Casi todo está mal con el sexo en Chile, casi todo. La vida sexual de los chilenos se debate entre la vida y la muerte, abrumada por las presiones y las represiones: las presiones a vivir sobre estimulados, pero de mentira, por los medios de comunicación y la gran oferta comercial de pornografía; y las represiones de todo lo que la Santa Madre Iglesia de siempre y las nuevas Iglesias de ahora dicen que no se debe hacer, que es pecado, que es un exceso, que es perversión, que no es natural, que es antinatural.

Porque aunque no se profese credo alguno, ni lo hayan profesado nuestros padres, por el sólo hecho de nacer en Chile se es patriota y católico. Pero lo serio en esto no es la formalidad constitucional, sino que nacer y criarse en Chile significa ser amamantado con creencias religiosas, mitos, normas, reglas, amenazas, un marco rígido cultural y de costumbres que señalan lo que es bueno, lo que es correcto, lo que corresponde, el deber ser. Muchas veces, las más probablemente, esto no es muy rígido, pero existe igualmente bajo la forma de las buenas costumbres, la buena crianza, no se usa, se ve feo, qué van a decir, no es muy decente.

Y como Chile es un país hecho por católicos, para católicos y a la manera cátolica, dos hechos graves se enquistaron en esta angosta y larga faja de tierra: el doble estándar y la represión sexual.

Y como Chile es un país hecho por católicos, para católicos y a la manera cátolica, dos hechos graves se enquistaron en esta angosta y larga faja de tierra: el doble estándar y la represión sexual.

El doble estándar, tanto en la vida privada como en la pública o en el precario equilibrio de ambas, ha estado desde los primeros siglos de la era en el mundo apostólico romano. Y el sustento notarial y profundo de esto es nada menos que uno de los siete sacramentos: la confesión. Es este mecanismo y argucia una de las bases del atractivo de esta religión: desde un cierto momento en adelante, sucedió que los católicos podían contravenir cuanta norma quisieran de su Iglesia y luego “confesarse”, contarle a un cura sus pecados para que este, con penitencias tanto espirituales como materiales lo absolviera –y de pasada se quedara con el inmenso poder que significaba conocer las debilidades, vicios, transgresiones y delitos de los dueños del poder político y económico. Y no en todas partes es así: vaya usted a robar o a desear con evidencia a la mujer de su prójimo en algunas culturas. Puede ser que no viva para contarlo.

Y lo otro es la represión sexual. Y aunque esto no siempre fue así en la iglesia ni menos en el Papado, tempranamente en el cristianismo se impuso la represión de los impulsos sexuales más básicos y a la manera cristiana, lo impusieron a sangre y fuego. Pero como toda dictadura, llega un momento en que sus dictados se han hecho leyes y costumbres, y ya no es necesario reprimir con violencia física grande, prisión o muerte: la educación, la familia, las normas sociales introyectadas se hacen cargo del trabajo sucio, transformándolo en una “virtud”, en lo deseable, en lo bueno y lo que es más grave, en lo que es “natural”. La ignorancia de los pueblos y la implacable maquinaria mediática del catolicismo logran pues convertir en natural aquello que es cultural, su cultura, la de la religión católica.

La represión de la sensualidad, el ocultamiento de los deseos tempranos y tardíos, el deseo del sexo porque sí, porque es placentero nada más, la masturbación, los orgasmos gritados, la infancia sexuada y no de angelitos castrados, la iniciativa femenina, el sexo oral, el deseo de nuevas parejas sexuales, la homosexualidad, la bisexualidad, el atractivo por ciertos fluidos corporales, por el uso privilegiado de unos sentidos por sobre otros, todo, todo aquello que la psicología actual laica y científica considera sano y positivo para el bienestar, todo aquello que desde Freud se sabe que es inmensamente perjudicial reprimir, todo eso, fue convertido en negativo, en pecado, oculto en el mejor de los casos, perverso e inmoral. Y su más letal argumento es que es “antinatura”.

La verdad no es esa. La verdad para la psicología y la sexología no sesgada religiosamente, es otra: las llamadas perversiones pueden ser adaptativas o desadaptativas para una persona, una sociedad o la raza humana, pero son definitivamente naturales, existen con nosotros. Valorarlas de una manera u otra, es cultural.

Y bueno, reprimir los impulsos sexuales básicos puede ser tan enfermo como reprimir el hambre, la sed, el sueño o las apremiantes ganas de cagar (que así se dice en español).