NOTA: Este texto fue originalmente publicado el 22 de julio de 2013

A comienzos de la década del setenta, el periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano relataba con amplio detalle la descarnada crónica de despojo y humillación a la que ha sido sometida Latinoamérica desde el desembarco de Colón. Plata, oro, salitre, azúcar, cacao, caucho y un largo etcétera de recursos naturales arrasados en diversos puntos del continente a fin de enriquecer las ambiciosas arcas de los imperios del norte, dejando como herencia la miseria una vez agotada la veta y la tierra. Cuarenta años después, Las venas abiertas de América Latina permanece vigente como llamado a despertar la conciencia de los pueblos oprimidos y manipulados por el poder económico. “El subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo. Impotente por su función de servidumbre internacional, moribundo desde que nació, el sistema tiene pies de barro. Se postula a sí mismo como destino y quisiera confundirse con la eternidad”. Éste es uno de muchos extractos que describen una coyuntura que tristemente sigue replicándose una y otra vez. Una muestra: recientemente CEPAL reportó que, durante la última década, los beneficios de las compañías transnacionales en América Latina y el Caribe crecieron en un 500%. No obstante, más de la mitad de estas ganancias se enviaron a sus matrices. Sólo en 2011 las ganancias de estas empresas alcanzaron los 113 mil millones de dólares. De éstas, más del 55% abandona el país donde se generan, es decir, cerca de US$ 62 mil millones, el equivalente a llevarse la totalidad del PIB de Ecuador o casi tres veces el PIB de Paraguay en el mismo año.

La maldición de los recursos naturales

Desde una perspectiva económica por ejemplo, resulta interesante comparar la contra-historia relatada en Las Venas con lo que la literatura económica denomina “la maldición de los recursos naturales”. De hecho, este último sería un título más que adecuado para la misma realidad descrita por Galeano. La maldición se explica por la evidencia que constata que países ricos en recursos naturales presentan un desempeño peor y con mayores desigualdades que aquellos países pobres en recursos, aunque cabe destacar que el problema es la dependencia, y no la abundancia, de estos recursos. Dentro de los factores que explican este padecimiento hay de tipo económico, como la tendencia de las monedas locales a fortalecerse y entorpecer otro tipo de exportaciones, y de tipo político, derivados de la tendencia al comportamiento corrupto de los actores, como consecuencia de las disputas por el acceso a la renta económica de los recursos, generando daños estructurales a nivel institucional. El cómo escapar de la maldición ha sido materia de amplio estudio. Dentro de la reflexión se cuenta el control del tipo de cambio, la reinversión de los recursos en la población y el fortalecimiento institucional. Pero en primer lugar, como lo señala el Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, “los países deben hacer más por garantizar que sus ciudadanos reciban el valor total de los recursos”. Siempre ha resultado inaceptable que una vez extraída la ganancia, la población quede desnuda y desprotegida, como ocurrió con la crisis del salitre a comienzos del siglo pasado. Ahora, al menos, podemos apreciar que hay una ciudadanía consciente que no está dispuesta a seguir tolerando el abuso. Ejemplo de ello es la crisis de la industria salmonera en Chile. Sustentada por inmejorables condiciones naturales, llegó a transformarse en el segundo exportador mundial de este producto. Pero luego de una década de extraordinario éxito comercial, producto de la desregulación y de las precarias prácticas sanitarias, sucumbió ante un virus mortal para los peces y emigró hacia zonas australes. En Quellón el desempleo pasó de una tasa inferior al 2% en 2003 a casi un 15% en 2009, situación dramática para una comuna que vio casi triplicada su población entre 1992 y 2008. Y como si fuera parte de un nuevo capítulo de Las Venas, en la llamada a ser “capital del salmón” quedaron los brazos caídos, un par de calles pavimentadas y el anhelo de un nuevo hospital. Aunque las cifras de empleo han mostrado recuperación durante el último tiempo, la insuficiente base material y abandono quedó de manifiesto con el activo descontento que ha exigido recientemente dignidad y mejoras concretas en la atención de salud.

El contexto actual

El modelo que vive la región se reorienta con la vuelta al Estado de los gobiernos de izquierda o progresistas en otros casos -Venezuela (1999), Brasil (2002), Argentina (2003), Uruguay (2005), Bolivia (2006), Ecuador (2007), Paraguay (2008), cambiando el relato y el sentido de la explotación de recursos naturales, con una orientación de carácter social y redistributivo, pero en la esencia manteniendo y profundizado el modelo extractivista. Más aún, gracias al explosivo aumento del precio de los recursos naturales a nivel internacional, la región ha tendido a retroceder en términos de industrialización, para volver a economías donde predominan las exportaciones de materias primas. Este modelo se ha perpetuado en aquellos países con gobiernos abiertamente neoliberales. Latinoamérica muestra una alta dependencia de los commodities. Estos representan casi la cuarta parte de los ingresos fiscales de la región. En siete países (que explican el 85% del PIB regional), la participación de bienes primarios (de explotación directa y sin elaboración) sobre el total de los ingresos fiscales es considerable, variando entre el 10% y 49% para el período 2004-2008. Adicionalmente, gran parte de estos commodities, el 80%, ha gozado de un particular período de bonanza comercial, tal como lo demuestra el ejemplo del cobre chileno. Sin embargo, la mayor parte de estas rentas migran, y por otra parte, los gobiernos, capturados por la necesidad de satisfacer la demanda social inmediata, caen en la tentación de transformarlas en gasto, imposibilitando la reinversión en la región, necesitada de reformas estructurales para abandonar la dependencia de la explotación y exportación primaria. El modelo avanza en una dirección que podría agudizar la maldición, porque están atrapados en la lógica del crecimiento y el comercio internacional como principal mecanismo para hacer políticas sociales. Punto relevante de esta vuelta atrás ha sido la creciente relación comercial con China que, en el discurso global, era aplaudida como una relación Sur-Sur, pero en la práctica es aún más dependiente de recursos naturales que los intercambios con Europa o Estados Unidos: en 2008, del total de envíos de América Latina a China, el 69% correspondía a bienes primarios, versus el 31% de Estados Unidos y 42% de Europa. Hace un par de semanas atrás se realizó la Conferencia sobre Recursos Naturales y Desarrollo Integral de la Región, convocado por la UNASUR. Donde se reconoce el valor que tienen los recursos naturales para la región, reforzando la idea de la “defensa de los derechos de propiedad de los Estados sobre los recursos naturales” El cambio de manos de la propiedad de recursos genera ingresos y dividendos valorables, pero tiene tremendos riesgos. El principal es, sin duda, el riesgo de la democracia. En Estados con poco espacio para la participación real, la población tiene nula capacidad para definir qué modelo de desarrollo quiere y qué condiciones demandar para llevar a cabo los proyectos estatales. Más aún, hemos visto una creciente criminalización de las demandas sociales, que debilita a los movimientos y amordaza sus demandas. Tenemos al frente inmensos desafíos –que no estaban presentes al momento en que Galeano escribió Las Venas- como el cambio climático, la problemática de agua, la crisis alimentaria o la escasez energética. Estos elementos configuran nuevos ingredientes de una maldición que sólo puede ser eliminada si fortalecemos la institución democrática. Para ello, es imperativo democratizar los Estados, recuperar las rentas económicas de los recursos naturales, generar participación y transparencia, y dotar a la ciudadanía de un rol activo en la construcción de sociedad. Mientras ello no ocurra, las venas de la desigualdad, la pobreza y la pérdida de patrimonio natural seguirán abiertas.