Alejandra CastilloPor democracia elitista entenderemos una particular forma de comprender a la democracia desprovista de uno de los elementos que la describe: el pueblo. Esta sustracción del pueblo de la política democrática no está directamente asociada a fenómenos como la “apatía” o “desafección” ciudadana de los procesos de participación democrática. De igual modo, tampoco se podría describir esta retirada del pueblo de la democracia como el resultado de una ambigua y subterránea práctica política de resistencia ante los gobiernos instituidos, práctica que oscilaría entre la rabia, la desobediencia, la desconfianza y la resignación. Estos fenómenos, que los análisis contemporáneos de la democracia presentan como la expresión social de un sentimiento de desconfianza generalizada con las instituciones políticas, si bien revelan el momento impolítico que caracteriza a las democracias actuales, en último término expresan únicamente los límites de una analítica de la democracia que observa en la pérdida de legitimidad de las instituciones públicas la consecuencia necesaria de un orden disciplinario y punitivo caracterizado genéricamente como “contra-democracia” (contra-démacratie)[1].

Asimismo, no parece adecuada aquella hipótesis conservadora que, volviendo sobre la “cuestión judía”, observa en la democracia el lugar de la ilimitación de la sociedad moderna. Esta ilimitación, que se describe inmersa en el vocabulario del “proceso”, es en verdad la de la democracia como forma social, en la cual el pueblo se identifica con la regla de la ilimitación de usos (consumo, perfección, eugenesia) y nombres (no ya el pueblo, sino el notodo de la gente, la sociedad, los gobernados). La retórica democrática de las sociedades liberales, según esta reflexión, terminaría por articular socialmente los significantes de la autonomía, la equidad y los derechos individuales, de modo de producir como resultado un calce entre democracia (entendida como homogeneización social) y sociedad de consumo (entendida como el lugar de la ilimitación). Entre democracia y consumo, en el entre-dos de democracia y consumo, el individuo democrático no jugaría otro rol que el de ser el consumidor indiferente de todo tipo de derechos y mercancías[2].

Por último, aquella otra variante o interpretación que buscar explicar la sustracción del pueblo de los asuntos públicos invocando el malestar de la democracia, no parece del todo convincente. Este malestar, cuyo principio es la pasividad, oscila entre la desilusión y el desengaño. Así, por ejemplo, Carlo Galli, insistiendo nuevamente en la relación democracia/consumo, describe este malestar con la democracia del siguiente modo: “es como si nos encontráramos en una especie de supermercado de los derechos, y nos diésemos cuenta de que no existe la mercadería (los derechos), que ha sido sustituida por eslóganes que la publicitan y la proclaman como ya presente; es más no sólo falta la satisfacción de los derechos, sino que es frecuente chocar con dificultades, abusos, frustraciones y marginaciones”[3].

Distinto a estas posturas que tienden a describir el problema de la democracia contemporánea desde un punto de vista subjetivo (desconfianza, individualismo, consumismo, malestar), pienso que esta retirada del sujeto de la democracia se debe a la puesta en marcha de un concepto de democracia en tanto lugar intermedio de administración del capital nacional y de las inversiones internacionales. Coincidimos con Jacques Rancière que más que hablar de un régimen democrático, las democracias contemporáneas encubren la omnipresencia de regímenes oligárquicos[4]. En este sentido, Rancière indica: “tanto hoy como ayer, lo que organiza a las sociedades es el juego de las oligarquías. Y no hay, estrictamente hablando, ningún gobierno democrático. Los gobiernos son ejercidos siempre por la minoría sobre la mayoría”[5]. Rancière está en lo cierto en señalar que la ley del número no es lo que hace funcionar al engranaje de un gobierno democrático, esta tarea se confía en las sociedades modernas a un pequeño grupo. Sin duda, siempre el “poder del pueblo” es heterotópico a la sociedad desigualitaria, es decir, nunca hay calce entre democracia y representación. De hecho, en el razonamiento desarrollado por Rancière en La haine de la democratie, la representación es de pleno derecho “una forma oligárquica”, la expresión de minorías poseedoras de título para ocuparse de los asuntos comunes.

La declaración es absoluta, la fórmula concluyente: nunca ha habido democracia, solo hemos conocido oligarquías. Frente a lo taxativo del enunciado, y atendiendo a lo que podría denominarse su fuerza descriptiva, cabría objetar la propia ahistoricidad de la fórmula, su falta de atención o interés por las mediaciones históricas y por las propias transformaciones que afectan al régimen de la democracia en la actualidad. Si bien es cierto, no puede haber calce entre el “poder del pueblo” y su representación en un régimen democrático, pues el poder del pueblo está siempre más acá y más allá de las formas jurídico-políticas en las que éste se encarna, es necesario constatar que es el propio significante “democracia” el que ha ido incorporando, en su transformación, retóricas de mercado como son la excelencia, la competencia y la apoliticidad. Esta incorporación supone una mutación profunda de la democracia, supone, in extremis, su propia cancelación o fin —de acuerdo a los relatos maestros en que se acostumbró narrar la democracia en la modernidad.

A partir de esta línea de argumentación, sostendré en este ensayo que ha habido una transformación específica en la definición y práctica de la idea de democracia a partir de la segunda mitad del siglo veinte. Bien podríamos decir que esta transformación tiene que ver con el paso de la democracia procedimental a la democracia elitista. La democracia elitista explicita el vínculo entre Estado, corporaciones y expertos en un contexto de declive de la idea de democracia en tanto régimen de igualdad. Este desplazamiento del poder del pueblo por el poder de las élites se puede observar, en primer lugar, en el papel cada vez más gravitante asumido por el ejecutivo en los actuales regímenes presidenciales. A pesar de la importancia cada vez mayor que este poder del Estado tiene en el establecimiento y desarrollo de las agendas gubernamentales, los miembros pertenecientes al ejecutivo no son elegidos directamente por la voluntad popular, sino que su elección responde a una decisión presidencial. Que la formación predominante de estos liderazgos políticos-técnicos provenga predominantemente de las escuelas de Ingeniería y de Economía y Negocios, no es más que el índice de una transformación en curso de las biografías políticas (el relevo del “gobierno de políticos” por el “gobierno de los expertos”)[6]. En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, este desplazamiento hacia las elites económicas se ha venido evidenciando en la entrega de cada vez mayor poder a expertos monetarios. En este sentido, el historiador italiano Luciano Canfora advierte que las democracias contemporáneas, nominadas también como democracias oligárquicas, favorecen “una vía que privilegia el plebiscito permanente de los mercados mundiales respecto al más obvio e incompetente plebiscito de las urnas”[7].

Sheldon Wolin, por su parte, ha definido como “democracia dirigida” a este vínculo entre democracia, empresa y mercado. Bajo esta nominación, los intereses del capital y los de la inversión económica constituirán el comando de dirección de las democracias actuales, al mismo tiempo que dicho comando se sustraería a todo control y supervisión democrática. La democracia aprehendida bajo estos signos es definida como: a) el espacio para la competencia y la negociación; b) la contención electoral; y c) la provisión limitada de alfabetización, de capacitación laboral y de lo indispensable para una sociedad que está bregando por sobrevivir en la economía global. Explicitando el vínculo entre democracia y elite económica, Wolin afirma: “El elitismo político muestra su afinidad electiva con el capitalismo. Ambos creen que los poderes de un cargo elevado, ya sea en el gobierno o en el mundo empresarial, deben quedar reservados para quienes se los ganan por sus cualidades personales y talentos excepcionales —demostrados en condiciones sumamente competitivas— más que para quienes llegan al poder en virtud de la aprobación popular. En un mundo perfecto, a las elites políticas se les confiaría el poder y se las recompensaría con prestigio, a las élites capitalistas se las recompensaría con poder y riqueza. Como ambas representan lo mejor, tienen, según esta concepción, derecho al poder y a la recompensa”[8]. Desde esta perspectiva, la democracia elitista abandona la retórica de orden republicano articulada al significante de “virtud cívica” para instalar una retórica de corte neoliberal descrita desde la idea de excelencia. La vinculación entre democracia, elitismo y excelencia impondrá, por un lado, un modo de hablar de lo político colonizado por retóricas venidas del campo empresarial; mientras que privilegiará, por otro lado, una descripción/narración de la participación en política en tanto logros universitarias y/o profesionales.

