La semana pasada apareció un artículo publicado en el New York Times que narraba los últimos escándalos de corrupción ocurridos en Chile. “Chile se une a otras naciones sacudidas por el escándalo” rezaba el título, haciendo alusión a los problemas de corrupción que ha habido en Brasil, Perú y Argentina.

La noticia del New York Times fue noticia en Chile. No porque aquí no estuviésemos enterados del caso Caval, Penta y SQM, sino que porque aquí estaba, un renombrado medio extranjero hablando algo malo de nosotros, y peor aún, metiéndonos en el mismo saco que a nuestros vecinos.

nytimes2¿Nos importa tanto a los chilenos lo que se diga sobre nosotros en medios extranjeros? Se ha discutido bastante en diversos medios si es que cierta visión fatalista sobre el presente del país es compartida por toda la población. Ciertamente estamos ante un problema que desvela más a la elite que a los chilenos de a pie. Algo similar ocurre con estos artículos publicados en la prensa extranjera.

Es sabido que una de las críticas que se le hizo al Gobierno de Piñera fue que le faltaba un “relato”. En realidad, más que le faltara uno, el problema fue que usó uno muy gastado. Los gobiernos de la Concertación fueron más hábiles en este aspecto, pero más allá de quién fue más o menos efectivo, la verdad es que EL Relato con el que toda la clase política sostuvo su proyecto (y su prestigio) venía hecho desde afuera. Este relato iba más allá de la caricatura de los jaguares de América Latina. Era un relato que hablaba sobre un país excepcional, en el que las instituciones funcionaban y los políticos eran serios y confiables. Un relato un tanto autocomplaciente que ponía más el mérito en el “manejo responsable del país” que en los millones de chilenos que sobreviven con prestaciones sociales inexistentes o de muy mala calidad en pos de mantener la „férrea disciplina fiscal“. El mito del país de excepción tomaba forma en “estudios internacionales” y en la prensa internacional. La tecnocracia echaba mano a el cada vez que surgían brotes de descontento social.

Esa carta bajo la manga se diluye. Los medios extranjeros son escépticos ante nuestro desempeño económico y, ahora también, ante la probidad de nuestros políticos.

Surge entonces un nuevo desafío para la elite económica y política del país: convencer a la población de la viabilidad de la solidez sistema institucional sin echar mano a la repetida estrategia de compararse con los países vecinos. Hoy la credibilidad del sistema está más en tribunales y fiscalías que en estudios de la OCDE, en los que ahora además siempre somos los últimos.