Publicado originalmente en El Reverde

 

Desde el día de la fundación de Santiago, ha sido la columna vertebral de la que hoy es la capital del capital (valga la redundancia). Otrora era puro y cristalino, fuente de vida y de sustento de los primeros habitantes. El Mapocho representó el límite natural, entre lo urbano y las chacras. Hoy, es símbolo de la contaminación estructural de las grandes ciudades.

Quien vio al Mapocho llevándose autos, árboles y un cuanto hay, por aludes y crecidas,  ha vistó ratas y guarenes, y hasta seres humanos a causa de la asesina dictadura, le parecerá curioso, que quieran utilizarlo para fines cachilupis. Pese a todo, el “evento” Map8 Pedaleable es convocado por Pedaleable, antes Beap Consultores, otra ong dedicada a los estudios y asesorías estratégicas que prometen ser “puente” entre la ciudadanía y la alianza público-privada para abordar la “solucionática” desde la expertise. Se realizará dos días seguidos, mañana sábado 18 y el  domingo 19 de abril y  contará con el apoyo de los municipios más progre: Recoleta e Independencia, Providencia y Santiago.

Y aunque la “fiesta ciudadana”, con huertos urbanos, pasacalles y los stand de esa crítica, pero siempre colaboradora organización civil, prometa que es una oportunidad para que nos reencontremos con el Mapocho, sabemos que es un río que está sucio, pese a lo que diga Aguas Andinas y su plan de Responsabilidad Social Empresarial que asegura desde 2010 que dejará al Mapocho veraneable .  Pero ese color leche con Milo, hace evidente, que pese al escaso caudal, la caca e infecciones continúan emanando miseria y virulencia. En 2003 cuando el tema fue importante (hoy lo es Penta, Caval y SQM)  se confirmó que el curso del Mapocho contribuye a la aparición de agentes cancerígenos en el aire de Pudahuel, una de las comunas más contaminadas de la Región Metropolitana.

Pero lo más importante. Su ubicación invisibiliza a los ciclistas. El Mapocho Pedaleable NO contribuye al cambio de paradigma de movilidad urbana, sino todo lo contrario. Lo confina a un lugar ni siquiera secundario, sino que asqueroso, por el afán de no pelear el espacio que le corresponde: las calles. Porque las vías compartidas son la ÚNICA forma de transformar a la bicicleta en un TRANSPORTE URBANO FORMAL. Más cuando estamos frente a tamaña crisis en el transporte público y la saturación del parque automotriz.

Sebastián Piñera tuvo que convencerse de que no era el río Sena, y aunque existe un parque fluvial, nadie se imagina un coqueto peniche navegando bajo el Puente Pío Nono. Hoy lo quieren convertir en una vía para bicicletas y de “navegable” pasa a ser “pedaleable”. El afiche ya anuncia que será un evento familiar, con niños y globos y que por lo tanto de nuevo la bicicleta está lejos de ser un transporte urbano, sino más bien un juguete recreativo.

Por todo esto, ¿Mapocho pedaleable? No, gracias. Que se entube y se convierta en una avenida para bicicletas, capeando el drama de trasladarse todos los días hasta el trabajo explotador, al que la gran mayoría llegamos raja, luego de un agobiante y caro viaje en un metro o transantiago preso del hacinamiento. Dejemos de ver el vaso medio lleno y hagamos planificación urbana seriamente. Pedaleable puede segir ganando proyectos y dandole pega a consultores y profesionales llenos de sueños e ideas de un Chile mejor, pero entendamos que el desafío es más grande y que no se pueden seguir realizando acciones acotadas, testimoniales y placebo para edulcorar SANTIASCO.

En el video puedes ver la procesión cletera, pues ni espacio existe para trasladarse. Otro saludo a la bandera en materia de movilidad urbana: