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Beatriz Pichi Malen ha conseguido abrirse espacio en el escenario de la música nacional. Con definición, ha puesto sobre la mesa una propuesta musical que recoge la poesía, visión y fuerza del canto mapuche.

Sus canciones, interpretadas en su lengua originaria, practican un ejercicio de militancia, pertenencia y orgullo identitario que se hace necesario por estos días y en estas tierras. En entrevista con ElDesconcierto.cl, la cantora reflexionó sobre la responsabilidad de su música y su relación con el pueblo mapuche a este lado de la cordillera.

 

Beatriz, por estos lados hay gente que no conoce de tu historia y de tus raíces mapuche al otro lado de la cordillera. Cuéntanos sobre eso. 

Yo soy una mujer de orígen mapuche, proveniente de la comunidad de Los Toldos, en la provincia de Buenos Aires. Para nosotros el Wallmapu, la tierra del Este. He nacido ahí pero nosotros fuimos desalojados de ese lugar hace muchas décadas. La verdad es que hubo que alejarse para sobrevivir como desterrados en el propio territorio. La vida nos ofreció más revés que otra cosa.

El canto, que fue algo que me habitó siempre, fue el que me rescató de muchas penas. Mi padre, que había sido un hombre militante, de la línea política partidaria de la República Argentina, estuvo más lejos nuestro que cerca, justamente por las persecuciones de las dictadura. El canto me rescató de ausencias, de limitaciones -económicas, también-, y crecimos a la sombra y al amor de una madre como todas las madres mapuche.

Yo lo veo casi superlativo en la madre mapuche, ese sentido del amor, la contención, la comprensión. Pero faltó la transmisión cultural mapuche. Con los años, cuando uno busca y se adentra en el mundo de los antiguos que supieron ser y no parecer, concluyo que hubo ahí una persecución, una situación de muerte, despojo y dolor, de manera que esa negación del ser devino por esto que menciono. Ahí, sin embargo estaba siempre nuestra cultura y el canto que a mí me rescató. Cuando niña, de cosas simples, cuando más grande, me acompañó en los trabajos y lugares donde tuve que desarrollarme como adolescente.

“Siempre estuvo esa pregunta en mí sobre cómo éramos la gente de la tierra, cómo era la gente mapuche, y no teníamos una respuesta cabal, concreta”.

Siempre estuvo esa pregunta en mí sobre cómo éramos la gente de la tierra, cómo era la gente mapuche, y no teníamos una respuesta cabal, concreta. Mi madre decía: “y así, como nosotros”. Ella nos enseñaba algunas cosas, ese culto, esa relación y amor con la tierra, el cariño, a no dañar ni a los niños ni a los animales. Una actitud de armonía para con su entorno que nos transmitió a nosotros. Yo sabía que algo interesante pasaba, pero me parecía que había algo más, así que salí a buscar cuando tuve un poquito más de edad. No era fácil encontrar porque todos tenían esa negación de la que yo estoy hablando.

Volví a Los Toldos a averiguar. Empezó la búsqueda y supe que nuestra lengua todavía estaba vigente.

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¿Nunca la aprendiste en esos años?

“De hecho, me considero una cantora, una cantora popular del pueblo mapuche, no soy una trovadora, ni latinoamericana, ni folcklórica, con todo el respeto para esas personas”.

No, yo ya tenía 30 años y todavía estaba buscando quién me enseñara la lengua mapuche, pero como el que busca encuentra, encontré. Y todavía estoy encontrándome con ese idioma, porque cuando uno no lo absorbe desde pequeño, es muy complicado poder comprenderlo. Me encontré también con una cultura vasta, completa, pero con algunos eslabones también perdidos, otros pretendidamente ocultos, otros rotos. Y otros, preservados. Hasta que por fin empiezo a darme cuenta que pertenezco a un pueblo que está vivo y por eso es que, el canto, yo digo, no fue una elección de mi vida. El canto me habitó y después se colocó en mí. El canto mapuche hace que yo tenga ese rol. Nadie me dijo a mí que tenía que hacerlo y yo no dije voy a ser cantante. De hecho, me considero una cantora, una cantora popular del pueblo mapuche, no soy una trovadora, ni latinoamericana, ni folcklórica, con todo el respeto para esas personas. Soy simplemente una mujer que levanta el canto de la gente de la tierra, que es es mi gente y el pueblo al que yo pertenezco.

