Un amigo porteño me explica que cuando uno se pierde entre los cerros de Valparaíso, la solución es mear. Para donde se escurra el líquido está  el plan, y en el otro sentido está el cerro. Ese simple ejercicio lo deja a uno en condiciones de tomar su mejor decisión y llegar a destino.

La presidenta necesita un mecanismo más o menos similar para saber hacia dónde tiene que ir. En la gestión gubernamental de los dos últimos meses queda claro que no se sabe hacia dónde está el cerro y hacia dónde el plan.

Para dar el puntapié inicial a la operación de salvataje, la presidenta citó a una conferencia de prensa a los corresponsales extranjeros en Chile, casi todos chilenos, para hablar en especial de los rumores de su renuncia por el cual sectores de la Nueva Mayoría aún en estado shock, han acusado a un periodista de ser el que  impulsó el rumor, como si eso importara en el país de los trascendidos.

Lo cierto, lo dramáticamente cierto, es que durante los más de dos meses que lleva el desarrollo de esta crisis que apunta al corazón del sistema, es decir a la extendida y antigua colusión de los grandes empresarios con todo el sistema político, el gobierno ha andado a la vela, sin motor ni timonel, más bien al garete.

Resulta todo un símbolo de la falta efectiva de conducción y de desorientación política lo dicho hace más de dos meses por el Ministro del Interior, responsable como pocos por la situación. “El Caso Caval está superado”, lo que para los políticos más veteranos de su mismo sector, debió como un desatino de principiantes.

En este lapso, en el cual más encima el norte es azotado por otra catástrofe, el Gobierno fue atacado por una inercia causada por el estupor que les generó un escenario tan grave a solo un año de inaugurar la conducción. Se reaccionó tarde y mal. El aluvión encontró a esa castigada zona sin quien tomara decisiones.

Desde antes, las periódicas  y numerosas encuestas de opinión venían demostrando que los números de la presidenta, del gobierno y de las instituciones políticas caían atraídas por una gravedad imposible de resistir.

El peor escenario para los tecnócratas de la nueva oligarquía era el desplome de los atributos infranqueables de la presidenta, detrás de los cuales se apretujan para proteger sus futuros, llevándose a su paso expectativas y optimismos.

La rueda de prensa con los corresponsales extranjeros se inscribe en la política comunicacional que alguien le diseñó a la presidenta para intentar, remarcando su estilo, salir del atolladero. Pero en la misma ocasión reconoce sus fallas en el manejo del caso que le detonó en sus propias faldas de mamá.

La rueda de prensa con los corresponsales extranjeros se inscribe en la política comunicacional que alguien le diseñó a la presidenta para intentar, remarcando su estilo, salir del atolladero. Pero en la misma ocasión reconoce sus fallas en el manejo del caso que le detonó en sus propias faldas de mamá. Una tardía e innecesaria aseveración: esto para nadie es un misterio.

Desde este momento, en que se intenta remover la inercia que se tomó palacio, la Presidenta intenta desplegar iniciativas comunicacionales que están directamente relacionadas con sus números, a pesar de que sus declaraciones digan todo lo contrario. Pero no. Para el gobierno los números lo son todo.

Ahora todas las miradas se vuelven para buscar soluciones a lo que se ha llamado la colusión entre el dinero y la política y no como de verdad se llama: la relación estrecha y directa que hay entre el sistema político y los grandes poderosos del país, cultura que está en la base del modelo.

Porque la relación que vincula dinero y política es cultural. No  se explica por la coyuntura electoral que cruza casi todo el calendario. Es cosa de revisar cómo un Ministro puede aterrizar en un directorio a los minutos de salir del gabinete, o como un gerente puede llegar a ser ministro después de una reunión de directorio. Un carrusel de transformistas en que se mezcla todo lo que ya está mezclado.

Y es cosa de revisar la legislación producida en el último tiempo y cómo ésta ha solidificado a niveles finales un sistema económico en el que el uno por ciento de la  población, se lleva tranquilamente  el treinta por ciento del ingreso.

Esta realidad no sale como de milagro desde la concha de un loco. Obedece a que quienes tienen la responsabilidad de hacer las leyes, han legislado como un solo cuerpo para que así sea. El caso de la ley de pesca, las regulaciones ambientales, las leyes mineras, forestales, de salud, previsionales, energéticas, entre otras muchas, siempre, han beneficiado a los más poderosos, y han perjudicado gravemente a los más desposeídos.

Detrás de esa producción legislativa ha estado el gran empresariado y sus políticos comprados por docena.

Y es esa fórmula orgánica propia de la cultura neoliberal, la que hoy hace crisis producto de su crecimiento cancerígeno que abarcó hasta irreductibles ex revolucionarios que hoy reciben sin tapujos dineros venidos directamente del ánima del dictador.

Quizás nunca se había visto un gobierno que durara un año. Y que saliera con la cola entre las piernas y con algunos de sus más empingorotados personajes, quizás, con riesgo de ir a parar a la cárcel, pero con certeza, en el más absoluto descrédito. Porque este gobierno terminó aquí. Que se mantenga por tres años más es solo una cuestión de la burocracia, las leyes y las disposiciones.

Lo cierto es que lo que queda del segundo gobierno de Michelle Bachelet, tres largos años, serán para dar explicaciones e intentar un prodigio que lo saque del fondo indecoroso en el que quedó sumergido.