Jorge SharpAsistimos al peor momento de la política tradicional desde el retorno de los gobiernos civiles el año 1990. Penta, Soquimich y Caval han tenido sobre ella un efecto devastador, no sólo porque una vez más han desnudado con toda claridad su estrecha relación con la elite económica, sino también porque la han paralizado.

Algo que era un secreto a voces, hoy es una certeza incontrarrestable para amplios sectores de la sociedad: la elite política es parte, junto a elite económica de nuestro país, de un mismo conjunto o “fronda” que ha ejercido y ejerce sin contrapesos un dominio sobre el Estado, control que les ha permitido, entre otras cosas, transformar en negocio las condiciones más elementales para la vida digna de la población; destruir nuestro medio ambiente a través de un modelo económico que depreda, consume y explota indiscriminadamente nuestros recursos naturales; y utilizar al aparato institucional como un efectivo instrumento de contención de la expresión libre, mayoría y soberana de la sociedad.

Pero esta crisis también ha paralizado a la política binominal, dejándola anquilosada, sin capacidad de respuesta orgánica ante el actual momento coyuntural, cuestión derivada de su forma estructural de concebir la política.

Los caminos o mecanismos que durante un cuarto de siglo utilizaron unificadamente Concertación y Derecha para responder a crisis coyunturales, enfrentar conflictos sociales o simplemente gobernar se divorciaron profundamente de la sociedad, renunciaron a expresar y representar intereses sociales mayoritarios y vaciaron a la actividad política de su nexo fundamental con la ciudadanía. La disociación con la sociedad llegó a un punto tal, que lograron privar a la política de valores, sentidos y convicciones, centrándola en un quehacer preocupado de su sola reproducción en el aparato estatal.

Esta forma de entender la política, su forma, en el actual escenario generado por los escándalos de corrupción, no tiene espacio y carece de cualquier viso de legitimidad social. Ante la indignación ciudadana, el binominalismo ensaya las respuestas provenientes de un repertorio anticuado, desconectado de la calle, del chileno y chilena común y corriente que hoy se encuentra lleno rabia e impotencia porque sabe, quizás como nunca antes, que aunque trabaje cien vidas nunca percibirá lo que ganó el hijo presidencial en menos de medio día. Para colmo, corona su desconexión total al enarbolar una suerte de empate ético entre sus prácticas pestilentes y las supuestas conductas egoístas e individualistas de la población, calificando a ambas como actitudes propias de la “picardía criolla”, como si la sociedad viviera las mismas vicisitudes de la élite política y económica.

Más aún, esta política binominal hace agua ya que ni siquiera logra convocar hegemónicamente como otrora a la globalidad del sistema de partidos, generando disputas internas de sentido (no todas son artificiales), críticas y alejamientos de su militancia, dispersión y falta de unidad en la acción.

“Con la política tradicional profundamente deslegitimada y unas reformas que probablemente queden inconclusas o derechamente abandonadas… surge tenuemente una claridad, que se nos presenta como invitación: es momento de tomarse bien en serio la idea de refundar la política.”

Por lo anterior, las respuestas de ayer, al ser las únicas que conoce, paralizan orgánicamente a la política tradicional y aceleran galopantemente su descomposición. Esta cuestión se hace patente en el actual escenario en al menos dos dimensiones. La primera, frente a los escándalos de corrupción, al ser tan profundo, transversal y extendido su involucramiento en estos casos, no le es viable, sin soportar un irremediable costo político y social, una salida a través de un acuerdo hecho a su medida, menos si supone amnistía a los involucrados. Pese a esto, y a su falta de acuerdo interno respecto al cómo enfrentar estas situaciones, porfía en poner en escena su repetido guión que hoy llama “soluciones institucionales”, que desde ya amenaza con convertirse en un verdadero salvavidas de plomo.

La segunda dimensión de esta paralización se vincula con el actual proceso de reformas. Si ya el 2014 la reforma escolar y tributaria expresaron contenidos conservadores y fueron acordadas con el empresariado y los demás poderes fácticos de nuestro país, con el cuadro político actual, el futuro de las reformas que vienen es sombrío. La escasísima legitimidad que tiene el gobierno provocado por la descomposición del liderazgo de la presidenta Bachelet y las esquirlas del caso Soquimich que amenazan a parlamentarios y personeros de la Nueva Mayoría, son un impedimento para que estas reformas efectivamente se concreten, más aún cuando deben apuntar a cuestionar la forma en que se organiza el poder en nuestro país.

Con la política tradicional profundamente deslegitimada y unas reformas que probablemente queden inconclusas o derechamente abandonadas, de la incertidumbre de la lucha política actual, surge tenuemente una claridad, que se nos presenta como invitación: es momento de tomarse bien en serio la idea de refundar la política, que no es otra cosa que concebirla como una herramienta para el cambio social.