Desde esta definición, la democracia corporativa hará de los votantes sujetos tan previsibles como los consumidores[9]. Al igual que una empresa, la democracia buscará ser definida en tanto un espacio “apolítico” y “estable” donde la función de los gobiernos será simplemente la de proveer respuestas “eficaces” a una ciudadanía bien disciplinada. La relación entre democracia y empresa seguirá el modelo wal-mart, ironiza Wolin: “paraíso de precios bajos para los consumidores y perfecto complemento económico del súper poder. A su manera es un poder invasivo, totalizador, que se va afianzando continuamente en una comunidad local tras otra, destruyendo los negocios pequeños que no pueden competir, imponiéndoles a sus empleados salarios bajos, condiciones laborales duras, servicios de salud deficitarios, y desalentando la sindicalización”[10].

La formalización de la teoría de la democracia elitista —que tienen como antecedente la teoría social de Weber y las teorías elitistas de la política de Mosca y Pareto[11]— es de responsabilidad de Joseph Schumpeter, quien en el año 1942 escribe Capitalism, Socialism and Democracy. Ya el título del libro enmarca lo que será entendido por democracia: sistema de partidos políticos empresariales que brindan series surtidas y diferentes de mercaderías políticas (bienes), de entre las cuales los votantes eligen una por mayoría produciendo un gobierno estable que equilibra la oferta y la demanda (no es casual el lenguaje, Schumpeter era un especialista en modelos de mercado). Más enfático en esto, Schumpeter aclarará que: “la democracia no significa y no puede significar que el pueblo gobierne realmente en cualquier sentido manifiesto de ‘pueblo’ y ‘gobernar’. Democracia significa que el pueblo tiene la oportunidad de aceptar o rechazar a las personas que pueden gobernarle… Ahora bien, un aspecto de esto puede expresarse diciendo que la democracia es el gobierno del político[12].

Bajo esta definición la democracia se entenderá en tanto: (a) pluralista, la sociedad en la que debe funcionar contiene a sujetos de diversos intereses (consumidores y empresarios); (b) elitista, el papel principal en el proceso político es asignado a los grupos dirigentes que se escogen a sí mismos; y (c) es un modelo de equilibrio, esto es, el proceso democrático es entendido en tanto un sistema que mantiene el equilibrio entre la oferta y la demanda de las mercaderías políticas.

Lenguaje híbrido entre política y mercado de las democracias elitistas que en Chile bien podría ser graficado en el libro de Eugenio Tironi, Radiografía de una derrota (Santiago, Uqbar Editores, 2010). En un intento de proponer un modelo político alternativo a este de la democracia elitista, el libro/manifiesto El otro modelo. Del orden neoliberal al régimen de lo público insistirá, sin embargo, en mantener el vínculo entre Estado y empresa privada. En este punto se indica: “Una empresa puramente pública corre el riesgo, hacia caminos que no eran los originales previstos. Una empresa mixta, con capital público y privado, por el contrario, necesariamente será una empresa más transparente donde los accionistas minoritarios, sean quienes sean, ejercerán sus derechos con fuerza. Se trata aquí de usar la disciplina de mercado, a la que hemos hecho referencia en reiteradas ocasiones, para mejorar la capacidad de acción del Estado”, ¿No es ésta, sin embargo, la conocida fórmula de las políticas neoliberales?[13].

Lejos de la retórica de los derechos y de la igualdad con la que habitualmente se asocia a la democracia, la democracia elitista es un mecanismo para elegir y autorizar gobiernos. ¿Quiénes participan?: las élites (grupos auto-elegidos de políticos) organizadas en partidos políticos. Tal como lo señala David Held, la democracia elitista es “un arreglo institucional para llegar a decisiones políticas —legislativas y administrativas— confiriendo a ciertos individuos el poder de decidir en todos los asuntos, como consecuencia de su éxito en la búsqueda del voto de las personas (…) lejos de ser una forma de vida caracterizada por la promesa de la igualdad y de las mejores condiciones para el desarrollo humano [la democracia elitista] es, sencillamente, el derecho periódico a escoger y autorizar a un gobierno para que actuase en su nombre”[14]. La democracia, así entendida, busca en último término legitimar el resultado de las elecciones periódicas entre élites políticas rivales[15].