Considerando ese contexto y tu historia, ¿cuál es el motor hoy de la creación y difusión de tu música?

En principio, como siempre, esta búsqueda que yo mencionaba fue mi motor para salir sin tener idea que lo que yo buscaba era la identidad. Una identidad que me fue negada. El canto estuvo ahí, como los tejidos, como la platería y la pintura, todo el arte y la poesía. Lo que hacemos es musicalizar poemas, porque esa es una manera y el motor sigue siendo el hecho de que estamos vivos. Y estar vivos significa estar de pie y trabajar, y trabajar en el caso del canto es darlo a conocer, es ponerlo a consideración para todos. Dentro de ese todos, hay que considerar sí que hay que tomarlo con respeto. Pertenece a una cultura que está viva y aunque no lo estuviéramos. Por eso a veces sabemos decir que no, también.

En una entrevista te mencionaban esta clasificación general que se hace a tu música, en el sentido de llamarla “música del mundo”. Tú aclarabas que no es música del mundo, que es canto mapuche. 

Es canto mapuche y si alguien considera que está dentro de un género que se llama música del mundo, como cuando yo voy al Festival Internacional de Cosquín en la Provincia de Córdoba, y para el lugar lo que hago es folklore y cuando voy a otros lugares, vuelve a ser world music. Entonces yo digo: no sé cómo será. Los géneros y la forma de encasillarlo parece ser una necesidad de la especie humana. Como si dentro de ese orden nos podemos manejar mejor. Yo digo: el canto es tan libre como nosotros queramos serlo. Yo guardo y tengo mucho cuidado al trabajar con los directores artísticos, y por fortuna me encuentro con profesionales respetuosos de eso, de escuchar cuando digo esto queda muy bonito, pero esto no es mapuche, no tiene ese espíritu, aunque esté traducido al mapudungún. Entonces, una cosa es decir canto mapuche y otra, las canciones traducidas.

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¿Cómo evalúas la recepción del pueblo chileno y argentino de tu música, considerando lo patente que está la cultura mapuche en ambos países?

El primer disco que yo logro poner en el mercado, y que no fue por decisión mía, fue porque a una compañía discográfica de Argentina le llegó entonces un cassette y les gustó, me llamaron, me encontraron, se editó y fue el disco Plata. Y en Chile, a través de la empresa de Paul Landon, de Tierra Adentro. La recepción fue como una explosión de bienvenida que yo no me esperaba. Me dio susto. Yo había cantado toda la vida, lo que escuchábamos en la radio, para los amigos.

¿Cómo llego a ser un profesional del canto? En ese festival en Córdoba se hacía y sigue haciendo un concurso. A mí no me gustan los concursos, pero como en esa instancia pasa gente de todas las provincias y jóvenes, me pareció que era una buena vitrina para entregar el canto mapuche, que hasta ese momento no había tenido una difusión medianamente interesante. Y ocurre que ese festival yo lo gano y ahí surge otra posibilidad como canto profesional. Dije sí, si yo he llegado a esta huella, hay que hacerlo. Tomar la responsabilidad. No me imaginaba los alcances pero esto es, guardando las distancias, como sucede con las machi cuando son señaladas para tal. Ellas tienen la potestad de decir no, no lo vamos a hacer, pero yo sé muy bien que no se van a negar. Está en juego otra cosa. El concepto de decir, si fuimos señalados para algunas cosas, hay que hacerlo, uno no puede negarse. Yo sólo soy una cantora de mi gente porque ellos se reconocen en mi canto.

Si tuviéramos que describir de qué hablan tus canciones. ¿Cómo lo señalarías?

Yo tengo que decir con total honestidad que en el primer disco no hubo ninguna canción de mi autoría. Son todas recopilaciones que hicieron algunas personas de un hombre muy respetado de nuestro pueblo, que se llamaba Ayne Payme. Todo fue un mandato y una circunstancia, nunca me atropellé para hacer las cosas rápido, y así llego a más de 60 años en esta situación y con este trabajo.

