SAMSUNG DIGIMAX A403Era el plebiscito del ‘88 y los grupos de izquierda radical temían –aunque secretamente también esperaban que la instancia fuera desconocida por Pinochet. Creían que el tirano no aceptaría una derrota en las urnas y si eso hubiera ocurrido, habría sido –según la tesis de esa izquierda subversiva– el escenario perfecto para encender una insurrección social. La insurrección era la estrategia que planteaban los denominados “extremistas”(1) para saltar de la dictadura hacia la construcción socialista. Es que a su entender, la “transición” que proponían las colectividades agrupadas en la entonces Concertación de Partidos por la Democracia no se parecía mucho al proyecto político y social que por él que el pueblo, en las calles, con cientos de muertos en la memoria, había enfrentado valientemente, no con un lápiz –como celebró un reconocido concertacionista-, a la dictadura. Si, formalmente se volvía a la democracia. Sin embargo, aspectos fundamentales de ese retorno indicaban continuismo antes que “alegría”. Y tenían razón; los extremistas tenían razón. No porque fueran porfiadamente utópicos, sino porque vieron la realidad sin más. A la rápida: ¿qué vieron? misma constitución política, mismo modelo económico y hasta el mismo comandante en jefe del ejército. El castigo por lo que hoy, a la distancia parece simple sentido común, fue persecución y exterminio político por parte de sus ex compañeros de lucha que mientras asumían el poder renovaban sus ideales de antaño y se cambiaban al credo casi religioso del mercado. Nadie los escuchó.

Durante los años noventa, al poco andar de la transición democrática no fueron pocos los intelectuales honestos que, más lúcidos que los que por ese entonces abandonaron la investigación para dedicarse a la consultoría estratégica y el lobby político, tomaron nota de los profundas tensiones, grietas y transformaciones que imprimía el neoliberalismo en la sociedad chilena. Ahí están esos trabajos, en cualquier librería e incluso en internet. Pero en su tiempo, cuando el mercado era dogma, eran considerados literatura trasnochada. Pese a ese estigma, no fueron pocos los estudiantes de pregrado que, endeudados, articulando estudios de antropología, sociología o historia con empleos precarios, rescataron en sus tesis “tradiciones sociológicas olvidadas” como el enfoque de clases o, mejor aún, hicieron trabajo de campo en sus propios barrios que era donde se vivenciaba directamente la desintegración social que otros parecen recién descubrir entusiasmados por su originalidad. Nadie los escuchó.

Pasado el año 2000, comienza a rearticularse el malestar: “el mochilazo” del 2001, la marcha contra la APEC, la épica “revolución pingüina”, okupas, murales contra el empresariado y la clase política en todas las cuadras con más contenido que los actuales tuits con los que se alza la masa crítica. Por esos días, para quienes estábamos abajo se respiraba el germen de un posible cambio social. Por arriba no sabían de eso y con suerte nos sindicaban como lumpen. Nadie nos escuchó.

Pero llegó el 2011 y con él la irrupción de un movimiento estudiantil diferente. Hijos del neoliberalismo, con conciencia de “clase media” (esa que al fin se comienza a reconocer como “ideológicamente falsa”), salvo la posición de colectivos como la ACES, el discurso de este movimiento no se caracterizó ni por su crítica al modelo educativo ni a sus objetivos; mucho menos por un cuestionamiento duro a la sociedad en general. Su principal demanda era estudiar gratis y con “calidad”. Lo de la calidad era discutible así que al final del día solo los movilizaba la esperanza de tener la posibilidad de ser profesionales sin pasar por caja ¿Se podía esperar una demanda más amplia o profunda de un movimiento subjetivado por años de cultura de mercado?

Sin embargo, tal vez por la masividad de las marchas, quizás por las performances carnavalescas o puede que por los dirigentes estudiantiles fotogénicos (qué duda cabe que contribuyeron a la amplificación mediática de esas movilizaciones), un número considerable de intelectuales y líderes de opinión –que en general hasta el momento eran apologistas del establishment–, se entusiasmaron con este movimiento pese a las debilidades en contenido y crítica del mismo. Descubrían la pólvora. Los más optimistas vieron en este movimiento –y no en las fracturas anteriores– un síntoma social del inicio del fin del modelo. Por ejemplo, un conocido sociólogo se lanzó a escribir sobre ese apocalipsis, llevó su profecía a un encuentro patronal para ayudarlos a entender que pasaba en el país, pero como hasta el año pasado el fin aún no llegaba, pidió disculpas por la predicción errónea. Un economista, todavía más audaz y motivado, llegó al punto de candidatearse a presidente apostando al voto estudiantil. Hoy está sepultado políticamente.

Ahora, 2015, con niveles de rechazo a la clase política inéditos, con un desprecio por todo lo que huela a empresarial y con cada chileno y chilena formulando un discurso que –sin saberlo– hace diez años era patrimonio de anti-sistémicos, vuelve a hacer aparición la intelectualidad de última hora. Ahí viene, atrasada, a decir lo que todos intuyen y algunos pocos se atrevieron a decir hace años. Descubren las clases sociales, la dominación y notifican de la pérdida de lazos comunitarios. Creen descubrir la pólvora.

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(1) El que no era extremista del mercado, era sin duda para el régimen y sus medios de comunicación, un “extremista”.