francesco penagliaYa lo decía al término del texto “La paulatina desaparición del Estado nación y su incertidumbre en el mundo actual“, la crisis del mundo actual eliminó el pesimismo que declaraba que la historia estaba acabada, en la actualidad, poco a poco “un grito” crece en distintos rincones.

Aún hay personas que no quieren ver que en el mundo pasan cosas, como decía un documental la “revolución no será televisada”, la profundidad de la crisis a nivel mundial, tampoco. Ya vemos que pasa con los medios altamente concentrados económicamente, poco se informa de lo que ocurre en el mundo. Bien saben los amigos de Caimanes y otros movimientos como se invisibilidad los discursos y la reivindicaciones colectivas. Y sí, es cierto, las redes sociales y los espacios de contra poder transmiten información –de diversa calidad-. Sin embargo, el monopolio de la información y por lo tanto, del sentido común, sigue estando en manos de unos pocos. Por ello, pese a twitter y otros medios, el acceso a conocer lo que sucede en el mundo sigue siendo un privilegio.

Más allá de constatar la existencia de una crisis económica y política global, desconozco lo que ocurre a nivel de actores y proyectos emancipatorios en otros países. Al menos en Chile –que es lo que puedo estudiar con más detención- basta con transitar por las calles y ver descontento. No sé si las personas más poderosas lo saben al detalle, pero sólo les sugeriría a los incrédulos que tomen una micro, caminen por la calle, hable con los trabajadores, compre pan en un barrio, haga la fila en un banco. En todos esos lugares encontrará la crítica, la rabia y el descontento. Quienes hacen catarsis día a día aún no saben el poder que podría tener esa rabia. Generalmente comienzan con un “yo soy apolítico”, para luego continuar con frases como “los políticos son todos unos ladrones”, “los empresarios sólo buscan beneficio para sí mismos y no piensan en los trabajadores”, “las pensiones son una burla”, “los sueldos una vergüenza”, “la salud no existe”, “la justicia es para los poderosos”. Los humoristas ya entendieron la tecla de la rabia.

Es cierto, no hay que engañarse. No estamos en un proceso “pre-revolucionario”, al menos no en Chile. El 2011 ocurrió ese autoengaño, decenas de miles de estudiantes protestaron y el discurso “no al lucro” era auspiciador. De una u otra manera el lucro es el cimiento del capitalismo, y expandir ese discurso más allá de la educación podía ser favorable. Pero detrás de las decenas de miles que protestaron había muchos que efectivamente lo hacían por la angustia de pagar la educación, sin un desarrollo político necesariamente anti-capitalista. Otros tantos salieron a la calle como militantes de algunos de los partidos de la vieja concertación (hoy nueva mayoría), y si bien en ese contexto podían movilizarse contra un gobierno de derecha, posiblemente hoy estando adentro del gobierno no.

Ciertamente hubo militantes politizados y para el caso, hoy en día da igual saber que porcentaje eran militantes, cuántos lo hacían en verdad contra el modelo, cuantos sólo querían no pagar educación, cuántos lo hacían por oportunismo y cuántos por lo novedoso de la fiesta popular. El porcentaje puede ser arbitrario, no hay datos, pero al menos asumir la diversidad es el primer escalón para no autoengañarse y construir colectivamente desde el realismo y no desde ilusiones optimistas.

La ciencia crítica, los intelectuales orgánicos, intelectuales críticos o como quieran llamarles, no están para ser profetas o predicadores. No están para ensalzar lo positivo y esconder lo negativo, tampoco para caer bien. Están para ilustrar una correcta lectura de un periodo histórico, para analizar lo que ocurre con realismo, sólo desde ahí se puede proyectar el “qué hacer”.

Volviendo al sentimiento de descontento espontaneo que puede escucharse en la calle cuando el ciudadano común critica al modelo, generalmente la denuncia termina con un “yo tengo que trabajar y preocuparme de mi familia”, “las cosas son así, los poderosos seguirán siendo poderosos y hay que vivir y comer”. En síntesis hablamos de tres etapas del discurso: 1- yo soy a político, 2- el país es un desastre y los poderosos nos joden (catarsis), 3- yo me debo preocupar de lo mío… es decir, existe crítica, pero también desesperanza, descredito, incredulidad, deterioro de lo colectivo. En este largo periodo pos pinochetista se ha logrado reactivar la conciencia crítica y la rabia, pero aun, salvo estallidos regionales o estudiantiles, no se ha roto completamente la individuación y la desesperanza por un cambio.