Pensé que lo primero que había que hacer era grabar esas canciones a mi estilo, con mi voz y mi impronta. Así lo hicimos y eso fue lo que abrió el camino. Para nosotros hay todo un mensaje desde el mundo espiritual y mapuche. El disco termina con un proverbio enseñado por Aime Paine que dice que tenemos que conocer la cultura e identidad propia para poder defender nuestra dignidad. A partir de ahí, vienen otros, que siguen teniendo canciones que interpretaba. Luego nuestra propia gente me empieza a preguntar: ¿y usted cuándo va a ofrecer su canción? Y me empecé a preguntar si podría hacerlo. El grito fue saliendo, de manera que fui componiendo también. Ahora trabajamos nuestro nuevo disco y por supuesto musicalizaremos nuevos poemas, porque es una promesa que me hice.

Eso de recopilar me recuerda mucho el trabajo de Violeta Parra. Ella es una gran artista para nosotros, quisiera saber qué piensas de su obra, considerando su cercanía al pueblo mapuche. 

Indudablemente ella es un sello en el mundo como compositora, luchadora, como artista y madre. El reconocimiento es superlativo, al punto que yo sentí que al público chileno yo le estoy debiendo algo -porque no canto nada de nuestra lengua- de manera que me puse en contacto con la familia Parra, pedí los permisos para ver si podíamos traducir dos de sus composiciones, el cual me fue otorgado y ya lo hicimos con dos traductores mapuche, que ayudan siempre a trabajar la palabra. Son Guillatún y Arauco Tiene Una Pena.

Su obra es tan vigente y no sé si es tan conocida como debiera, como nos pasa a nosotros con Atahualpa Yupanqui. Quizás ahora empiezan a circular en las escuelas… es una pena que, a veces, las nuevas generaciones no tienen obligación de saberlo, pero los que somos un poquito más grandes, yo creo que tenemos la responsabilidad de hacer saber. Después quedará para gusto y criterio de cada uno.

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¿Cómo ha sido tu relación con la familia mapuche chilena? ¿Cuál es tu visión sobre lo que ocurre con el pueblo en su difícil relación con el Estado chileno?

Yo podría sintetizar que el dolor, las alegrías, las angustias, las celebraciones, lo que vive un pueblo al que uno pertenece, lo vive uno. Todo lo que nos pasa como pueblo. Nosotros habitamos de un lado y otro de la Cordillera, ahora pasamos a ser mapuche con nacionalidad chilena o argentina, porque yo llego aquí y me piden los documentos. A veces nosotros bromeamos en Wallmapu y decimos,  si nos preguntan, ¿qué nacionalidad decimos? Mapuche. Y nos van a decir que no tenemos patria. Nos reímos de esas ignorancias a veces pero la realidad es una sola: somos un solo pueblo, tenemos el mismo idioma y desarrollamos la misma visión espiritual. Tenemos la misma vestimenta, las comidas pueden cambiar porque es lo que la geografía nos dispone, nada más. A mí modo de entender, si hablamos el mismo idioma, si yo canto canciones aquí, o allá, todos las entienden.

Desgraciadamente siempre ha habido una persecución en nuestro pueblo, nosotros también hacemos una lectura sobre eso y terminamos en discusiones acaloradas al interior de nuestras comunidades, en el sentido de que queremos aportar lo mejor, hay un espíritu de vivir en paz. A nadie le gusta no vivir en paz y a los mapuche tampoco, por supuesto. Deber haber un respeto hacia la memoria, los lugares ancestrales y a la tenencia de la tierra, una tierra para ser, no para tener. Es como el agua. Ahora hay un problema tremendo con el agua, pero, ¿el problema es el agua? El problema es la especie humana que acarrea esa situación.

Nosotros pensamos que se están manifestando los elementos vitales: el fuego, el agua, los temblores, los terremotos. Todo lo que aparece como mitología no es tan mitológico, es una manera de ver la realidad o de no querer verla.

¿Cómo ha sido para ti la experiencia de compartir escenario con Ana Tijoux y Nano Stern?