Ya para el año 1970 se habían hecho evidentes las dificultades del modelo de la democracia elitista[16]. De acuerdo a C. B. Macpherson, el equilibrio que genera esta idea de democracia es un “equilibrio en la desigualdad”, puesto que la supuesta “soberanía del consumidor” es ilusoria. Macpherson invita a asumir radicalmente la analogía entre democracia y mercado. Asumiendo esta analogía, se podría decir que si el mercado político es lo bastante competitivo para producir la oferta y la distribución óptima de mercaderías políticas (óptima en relación a la demanda), lo que hace es registrar la demanda “efectiva”, es decir, las demandas que cuentan con una capacidad adquisitiva suficiente para respaldarlas. Ahora bien, en el mercado económico esto significa sencillamente dinero. De igual modo, en el mercado político, la capacidad adquisitiva es en gran medida, aunque no exclusivamente, dinero[17]. En este sentido, Ronald Dworkin señala para el caso de la democracia estadounidense: “sabemos que el dinero es la maldición de nuestra política. Los candidatos y los partidos políticos colectan sumas enormes para financiar sus diferentes campañas electorales, y esta práctica corrompe la política y el gobierno por muchas y perfectamente identificables razones. Los políticos dedican de una forma grotesca más esfuerzos a recaudar dinero que a reflexionar sobre política o sobre principios. Los partidos enriquecidos por las contribuciones de los grandes intereses financieros gozan de una enorme ventaja en la batalla por los votos, y las nuevas y pobres organizaciones políticas se encuentran por esta sola razón en una desventaja por lo común fatal. Los grandes contribuyentes de las campañas compran lo que de forma eufemística se denomina “acceso” a los cargos públicos; en realidad, lo que a menudo compran no es meramente acceso, sino también control”[18].

En sociedades tan desiguales como la nuestra, este modelo sólo reproduciría la desigualdad. Las distintas elites harían circular entre ellas el prestigio, el poder y los bienes económicos. Esta forma de entender la política (que concentra en sí mercado y poder político) no solo desincentiva la participación, sino que además genera apatía. En este sentido, Macpherson observa que “quienes por su educación y su ocupación experimentan muchas más dificultades que otros para adquirir, dominar y sopesar la información necesaria para una participación efectiva se hallan en clara desventaja: una hora de su tiempo consagrada a la participación política no tendrá tanto efecto como una hora de uno de los otros. Lo saben, y por eso son apáticos. Así, la desigualdad económica crea la apatía política. La apatía no es un dato independiente”[19].

A propósito de la creciente apatía política de las democracias contemporáneas, cada vez son más numerosos los críticos que advierten que el supuesto de baja participación de la democracia elitista atenta contra el principio rector del pensamiento liberal: la idea de individuo. Identificando esta crítica al pensamiento liberal con la crítica de la democracia, David Held ha observado recientemente que el ataque a la herencia clásica de la democracia supone un ataque explícito a la idea misma del agente humano individual. Sin duda, se trata de la noción de los seres humanos como individuos, que pueden ser ciudadanos activos de su orden político y no meros sujetos de los fines de otros[20]. Bajo este modelo, la acción política de los individuos queda reducida a la discusión privada y al ejercicio esporádico del voto, dejando el resto a los “expertos” capaces de adoptar las dediciones técnicas correctas acerca de la organización de los asuntos humanos. De este modo, la democracia elitista no es tan sólo anti-liberal sino que también anti-democrática. Por último, cabe destacar que el elemento “competitivo” de las democracias elitistas generaría, contra lo que podría pensarse, un modelo “oligopolista” de democracia: esto es, un modelo donde los pocos vendedores o proveedores de bienes políticos, no necesitan responder, y no lo hacen, a las demandas de los comparadores, como tendrían que hacerlo en un sistema competitivo: más aún, podrían hasta cierto punto crear sus propias demandas[21].