Por eso, pese a la oportunidad política, ventana de oportunidades o simplemente “la coyuntura” que genera la crisis actual de la política, no estamos aún en un proceso realmente de transformaciones estructurales. El ciudadano común posee una crítica primaria y espontánea, pero no ha logrado construir un sujeto colectivo y político. No logra sumar su rabia en un relato unificador. Y eso la historia moderna lo muestra en reiterados episodios. En sus estudios, el historiador Sergio Greez narra como el movimiento obrero transitó desde una rebeldía primaria: el motín o la rebelión contra el capataz, hasta la construcción de un movimiento organizado.

“Pese a la oportunidad, la mayoría de los actores políticos críticos al modelo no ha tomado en serio la lectura del periodo. Marginalizados y endógenas, no ven o desprecian la oportunidad.”

El riesgo de construir un relato unificador, naturalmente aterra a muchas personas de la élite que ven a la vuelta de la esquina al populismo. Más allá del discurso antipopulista conservador, efectivamente el populismo es una moneda al aire, puede ser una escoba, puede ser un a-politico, puede ser un Parisi, puede ser Chávez o puede ser Lenin. Puede ser un discurso elitizado, un proceso cerrado o uno participativo y colectivo. Lo cierto, que hay una ventana favorable para construir un relato unificador y desde ahí, forjar un sujeto político que permita a la ciudadanía transitar del descontento y la rabia, a la construcción de una nueva sociedad.

Sin embargo, pese a la oportunidad, la mayoría de los actores políticos críticos al modelo no ha tomado en serio la lectura del periodo. Marginalizados y endógenas, no ven o desprecian la oportunidad. No quiero decir con esto que el trabajo que realizan no sea valorable. Cientos de militantes activos dejan sus vidas trabajando por un proyecto colectivo, autogestión, contra poder, organización popular, etc. Sin embargo, algunas de esas acciones autonomistas que tenían como objetivo inicial la resistencia en los periodos históricos de retroceso, no son las que necesariamente se requieren para el avance.

A lo anterior se suma la fragmentación histórica. La diversidad –posmodernidad- o como se le llame, es un dato con el que se debe trabajar. Es la realidad en la que nos desenvolvemos y no entenderlo, es preocupante. Hablando en un evento social en un grupo donde había un ambientalista y un mapuchista, yo señalaba “perfecto, comprendo claramente las reivindicaciones de sus sectores, ¿pero están uds. dispuestos a incorporar a sus luchas y sus debates la dimensión de clase o de género?”. Pareciera ser que no, cada organización demanda lo suyo, y la solidaridad puede ser espontanea: los estudiantes o los trabajadores generalmente solidarizan con lo que pasa en la Araucanía, y posiblemente con las reivindicaciones de las mujeres. Pero se requiere más que buenas palabras y buenas intenciones para crear un sujeto político como el que demanda la oportunidad política.

La interseccionalidad de la lucha entre clase, ambiente, género-sexual y racial-etnia, está estudiada hace décadas. ¿Pero cuántas organizaciones que trabajan esas temáticas están dispuestas a dar el paso, dejando de lado su visión?, y lo que es más, cuántas están dispuestas a construir lo colectivo sin pensar que su organización será la vanguardia del pueblo.

No se trata de construir como sujeto político un árbol de pascua, el relato unificador pueden ser muchos, los poderosos es uno. Sin unidad eso sería imposible, algunas organizaciones no logran entender que ya no es posible construir la hegemonía de sólo un relato, los mapuches y las mujeres no aceptarán nunca más que sus reivindicaciones sean consideradas luchas secundarias o falsa conciencia, los ambientalistas críticos al modelo capitalista tampoco aceptarán un proceso en el que cambiemos de un patrón extractivista y desarrollista privado a uno estatal. Pero lo que nadie entiende es que cada uno por su cuenta y en su espacio estamos destinados al fracaso, o a victorias parciales, morales, protestas, algunas reformas y ajustes del sistema político, pero en ningún caso a un cambio estructural. Lo que nadie entiende es que es necesario darle esperanza al sujeto popular que posee una rabia acumulada, pero que carece de esperanza, quien primero lo haga, sea revolucionario o conservador, triunfará.

Sujeto político y relato unificador son los desafíos del hoy, la coyuntura no espera, y cómo se lee en El Mostrador, El Ciudadano y El Desconcierto, el grupo de poder parece haberse reorganizado.