Cucurella---RecuadroEn marzo, la diputada de derecha Lily Pérez provocó gran polémica jugando a ser Claire Underwood en una Revista pop corn y diciendo que en Chile “hay muchos hombres y mujeres que en política usan el sexo para trepar”. Luego de la publicación, los políticos, unos con cara de ofendidos y otros con cara de yo no fui, todos rechazaban la sola idea de que algunos o algunas inmorales pudieran hacer eso.

¡Como si no fuera así!

Blaise Pascal, en el siglo 17 escribió que “si la nariz de Cleopatra hubiera sido más corta, la historia del mundo habría sido diferente”, aludiendo a la belleza que sedujo a Marco Antonio pero no hizo mella en modo alguno en Octavio, su sucesor. Y según el mito cristiano, mucho, mucho antes ya Eva había hecho lo suyo.

De que se trata? Simplemente de que el atractivo sexual ha estado siempre presente en las grandes y pequeñas decisiones, sean estas de la vida doméstica o del estado. Ya sea heterosexual, homosexual o lésbico, de modo consciente o sin traspasar las barreras de la represión inconsciente. El sexo siempre ha tenido que ver con la política, porque al sexo le encanta el poder y cuando lo tiene no requiere la fuerza, porque el poder mismo es afrodisiaco. Y, créanme, no discrimina ideologías, a no ser que para alguien esta sea un estímulo necesario para el apareamiento.

Nadie discutiría que la política está relacionada e influida por la inteligencia, la emocionalidad, la capacidad retórica, empática, etc y varias otras habilidades propiamente humanas. Bueno, de la misma manera está la política relacionada con el sexo: porque es propio de los seres humanos y salvo casos graves, no se pueden desligar de él.

Y si es legítimo que se pueda convencer con sofismas retóricos, con manipulación emocional, con presiones sutiles, con técnicas goebbelianas de manipulación de masas, etc, por qué no seria legítimo o al menos igual de ilegitimo convencer con una bella sonrisa, un halago oportuno, un escote, unos brazos musculosos o un irresistible despliegue de feromonas?

Ojalá fuera esta la única relación entre el sexo y la política, tal vez habría mejores acuerdos para vivir en paz.

Lamentablemente la relación más fuerte es otra: es la que establece el machismo y la represión sexual. Y aunque por más de dos mil años este absurdo ha sojuzgado a las mujeres, daña gravemente a ambos, también a los hombres.

Del machismo, tanto se ha dicho y se ha demostrado, que el hecho de que pese a ello poco mejore el tema e incluso se agrave en algunas latitudes, nos lleva inmediatamente a la política: desde los tiempos bíblicos y a causa de ellos, vivimos gobernados por la dictadura de un gran pene conceptual, cuyos vicarios en la tierra son hombres y por lo tanto ellos tienen el poder y ellos hacen la política. Y bueno, es de niños saber que nadie que tenga el poder y las manos ensangrentadas lo entrega voluntariamente.

Desafortunadamente, las pocas mujeres que se sientan a la mesa del poder, casi nunca lo hacen en la cabecera, y cuando acceden a ella pagarán el precio de un menú animal y colesterólico, diseñado para fuertes mandíbulas masculinas y aprenderán a masticar como ellos: el machismo en la política, barnizado de aceptación y tolerancia, nos priva del aporte de necesarias y sorprendentes características femeninas, como son el mayor contacto emocional consigo mismas y con los demás, mayor capacidad intuitiva y empática, mayor flexibilidad en las relaciones interpersonales, mejor manejo de detalles en tramas complejas multivariadas, etc. (*)

En cuanto a la represión sexual y más allá de los foros especializados y congresos de psicología, mucho menos se ha dicho.

El sexo no siempre ha sido tal como lo conocemos hoy, tuvo épocas mejores, más libres. Desde culturas ancestrales y tribales de diferentes partes del mundo, hasta el tremendo Imperio Romano y el breve experimento hippie, las percepciones del cuerpo, de la desnudez, de los genitales, de la mestruación, de cuándo, cómo y con quién o quiénes tener sexo, no tuvo la pesada carga de culpas y vergüenzas que le imprimió el cristianismo.

La privacidad misma fue diferente, no se ocultaban necesariamente los cuerpos y menos aún se acallaban los gemidos y placeres, el atractivo por diferentes objetos sexuales, el incesto, las prácticas sadomasoquistas o de dominación-sumisión, el sexo entre personas de edades muy diferentes o menores, etc, etc, todo fue diferente, mas libre, psicológicamente más sano. Ni hablar del simple y básico deseo masturbatorio o de la cópula heterosexual, ambos eran de tanto prestigio y naturalidad como comer, dormir o beber agua.

Pero el cristianismo encarceló todo esto, lo reglamentó, le puso un cinturón de castidad a la vida sexual tal como se expresa libremente, convirtió sus normas en divinas, el aburrimiento sexual en mandato, el deseo en culpa y pecado, los genitales en vergüenza y ocultamiento, y todo esto en mandato divino, su transgresión en ofensa a su Dios y legitimó así la represión y el castigo, no solamente con su sadismo mental característico, sino con prisión, tortura y muerte.

Se sabe, siempre se ha sabido de un modo u otro, que la represión sexual produce problemas psicológicos, físicos, inseguridad, temores, agresividad, problemas emocionales y de relación. Las personas sexualmente sanas, que fluyen en sus deseos y los pueden realizar, son más seguras de sí mismas, menos agresivas y se relacionan mejor con los demás.

Y es esta la más fuerte relación entre el sexo y la política. La represión sexual genera tres cosas que el poder y la política necesitan para gobernar y perpetuarse: miedo, agresividad y obediencia, personas manipulables de acuerdo a las necesidades del consumo, de la patria o del control megalómano de quienes tienen el poder.

Al lado de esto, “usar el sexo para trepar”, como dijo nuestra Claire Underwood criolla, tal vez sea irrelevante y distractivo.

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(*) Estas diferencias son en relación a la media, especialmente en los extremos, pueden no ser biológicas sino culturales y no significan que no haya hombres que presenten lo mismo en mayor medida que muchas mujeres.