migrantes 1Los hechos ocurridos en el semanario Charlie Hebdo en París el día 7 de enero de este año, remecieron las conciencias de muchos que no tardaron en levantar campañas políticas y sociales en búsqueda de la visibilización de un hecho que, a todas luces, es grave y doloroso. La campaña tuvo un alcance mundial e implicó, una difusión del dolor que se hizo explícita en imágenes y en frases de apoyo que movilizaron al mundo en torno a una clara idea de condena en lo relativo a este tipo de acciones de violencia.

Han pasado algunos meses desde el 7 de enero y, junto con ellos, llegan otras historias que nutren los escenarios cotidianos de las tragedias en el mundo. Así, en un lapso de pocos días, nos enteramos de dos hechos que merecen, o por lo menos deberían, tener, la misma cobertura mediática de los hechos ocurridos con los profesionales de Charlie Hebdo en Francia. La matanza de 148 estudiantes de la Universidad de Garissa, cerca de la frontera entre Kenia y Somalía, y, más recientemente, el naufragio de la embarcación pesquera Lampedusa, en las cercanías de las costas de Italia. Desde esta última tragedia, todas las vidas corresponden a las de personas de origen africano que huyen de la guerra y la miseria y que por lo tanto se encuentran en situación de inmigración hacia Europa.

Desde los tres episodios descritos, se vuelve interesante cuestionar el trato tanto mediático como cotidiano que se le ha dado a estos hechos. El seguimiento que los medios de comunicación han desplegado sobre las tragedias ha sido esperablemente arbitrario desde el comienzo, puesto que ha mostrado a los europeos bajo el lente de una situación de distinción, logrando una economía de las vidas que las posiciona diferencialmente en la percepción que el mundo tiene de ellas. Condolencias de presidentes y presidentas para la comunidad francesa, análisis internacionales ininterrumpidos de la tragedia y un sinfín de manifestaciones que, hacen de lo ocurrido en Charlie Hebdo, un lugar de la distinción.

Se hacen evidentes las diferencias en el trato que reciben los cuerpos europeos y los cuerpos de africanos y africanas, como si el color de su piel marcara negativamente la mirada social. ¿Son cuerpos que no importan? ¿Se han vuelto invisibles? Han quedado fuera de la condición humana que debiesen tener y solo surgen en una cifra fatal que probablemente no corresponda a la realidad brutal de su desgracia. Despojados de nombres, de historias, de proyectos y comunidades, se apilan en un número que les arranca de la humanidad. Están puestos en el lugar de la subalternización, de la ‘mano de obra’ prescindible y, reemplazable. Una diferencia racial que se hace más notoria  cuando hacemos un seguimiento analítico al trato del dolor de los familiares y cercanos a las víctimas, que los medios locales e internacionales generan, interceptando los discursos cotidianos, reproduciendo y cautelando la propagación del discurso de distinciones de los que sí valen la pena ser nombrados y de los que no.

migrantes 2El seguimiento comunicacional es, muchas veces morboso y victimizante de toda la trama que se levanta después de la tragedia ocurrida en el mar Mediterráneo. Se muestra como opera el racismo produciendo diferencias y el levantamiento público de condolencias que se desvanecen por su escasa potencia de perdurar al pasar las horas. El racismo opera cuando se deshumaniza a unos al nombrarlos y dejarlos restringidos a sus pre-condiciones de “inmigrantes”, “negros”, pobres, habitantes del “continente negro”, etcétera. Puras condiciones de exclusión.

¿Y qué tenemos que decir en Chile? Hemos sido educados bajo la égida de la diferenciación y desde la cual se configura el escenario perfecto para la reproducción de prácticas racistas. Lo anterior no es un consuelo, sino todo lo contrario; es el primer paso para empezar a sacudirnos de toda una herencia política y social que estructuró su funcionamiento con base en la diferenciación de las tonalidades de nuestra piel, ojos, pelo, etcétera.

Hemos sido occidentalmente adecuados a un esquema de pensamiento que se basa de forma profunda en la capacidad de ejecutar cotidianamente dispositivos de diferenciación al interior de la sociedad. Las cadenas de interdependencia que contienen las prácticas racistas de chilenos y chilenas contra cuerpos “negros”, indígenas o simplemente “distintos”, son dimensiones que se pasan por alto a diario, pero que forman parte de naturalizaciones que no son interrogadas por la sociedad.

Chile se comienza a poner frente al espejo ante la llegada de cientos de trabajadores y trabajadoras de origen afro-caribeño al país. Se ponen en tensión los imaginarios de una nación que se dice moderna y “blanca”. Se pone en tensión toda esa violencia simbólica que enseñó tan bien a pensar al país del “otro” como un espacio de lo atrasado, de lo distinto, de lo ya superado por “nosotros”, donde la gente muere de hambre, donde la política está “atrasada”.

Tenemos que ser capaces entonces de articular nuestras propias historias, juntarlas con los que perdieron sus vidas, sus breves vidas. Reconocerse en ese sufrimiento social para hacerlo propio en el afán solidario de propiciar verdaderos escenarios de freno al racismo.