alfredo castro mall plazaCuando Mario Toral se hizo famoso por firmar un contrato con RedCompra para que su sensibilidad llegara a las “mesas más modestas” de Chile, le llovieron las críticas. Muchos se preguntaban cómo podía simplemente aceptar la idea de que Redcompra “te acerca al arte”, ahí donde el arte no era otra cosa que copas decoradas en serie, vendidas bajo la condición de consumir usando tu tarjeta de débito (de hecho, debías tener 10 comprobantes de venta para poder comprar un set de copas a $29.990).

Hoy, cuando Alfredo Castro decide ser el rostro de Mall Plaza para una campaña llamada “El Cine lo Hacemos todos”, el principio es el mismo, aunque peor. Es lo mismo porque si es honesta aquella fantasía de que el arte puede comulgar con el modelo dominante generando una serie de experiencias sensibles que lo acerquen a las personas, en realidad lo que hay es una pura ilusión, un simulacro de comunidad donde dichas experiencias, ahora vacías y fugaces, no son más que la fachada de una estrategia de control y consumo orientada a intensificar la lógica de la circulación del capital.

Y es peor porque, a la fecha de esta publicación, Castro está en temporada con una obra llamada Trabajo Suciodonde de lo que se habla es, precisamente, de la explotación de un grupo de trabajadores del aseo de un mall. Entonces ¿Qué le decimos a los espectadores? ¿Que se puede conciliar el trabajar de noche denunciando los contornos del capitalismo y de día prestándole ropa o dejando que te la preste a ti?

Para contextualizar: Alfredo Castro no es simplemente un actor de teleseries que opera de vez en cuando como rostro comercial. No. Él tiene una indesmentible trayectoria artística, política y docente, históricamente ligada a un teatro que se ha definido a si mismo como crítico del sistema. Y el problema es que lleva tiempo ya haciendo declaraciones donde es evidente el contrasentido entre lo que dice que piensa y lo que hace. Para muestra sólo un botón: en 2012, cuando se cansó de las teleseries, afirmó: “Yo me enfermé físicamente con la televisión. Entonces hice un esfuerzo económico y estoy intentando vivir de lo que hago ahora”.

Veamos: Castro tiene todo el derecho de hastiarse de la lógica televisiva, que sin duda es perversa. Ahora, ¿Se enfermó de ella, pero no ve inconveniente alguno en ser rostro de un mall que genera frenéticas y tristes conductas de consumo como la del Mall Plaza Copiapó, y que viene siendo cuestionado hace años por proyectos como el Mall Plaza Barón?

Se preguntarán por qué debiera importarnos lo que Castro decida hacer con su imagen. Pues bien, porque en él se resume hoy el espíritu cínico de una época que con su moral individual y acomodaticia, pretende jugar a dos manos, como si se pudiera vivir en un eterno presente sin hacerse cargo de lo dicho y hecho en el pasado.

Algunos se preguntarán por qué debiera importarnos lo que Castro decida hacer con su imagen. Pues bien, porque en él se resume hoy el espíritu cínico de una época que con su moral individual y acomodaticia, pretende jugar a dos manos, como si se pudiera vivir en un eterno presente sin hacerse cargo de lo dicho y hecho en el pasado.

Construirse un discurso artístico y una trayectoria profesional con la que se llega un lugar de privilegio en el campo, implica asumir que las decisiones personales ya no sólo significan algo para uno mismo, sino que también traen repercusiones en una sociedad que todo lo espectaculariza y que alza a estos artistas como sus referentes culturales.

“Proyectos como el mío –dice Castro a La Tercera respecto del financiamiento del Teatro La Memoria- se caracterizan por un alto nivel de crítica, y es evidente que los empresarios no pondrán en riesgo su prestigio. Pensar que eso es posible es de una ingenuidad enorme”.

¿?

Haya en todo esto falsa conciencia o pura deshonestidad intelectual, hoy suele citarse como comodín el típico argumento maniqueo de que “primero hay que comer”, obligándonos de pasada a aceptar como lógico lo que no es y otorgándoles a gente como Castro o Toral los salvoconductos necesarios.

Pero Castro no tiene problemas para comer. Lo sabemos por una simple deducción de sus propias declaraciones. Es indudable entonces que hay quienes se tomaron demasiado en serio la frase de Brecht “comer primero, luego la moral”. ¿Qué diría el dramaturgo alemán si pensó esa frase para su tiempo y no para darle un cheque en blanco a una cínica conciencia pos/híper/moderna?

Y tan peligrosa como aquella conciencia cínica es el relativismo moral con que se sale a defender lo indefendible bajo los argumentos más pedestres e ingenuos, resumibles en frases clichés como: “cada uno hace lo que quiere”, “cada uno es dueño de su vida”, “No se está metiendo en tú bolsillo”. Opera aquí el mismo principio: una moralidad cortoplacista, basada en un individualismo que renuncia a hacerse cargo de su pasado con tal de aferrarse al presente, como si estos señores no cumplieran desde hace tiempo roles que ellos mismos se construyeron y decidieron sostener hasta hoy, como si no tuvieran un relato político al que rendir cuentas y una historia detrás que cuidar. ¿cómo exigirle algo distinto a las nuevas generaciones?

No habrá vida en la plaza, ni respeto al teatro, ni a los colegas y en particular a la gente común y corriente, mientras lo que se les venda sea humo, haciendo pasar por arte y cultura lo que es capitalismo de manual.