Lo que prometía, junto con la gratuidad universal de la educación, ser una de las piedras angulares de un Chile nuevo alejado de las bases heredadas de dictadura, terminó siendo un mal chiste para la ciudadanía que siguió confiando en el “proyecto de cambio” de la Nueva Mayoría.

Para comenzar a hablar de lo que será la Reforma Laboral, después de las indicaciones al proyecto entregadas hace pocos días por la Moneda, es preciso señalar qué es lo que se pretende reformar. Lo que se intenta reformar es nada más y nada menos que el Modelo de relaciones laborales, o Plan Laboral, creado por el economista neoliberal y hermano del ex presidente, José Piñera, aplicado en 1979 por la dictadura militar Chilena. Este “Plan Laboral” destruyó las bases legales y políticas que rigieron a los trabajadores durante el Siglo XX y se ensañó con lo que consideraba “los peores enemigos del crecimiento”: los derechos colectivos o sindicales de los trabajadores.

Con el término de la dictadura se creía o esperaba que el gobierno democrático modificara estas bases laborales que no sólo son ilegítimas, sino profundamente contrarias a los Derechos Humanos, al Derecho fundamental de la Libertad Sindical y a los principios internacionales de la OIT acogidos por Chile. Sin embargo, nada de esto ocurre. Al parecer, la Concertación compartía el diagnóstico neoliberal que crucificaba a los Derechos Colectivos del Trabajo (sindicalización-negociación colectiva-huelga) y los culpaba del retraso económico.

Pasaron 36 años para que la clase política entendiera que el modelo laboral debía ser transformado. Pero, ¿es realmente transformadora esta reforma laboral?, ¿Modifica, a favor de los trabajadores, al Plan Laboral? Revisemos.

El mundo sindical y social criticó al primitivo proyecto de reforma laboral presentado por La Moneda, en orden a entender que no alteraba los puntos claves que dan forma al modelo neoliberal de trabajo, toda vez que no se modificaban las principales barreras que hacen ineficaz la acción sindical y que, precisamente, no permite a los trabajadores generar el poder necesario para constituirse en un contrapeso real al empresariado. Estos puntos son la Negociación Colectiva enclaustrada al nivel de empresa y la huelga ineficaz y reglada. A esta primitiva propuesta gubernamental, el movimiento sindical, tanto fuera como dentro de la CUT, respondió haciendo una extensa y dura crítica, indicando una serie de puntos que configuran una verdadera -y pro trabajador- reforma laboral como contrapropuesta social.

Hace pocos días el Ejecutivo presentó una serie de indicaciones que “vendrían a modificar de base el plan laboral”. Resultó sorpresivo, incluso para los ya incrédulos de la Nueva Mayoría, que no se acogiera ninguna de las indicaciones que se plantearon desde dentro y fuera de la CUT. Simplemente se decoraron ciertos puntos escandalosos de la propuesta original, más no los puntos relevantes a la hora de hablar de libertad sindical, negociación colectiva y huelga. Revisemos algunos de los principales puntos de esta Reforma.

No a la negociación por rama de producción. Un no del gobierno que se basa, según fuentes informantes de El Mercurio, en que de implementarse dicha negociación pondría “en serio riesgo el crecimiento de la economía” y el crecimiento esperado del PIB para este año. Luego de más de 30 años el criterio neoliberal sigue dominando en el centro de la ex-concertación, hoy Nueva Mayoría. Esta lógica contrapone la aplicación de Derechos Fundamentales y el crecimiento esperado por el empresariado, apostando por las posturas de estos últimos. En conclusión la negociación colectiva como reconocido mecanismo redistribuidor de riquezas queda cercado al nivel de empresa, siendo un derecho inexistente para la inmensa mayoría de trabajadores en Chile. Uno de los más importantes efectos de la negociación colectiva es el de fijar condiciones mínimas y no máximas de trabajo, por tanto es falaz el argumento neoliberal para atacarla: la imposibilidad de sostener negociaciones colectivas las pequeñas y medianas empresas. La negociación colectiva en los países “desarrollados”, en el tal anhelado club OCDE, es diametralmente distinta, con una cobertura del sobre 50% de los trabajadores, versus un pobre 11% aproximado de trabajadores chilenos que negocian colectivamente.

No a la huelga efectiva. En el Gobierno se comparte la visión empresarial que declara a la huelga como el principal des-incentivador de la economía: la postula como algo indeseable. La Moneda, lejos de incentivar la organización y huelga de los trabajadores, la declara como un derecho que debiese desaparecer. En declaraciones de la propia ministra Blanco ésta señala que “aprobada la Reforma Laboral prácticamente no habrá huelgas en Chile”. Si bien la reforma excluye la institución legal del reemplazo de trabajadores durante la huelga, expande una figura denominada de “servicios mínimos” mediante la cual será obligación del sindicato cubrir las necesidades empresariales urgentes, haciendo ineficaz el derecho a huelga, que se constituye como única herramienta de presión sindical, presión que surge de la paralización de actividades y la consiguiente afectación económica del empleador.

Pactos de adaptabilidad. La “reforma laboral” incluye pactos de flexibilización, mediante los cuales los trabajadores podrán pactar con el empleador sus derechos mínimos laborales. Esto no sería problema si existiera un sindicalismo fuerte con la posibilidad real de negociar colectivamente en un nivel supra-empresarial y con una huelga efectiva. Sin embargo, como señalamos, nada de eso ocurre ni ocurrirá con esta reforma, lo que convierte a estos pactos de adaptabilidad en una concesión a los empresarios en orden a afectar, aún más, los derechos mínimos laborales con los que hoy cuentan los trabajadores.

En conclusión, esta reforma, lejos de cambiar las bases del Plan Laboral de la Dictadura, las mantiene y fortalece ¿Podemos catalogarla de una efectiva “reforma laboral”? Entendiendo a la reforma como un conjunto de elementos que modifican el estado actual de las cosas, sí, es una reforma, pero a favor del empresariado. Una reforma que no modifica, sino que profundiza al modelo neoliberal, y que además ataca conscientemente las bases por las cuales se erige la Libertad Sindical: la Sindicalización, Negociación colectiva  y el Derecho a Huelga.

Al parecer los oscuros años 90’ aún no terminan para la Nueva Mayoría y será labor del movimiento sindical, social y político dar vuelta el estado actual de las cosas en el mundo del trabajo para terminar con la política de “la medida de lo posible”. Urge una alternativa política honesta que, sin tener lazos sanguíneos y económicos con el empresariado nacional, pueda expresar los anhelos de una democracia radical que coloque los intereses de las mayorías en el centro de su acción.