Fukuyama dictó su prédica desde la catedral de piedra, la casa favorita de la clase política-empresarial. En el mismo altar donde años antes Ricardo Lagos era ovacionado de pie por los grandes empresarios, donde un creativo Felipe Kast llevó a un actor disfrazado de indigente para sensibilizar a los hombres de negocio sobre la desigualdad y en donde Peñailillo, el brazo derecho de Bachelet, hace pocos días expresaba con firmeza y aguda voz que “Chile no es un país corrupto”.

Bajo el manto de la solemnidad y la seriedad acostumbrada que comparten los dogmáticos del  pensamiento único, que predicaban desde Thatcher hasta Pinochet, Fukuyama desarrolló su tesis sobre el momento que enfrenta Chile y el mundo, en torno a la desconfianza. Su tesis se podría resumir en una alabanza al exitoso modelo chileno y una crítica a procesos alternativos que están en curso en Latinoamérica. Alabó el modelo de la transición de un cuarto de siglo, que hasta ahora había acogido con naturalidad la corrupción y el dominio del poder económico por sobre el poder político y por ende sobre la ciudadanía. Un modelo exitoso, precisamente para la minoría que busca siempre refugio en el espacio de confort que les entrega Casa Piedra.

Entre los monaguillos de Fukuyama  estaba el socialista, vicepresidente de la Fundación Salvador Allende , ex ministro de Aylwin, Enrique Correa dueño de Imaginacción uno de los jefes del  lobby empresarial a gran escala de Chile y un reconocido consejero informal del actual Ministro del Interior. A su lado, Alfredo Moreno, el ministro de relaciones económicas en el exterior de Piñera, actual director de la Fundación Teletón y presidente del directorio de PENTA.

Entre los monaguillos de Fukuyama  estaba Enrique Correa, dueño de Imaginacción uno de los jefes del  lobby empresarial a gran escala de Chile y un reconocido consejero informal del actual Ministro del Interior. A su lado, el Alfredo Moreno, el ministro de relaciones económicas en el exterior de Piñera, actual director de la Fundación Teletón y presidente del directorio de PENTA.

Ambos teloneros de Fukuyama, directamente relacionados con los casos de corrupción que se destaparon en Chile.  Moreno y Correa son quienes han trabajado, infructuosamente, en contener la crisis del Caso Penta, mal que mal hoy sus jefes están presos por fraude al Fisco y por financiar campañas políticas ilegalmente.

Correa aprovechó que estaba en el templo para afirmar ante los ojos de los señores del dinero, no saber que su empresa había recibido donaciones de SQM y Ponce-Lerou, clientes frecuentes  también investigados, pese a la resistencia de muchos, por la Fiscalía y el equipo que lideran Chahuán y Gajardo.

La visita de Fukuyama no se puede ni debe ser interpretada como un acto aislado del momento político que vive nuestro país. Mal que mal siempre ha sido considerado como un intelectual orgánico del neoliberalismo y su visita fue financiada por un banco cuyo presidente es uno de los 16 elegidos de la Comisión Anticorrupción. En un período en el que todos buscan justificar el vergonzoso y delictivo actuar que han cometido empresarios y políticos, no es menor que desde Casa Piedra se repita el mismo discurso. Casi como un mantra en las últimas semanas hemos oído de parte de las autoridades y ahora de académicos que Chile no es un país corrupto, que lo que hasta ahora hemos sabido no es tan grave como en Estados Unidos, que las instituciones funcionan, que los medios de comunicación han cumplido su labor informativa, que Chile es un país serio no como nuestros vecinos, entre tantos otros comodines que habitualmente se utilizan cuando un país está en el limbo democrático.

Quienes detentan el poder utilizarán estos y todos los medios que estén a su alcance para convertir sus mantras en realidad. Solo eso les podría asegurar que todo cambie para que siga igual. Sin embargo, producto de los agitados años que han transcurrido frente a nosotros, el imperativo ético no ha mutado ni se ha puesto más sensible como muchos explican, el problema no radica en ello, más bien está en que la clase política-empresarial ha aislado paulatinamente a la ciudadanía y ha hecho oídos sordos a sus reclamos.

Hoy todos buscamos respuestas, la clase política-empresarial ha recibido dulces para la conciencia de parte de Fukuyama, pero también de Michelle Bachelet, Lagos y Peñalillo. La ciudadanía por su parte hastiada, va superando paulatinamente su hiperglicemia y  espera que se abra el que pareciera ser más que una caja un conteiner de pandora, eso revelará el largo y firme matrimonio de la clase política con los grandes empresarios y también justificará que el único camino para salir de este callejón sin salida es la Asamblea Constituyente, aunque Fukuyama siga vendiendo humo y dulces para la tranquilidad de la nerviosa elite local.

[1] Luis Jaqui es Administrador Público. Editor de El Reverde (www.elreverde.cl), miembro del Colectivo 12 Puntos y militante de Convergencia de Izquierdas.