que existe es una “dictadura” o “régimen chavista”. Allí donde el pueblo venezolano se convirtió en sentido común, (la Asamblea Constituyente), ellos ven un “régimen populista”. Allí donde el pueblo venezolano expresó su carácter mayoritario, (la Asamblea Nacional), ellos ven un “régimen autoritario”. Allí donde el producto queda en manos de sus productoras y productores, (la nacionalización de sus recursos naturales), ellos ven “un régimen inestable para la inversión”. Allí donde el pueblo encuentra la base de su dignidad y bienestar, (las Misiones), ellos ven la “abierta intervención de la dictadura cubana”. Allí donde el pueblo venezolano se convierte en fraternidad y alianza entre los pueblos (ALBA, CELAC y Petrocaribe), ellos ven “la imposición de los petrodólares chavistas en América”. Allí donde el pueblo venezolano manifiesta una democracia sin castas, (los referéndums revocatorios), ellos ven “prolongación absoluta del poder”.

Por supuesto que la alianza entre los medios de comunicación y las clases dirigentes no es algo nuevo. Pero hoy en día, especialmente en Chile, se vuelve morboso y patético. En nuestro país se vive un momento de extraordinaria complejidad. Hoy nadie es ajeno a la multiplicación de los escándalos de corrupción y la íntima relación que revelan entre el empresariado y los partidos políticos. La política, “los asuntos públicos”, se encuentra secuestrada, privatizada, en una maraña interminable de intereses privados. Y mientras el pueblo afila la guillotina en la plaza pública y pide que rueden las cabezas, se multiplica el “gatopardismo” en el gobierno, a través de una mezcla de comisiones inútiles, razones de Estado y estrechas cocinas donde se prepara el cambio para que todo continúe. Y en ese contexto de rabia, injusticia, desesperanza e impotencia popular, el parlamento chileno busca votar un llamado al ejecutivo para qué rechace “la prisión política en Venezuela”, al mismo tiempo que los medios de comunicación nos muestran el caos que produce el desabastecimiento en las calles de la República Bolivariana. Y es que están preocupados en “acelerar las condiciones para la transición venezolana”. La elite chilena es golpista. Lo demostró en Chile en 1973, y lo demuestra en su abierto llamado a la insubordinación en contra del gobierno de Nicolás Maduro.

Llama la atención que semana a semana nos enteremos de nuevos parlamentarios chilenos involucrados en casos de corrupción. Pero son intocables. En la Venezuela Bolivariana los cargos son revocables. El pueblo se organiza y se llama a los referéndums revocatorios.  Existe también el Defensor del Pueblo. Todos ellos son logros emanados de su Asamblea Constituyente. En Chile, en cambio, se encuentra plenamente vigente la Constitución Política de 1980, que aún huele a la sangre y el llanto de miles de chilenos durante la Dictadura Militar de Augusto Pinochet. No existe el Defensor del Pueblo. Los cargos no son revocables. Se habla de cambiar la Constitución en el Parlamento, el mismo Parlamento infestado de intereses privados, de corrupción, de redes clientelares y de protección.  Pero se nos habla de una dictadura por allá, muy lejos, donde no se pueden hacer negocios tranquilos, porque la educación, la salud y la vivienda son gratuitas, porque los recursos naturales se encuentran nacionalizados, porque la soberanía reside en su gente, y están dispuestos a todo para mantenerla.

No se trata aquí de convertirse en apologistas del proceso bolivariano. Toda fiesta tiene su drama. Y seremos los primeros en criticar y plantear nuevas sendas ante el menor desvío. Pero hoy, en los tiempos de PENTA, queremos recordarle a elite empresarial y política chilena, que la mayoría somos nosotros, los millones de hombres y mujeres que soportamos el peso de sus ambiciones y mezquindades. Y haremos lo imposible para que el tiempo de su inmunidad comience a desmoronarse. Les expropiaremos la política y la limpiaremos de su horrenda inmoralidad. No queremos sus corruptas reformas. Ya hemos tenido bastante. Que empiece la fiesta.