Nano Stern va a ser nuestro director artístico en el próximo disco que vamos a hacer ahora. Ellos son enormes, tremendos artistas, reconocidos por su público y más allá de las fronteras. Yo soy una profunda agradecida, en principio, de tener la salud que me permita hacer lo que quiero. Estar con gente joven hace que uno tenga una permanente juventud interna, que hace que la pujanza y el espíritu esté siempre con buena energía. Por eso estoy también con las abuelas, los abuelos, que nos dan sus sabios consejos para poder seguir andando. Estar con estos artistas implica tener la generosidad del artista y de su público, porque hay que tener en cuenta que ese público no lo viene a ver a uno, viene a ver a su artista, y su artista otorgó el espacio, no a mí como persona, para el canto mapuche. El canto está, sólo uno tiene la responsabilidad de colocarlo donde se debe.

Tus discos dejaron una alta expectativa respecto a lo que se espera de ti y tu producción musical. ¿Qué viene de interesante en tus nuevos proyectos?

Nosotros estamos trabajando siempre dentro de la línea del genio cultural mapuche, eso es lo que más me ocupa. Van a estar estas dos canciones de Violeta Parra traducidas al mapudungun y con arreglos de mi canto. Estamos tomando un poema de Graciela Huinao que se llama Salmo 1492, que a mí me hace acordar mucho de los poemas de Alejandra Pizarnik y es tan breve y tan contundente que es casi un latigazo. Dice el poema: “Nunca fuimos el pueblo señalado, pero nos matan en señal de la cruz”. Ese es todo el poema. Así que ahí estamos, tratando de que sea un rap.

beatriz womad-33Buenísimo…

Sí, porque a mí personalmente me interesa que los jóvenes puedan ir tomando sus ritmos. Uno tiene que oír y yo los oigo y sé que les gusta y hay mucha gente mapuche que está escuchando esa música como forma de expresión. No es que yo me voy a venir a lo que el mercado me pida. No, nunca lo hice y no sé lo que pasa en el mercado, hago lo que el sentimiento me va dando. Además hay un poema de César Ancalaf Tragolaf, de la zona de Cañete, que es bellísimo, a mí modo de ver. Tenemos algunas más que hablan de la luna y otras cosas. Nosotros estamos tranquilos, esto es como la harina cuando se prepara el pan. Yo creo que antes de fin de año ya podríamos pensar en eso.

Estuviste presente en la entrega al Premio Nóbel de Rigoberta Menchú. Considerando su ejemplo y la potencia de tu canto, me gustaría preguntarte cómo ves el escenario de lucha de las mujeres por estos días. ¿Cómo evalúas estos procesos y te sientes parte de esas luchas?

Yo miro en mi propia sombra. Esa sombra son mis mujeres antepasados, mis abuelas, mi madre misma, mi tatarabuela. Y no sólo las mías. Una abuela que vino de México dijo: la mujer hoy está como el peso, como el dinero, devaluada. Otra dijo: estamos locas y locas de dolor, nos arrebataron los hijos. Aquellas mujeres tuvieron la sabiduría y no sólo las mujeres, porque en nuestra cosmovisión, es la dualidad la que está presente. Los opuestos complementarios. Entonces, yo digo, estas mujeres nos va señalando el camino. A lo mejor hay necesidad de salir con una pancarta en un determinado momento y, en otros, hacer resistencia. Y la resistencia, ¿cómo se hace? En mi caso, cantando en nuestra lengua, nada más que en la lengua nuestra y no por desprecio de la otra. Si voy a hacer de esto una profesión  y mi gente lo toma como algo representativo, entonces yo tengo que tener ese cuidado.

A las mujeres jóvenes les espera un tremendo camino de lucha, porque aunque todo parezca más dinámico y globalizado, se torna cada día más hostil y en esa hostilidad, también hay que criar a los hijos, y hay que enseñarles, hay que tratar que tengan el compromiso y no eso de “yo no estoy ni ahí”. No, hay que estar ahí y si es necesario, ponerle el cuerpo. Eso es algo que debe ser una actitud de vida cotidiana, respetando el agua, cuidar al otro, agradecer a la tierra. Aquellas mujeres nos dejaron estas enseñanzas, por lo que debemos mirarnos en esa sombra. Me dan mucha ternura, porque son jóvenes, bellas, pujantes, trabajadoras. Ser artista es una circunstancia en la vida, lo demás es lo genuino, a mí modo de ver.