Consciente de la gravedad de las críticas, Robert Dahl ha buscado corregir en los últimos años algunos de los problemas que ha presentado el modelo de democracia elitista incorporando la idea de pluralidad en el poder. Desde esta perspectiva, el análisis busca relevar los procesos que generan y que resultan de la combinación de los esfuerzos individuales en grupos y en instituciones en competencia por el poder[22]. El punto de partida de esta teoría empírica de la democracia es la constatación de la desigualdad. Existe la desigualdad (educación, salud, renta, riqueza, etc.) y no todos los grupos tienen el mismo acceso a todos los tipos de recursos, ni mucho menos recursos iguales. Sin embargo, casi todos los grupos tienen alguna ventaja que puede ser utilizada para influir en el proceso democrático. De ahí, la necesidad del consenso de las elites. Tributario de un enfoque empírico y elitista de la democracia, Dahl supone imposible la igualdad en cualquier sistema político democrático de grandes proporciones, incluso llega a pensar que continuar sosteniendo dicha idea es simplemente fomentar el escepticismo contra la democracia. Se ha observado que este realismo político si bien es aparentemente útil a la hora de mantener el equilibrio y el consenso, no lo es tanto a la hora de promover la igualdad.

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* Doctora en Filosofía. Académica Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, UMCE.

[1] Pierre Rosanvallon, La contre-démocratie. La politique a l’âge de la défiance, Paris, Éditions du Seuil, 2006.

[2] Jean-Claude Milner, Les penchants criminels de l’Europe démocratique, Paris, Verdier, 2003.

[3] Carlo Galli, “La democracia entre necesidad, contingencia y libertad”, El malestar de la democracia, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2013, p. 82.

[4] A pesar de nuestra diferencia, reconocemos que el argumento de Rancière apunta más bien al problema de la representación y al cortocircuito que la noción de “poder del pueblo” produce en el espacio de la política. Jacques Rancière, La haine de la démocratie, Paris, La Fabrique Éditions, 2000, p. 85.

[5] Ibíd., p.76.

[6] Para un estudio de esta transformación en Chile, véase, Alejandra Castillo, Democracia, políticas de la presencia y paridad. Estudio sobre participación política de mujeres en el ejecutivo (2006-2010), Santiago, Corporación Humanas Ediciones, 2011.

[7] Luciano Canfora, “El plebiscito de los mercados”, Crítica de la retórica democrática, Barcelona, Crítica, 2003, p. 39.

[8] Sheldon Wolin, Democracy Inc. Managed Democracy and the Specter of Inverted Totalitarianism, Oxford, Princeton University Press, 2008 p. 228.

[9] Ibíd., pp. 57-58.

[10] Ibíd., p. 199.

[11] Es relevante indicar que la teoría elitista de la política tal cual la desarrollan Robert Michels, Wilfredo Pareto o Gaetano Mosca dice relación con la eficacia y la capacidad de persuasión de una minoría activa (elites, vanguardias, etc.) sobre la conformación de un consenso electoral. Así, las mayorías que se constituyen regímenes representativos son el resultado del trabajo de una “elite” que busca crear un consenso. En este sentido, la minoría activa (la elite o la vanguardia) es el vínculo entre la política parlamentaria y la mayoría (masa, pueblo, ciudadanía, etc.). Contrario a esto, lo que se propone aquí es la desvinculación de la idea de democracia de la de movilización social. Para una aguda crítica de estas teorías, véase, Peter Bachrach, The Theory of Democratic Elitism. A Critique, Boston, Brown Company, 1967.

[12] Joseph Schumpeter, Capitalism, Socialism and Democracy, New York, Harper Bros., 1950, pp. 263-264.

[13] Véase, Fernando Atria, Guillermo Larraín, José Miguel Benavente, Javier Couso, Alfredo Joignant, El otro modelo. Del orden neoliberal al régimen de lo público, Santiago de Chile, Debate, 2013, p. 321.

[14] David Held, Modelos de la democracia, Madrid, Alianza, 2007, p. 206. El paréntesis es mío.

[15] Ibíd., p. 206.

[16] Para una crítica de este modelo de democracia, véase, Carole Pateman, Participation and Democratic Theory, Cambridge, 1970.

[17] C. B. Macpherson, La democracia liberal y su época, Madrid, Alianza, 2003, p. 114.

[18] Ronald Dworkin, Is Democracy Possible Here?, New York, Princeton University Press, 2006, pp.164-165.

[19] Ibíd., p. 115.

[20] David Held, Modelos de la democracia, op. cit., p. 221.

[21] Ibíd, p. 225.

[22] Robert Dahl, Polyarchy: Participation and Opposition, New Heaven, Yale Univerity Press, 1971.